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Un bosque para Saramago

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La noche antes de su llegada a Cartagena, me preguntaba qué podía regalarle a este hombre sereno y sabio, nieto de aquel sembrador de bosques que antes de morir tuvo tiempo de despedirse de sus árboles.

Busqué semillas de los árboles y las flores de Cartagena, que guardo y siembro, y soñé con las flores púrpuras que arropan los techos de las casas viejas de la ciudad amurallada, ahora ascendiendo por la casa de Saramago en Lanzarote. Tuve cierto pudor de llevarlas, pero me dije que el nieto de un sembrador de bosques no puede extrañar ni despreciar una colección de semillas. Es un bosque el que quiero regalarle a Saramago.
“Llegó José Saramago a Cartagena”, me dijeron desde temprano. Era 11 de julio de 2007 y el aire ardiente quemaba las hojas del almendro solitario de la Plaza de la Merced. Vino a hablarnos de los prodigios de la mirada de los indígenas de América, cuya percepción del mundo complementa y enriquece las limitaciones y torpezas racionalistas de Occidente. Su bella conferencia tenía un título poético: El lado oculto de la luna. Su voz era serena, dulce, confidencial, como si conversara en el patio de nuestra casa. Al atardecer, en el Hotel Santa Teresa, donde se alojaba con su esposa Pilar del Río, le pregunté si alguna vez se había sentado a conversar con los indígenas de América, a escuchar sus emociones y vivencias como seres humanos y lectores, y Saramago me contestó que sí, “muchas veces he estado en la misma mesa con indígenas de América del Sur. Algunos incluso me han llamado muy a menudo para decirme que mis libros han sido claves en su vida, pero yo creo que muchas veces, todo esto es un pretexto para saberse vivos. Me hacen llorar como un niño cuando me cuentan esas historias”.
Saramago vino al acto inaugural del I Encuentro Internacional de Becas Líder, organizado por la Fundación Carolina y el Banco Santander. Fui al acto con su libro “Pequeñas memorias”, y él tuvo la paciencia infinita de firmar todos los libros de sus lectores devotos y de jóvenes que empezaban a conocerlo. En su diálogo con lectores y públicos de Cartagena y Bogotá dijo sentencias maravillosas sobre la vida y la muerte, sobre el arte de narrar y la creación de personajes, la democracia y la violencia, y sobre ese período de formación maravillosa que fue su infancia.
“Lo que tiene la infancia de distinto es la mirada. Y eso es lo que perdemos. Porque un niño que anda por ahí encuentra todo nuevo con la mirada. Todo son interrogaciones. La naturaleza interroga al niño. Y quizás la infancia se termine cuando el niño pasa a tener la mirada del adulto. La infancia es inolvidable. Si yo no hubiera tenido la infancia que he tenido no sería el hombre que soy. Mira lo importante de ese corto periodo. Eso no quiere decir que estoy encantado con el hombre que soy”.
Recordé el retrato espléndido que narra Saramago sobre su abuelo Jerónimo Melhrino que antes de presentir la muerte abrazó cada uno de sus árboles y la escena de su abuela Josefa que en las noches de invierno acostaba en su cama a los cerditos resfriados y los cubría con sus propias sábanas, son retratos de seres plenos de inocencia y conmovedora humanidad. “El mundo es tan bonito y yo tengo que morir”, le decía su abuelita Josefa. “Morir es sencillamente haber estado y ya no estar. Es lo peor que te puede pasar”.
Estaba ante un ser humano deslumbrante, íntegro y profundo, José Saramago (Azinhaga, 1922), el sencillo y noble Premio Nobel de Literatura 1998, uno de los más prolíficos escritores del mundo, una de las reservas humanas del planeta, una conciencia honesta y sensitiva, cuya escritura es un espejo reflexivo de la condición humana.
Aunque la celebridad y el reconocimiento a escala internacional le llegaron con la aparición en 1982 de su ya legendaria novela Memoria del convento, es el trabajo narrativo de Saramago en su conjunto el que le ha consagrado como una de las principales figuras de la literatura de este siglo.
El inolvidable autor de Ensayo de la ceguera, El Evangelio según Jesucristo, La caverna, Cuento de la isla desconocida, Memorial del convento, El año de a muerte de Ricardo Reis, La balsa de piedra, Historia del cerco de Lisboa, Todos los nombres, Las Pequeñas memorias. Considerado el mejor escritor en lengua portuguesa después de Guimaraes Rosa y Fernando Pessoa. En 1995 ganó el Premio Camoes y tres años después, el Premio Nobel de Literatura.

Pilar del Río (Sevilla, 1950), su esposa, además de ser la primera persona que lee todos los escritos de José Saramago, es su traductora del portugués al español. Ella se inició en el periodismo en los años 70. Colaboradora con el Canal Sur y la Cadena SER. Trabajó en prensa y en TVE. Se considera de izquierda. Es además, la Presidenta de la Fundación José Saramago. El escritor silabea y enfatiza con humor: Presidenta. Al frente de esa fundación no sólo se divulga la obra de Saramago.
“A través de la fundación que será un centro cultural de irradiación de las artes, más allá de la literatura, también el cine, la pintura, la música y lo ambiental”, dice ella.
El encuentro con la obra literaria de Saramago fue un hechizo que no cesa. Entre el hombre dulce, sereno y disciplinado que escribe y el hombre que esplende en cada palabra de sus libros, no hay fronteras. Es el mismo hombre. Para ella, Saramago es una criatura de una sola pieza, íntegro con lo que dice, piensa, siente y escribe. “Es coherente de la mañana a la noche y de la noche a la mañana”.
Todo lo que ha percibido de la vida política de Colombia le interesa y se conmueve cuando Saramago dice que “hay en Colombia una tercera fuerza más allá de los partidos, y es la sociedad civil. Hay motivos para despertar y rebelarse con todo la monstruosidad que está viviendo Colombia”, confiesa Saramago mirando a su esposa y a los periodistas que están cerca de él. Treinta mil seres asesinados e invisibilizados en fosas comunes, un sinnúmero de colombianos secuestrados desde hace más de nueve años, es motivo para salir a la calle. Dos generaciones de colombianos viviendo luego del desencanto que genera una guerra. Es como una locura colectiva lo que ha vivido Colombia. Es como vivir sin ilusiones, como entrar a un túnel y no encontrar una luz en ninguna parte. ¿Cómo resolver eso? La respuesta no puede ser militar. Eso no lo va a resolver. El camino es el diálogo y no hay diálogo si uno no quiere. Creo que la sociedad civil es una tercera fuerza grande de concientización que no está organizada en partido”.
Pilar tiene un silencio lleno de inquietudes y preguntas. Le ha sorprendido saber que en Venezuela un programa estatal de 3 mil viviendas populares han sido entregadas con bibliotecas como parte de lo básico.
Al presentarse ante el auditorio del Teatro Heredia, dijo ser la traductora de José Saramago. Primero traductora y más tarde esposa del escritor. Pero ella considera que ese privilegio de acceder a cada uno de los textos del escritor es un ejercicio cotidiano en el que ella aspira a ser fiel a la estética del escritor y a la transparencia de su traducción al español. Pilar está siempre junto a él. Es la bella sombra que lee y traduce los sueños de Saramago. En la noche en que le dieron el premio al escritor ella tenía grabadas en su vestido la siguiente frase de El Evangelio según Jesucristo: “Miraré a tu sombra si no quisieras que te mire. Quiero estar donde estará mi sombra, si allí estuvieran tus ojos".
En este momento saqué de mi bolsillo, la bolsita de mis semillas. Extendí mi mano y la bolsita quedó pendulando. ¿Qué es?- preguntó Pilar del Río. “Un bosque que quiero regalarles”, les dije. “Es una colección de semillas de flores de Cartagena. Es un regalo para la Fundación Saramago”, y agregué: “para que florezca sobre la luz de Lanzarote”. Saramago y su esposa se miraron maravillados. Guardó las semillas y dijo: “Gracias”, y Saramago me preguntó: ¿Cómo las siembro?, le dije que a un centímetro de la tierra, y él, como un niño, metió la mano en la bolsita, y tocó con suavidad, el leve corazón de las semillas.

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