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Un nuevo horizonte a la vista

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Sentada frente a la socióloga de Renacer, *Sofía ya no es esa chica altiva de gestos coquetos que una noche antes, en el más sórdido de los ambientes, exhibía la voluptuosidad de su cuerpo casi al desnudo. Su risa picara y su desenvoltura para encantar a los hombres que se le acercaban se había esfumado. Ya no estaba la jovencita de “vida alegre” que parecía disfrutar que los clientes del burdel disfrazado de discoteca y nada más, en el que trabajaba hacía dos meses en el Centro amurallado, la desearan con un morbo descarado. En ese momento ya a nadie se le hubiera ocu-rrido pensar que era una bandida a la que le gusta jugar al sexo con diferentes parejas, sin ningu-na estabilidad.

Ahora, frente a la terapeuta era ella verdaderamente. A la luz del día su rostro con mucho me-nos maquillaje del que utiliza en las noches, delataba sus 17 años y dejaba ver en su mirada la historia de dolor que la ha acompañado desde muy niña. Toda ella derrumbaba el mito que se ha creado en torno a que a las “prepago” (señaladas como prostitutas de nivel) les gusta lo que ha-cen, son lujuriosas, materialistas y “buenos polvos” (desinhibidas en la cama).
Aunque apenas tenía cinco años cuando empezó su pesadilla, todavía hoy mantiene fresco el recuerdo de los golpes y las duras palabras que su papá y su madrastra le dieron y le dijeron cuan-do se enteraron que el abuelo paterno había abusado sexualmente de ella. “Es que tu te metes en el cuarto de él, ¿para qué lo buscas?”. El escándalo estalló porque una mañana cuando se bañaba le mostró a su madrastra unas berruguitas que tenía en la vulva, el resto fue trabajo de los médi-cos, quienes inmediatamente dictaminaron el abuso. “Nada pasó. Mi abuelo nunca fue preso, a la única que castigaron fue a mi”.
Luego de eso, se mudaron a una casa distinta a la del abuelo, pero aún así ella nunca se sintió en un verdadero hogar. Su madrastra se ocupaba más de su propio hijo que de ella y a su padre parecía bastarle el hecho de que la dejaba al cuidado de una mujer, que él creía podía cumplir el papel de madre. “No era un hombre malo, pero tampoco era del todo bueno. El tiempo se le iba entre su trabajo de conductor y los amigos con quienes se reunía a tomar trago y quien sabe qué más”.
A los once años, el trauma del abuso empezó a hacer estragos con su sueño. Pasaba noches en vela y cuando lograba concebir el sueño tenía pesadillas. Fue puesta en tratamiento en una clínica neurológica en Barranquilla, donde vivía en ese tiempo. Los resultados fueron pocos. Volvió a conciliar el sueño, pero su autoestima estaba dañada, se sentía el patito feo de la familia y más que eso, la oveja negra. Cuando cumplió los 14 años empezó a ser cortejada por un hombre de 52, en el que pareció encontrar la atención y el amor que no había sentido hasta entonces. No se sentía enamorada, pero accedió a escaparse con él por los ofrecimientos que le hizo: una casa en la que ella fuera la señora y un marido para protegerla. Al cabo de un año estaba pariendo un hijo del que hoy, lo único que sabe es que está en un hogar sustituto del Bienestar Familiar.
El “buen hombre” cincuentón empezó a mostrarle su faceta de borracho y maltratador; y ella empezó a sentir en otras pieles más jóvenes el placer sexual. La pobreza que la rodeaba le estorba-ba cada día más y los ofrecimientos en dinero que le hacían sus pretendientes empezaron a abrirle una ambición que no conocía. “Lo que recuerdo es que al principio empecé a sentirme impor-tante porque los hombres me buscaban mucho y eso me hacía sentir bonita, cosa que nunca me había pasado, pero después cuando le veía la cara al niño me sentía sucia, me daba miedo la clase de vida que yo le podía dar, entonces me separé del señor y busqué ayuda en Renacer (Barran-quilla). Allá me dieron atención por un mes, entregué al niño al Bienestar Familiar; pero igual me sentía sola y ansiosa”. En esa búsqueda del amor se hizo novia de un hombre de 27 años que la inició en el ambiente de las prepago. La trajo a vivir a Cartagena y le dio a probar droga, por primera vez.
“A muchos clientes les gusta que uno se ‘periqueé’ con ellos y eso termina volviéndolo adicto a uno”. El novio ya no existe en su vida, lleva un año viviendo o mejor sobreviviendo en Cartage-na, alquilándole su cuerpo a distintos hombres para que gocen con sus encantos, pero en el fondo lo que busca es que alguno de sus clientes se enamore de ella.
La socióloga Mayerlín Vergara, oficial de proyectos de Renacer en Cartagena, es concisa en su afirmación: “Lo que ella busca de manera inconsciente es una reparación al daño que le ocasionó el abusador (su abuelo) porque a pesar de los años no ha hecho un proceso de resignificación de esa experiencia negativa. Cuando un menor es abusado, lo más importante es el apoyo de la fa-milia. El amor es lo más sanador que hay. Tan sólo un familiar que lo acoja y lo haga sentir ama-do bastaría para que el proceso de reparación floreciera; Sofía nunca contó con ese apoyo, por eso su vida está en el punto que está hoy, con algunos elementos que complican una restauración: la adicción a las drogas y la cocificación de su cuerpo. Por eso los menores abusados deben ser trata-dos aparte de los explotados sexualmente para evitar que aprendan conductas de los que ya cono-cen el negocio del cuerpo. Aparte, la denuncia penal contra el abusador es importante porque es la materialización de la reparación de ese derecho que tiene la víctima. Cuando esto no sucede, en la mayoría de casos los niños crecen con un sentimiento de frustración”.
Vergara enfatiza que hay una importante diferencia entre un menor abusado y uno explotado porque este último ya percibe su cuerpo como objeto disociado. “Hay que desmitificar el imagi-nario colectivo de que a los niños les gusta cuando los ultrajan y luego le dan 10 mil o 15 mil pe-sos. Incluso en el caso de los y las jóvenes de 17, 18, 19, 20 años y más. Por experiencia puedo decir que incluso, las universitarias tienen su historia de dolor. Incluso muchas terminan la carre-ra y al final no la ejercen porque han conocido un camino aparentemente más fácil de ganar dine-ro y deben lidiar a diario por ocultar un sentimiento de sucieza en su interior. Ríen y no ven la explotación como un problema porque viven en un proceso de negación de su realidad, pero cuando la vida las pone frente a un espejo se descubren frágiles. El menor abusado es vulnerable a la explotación sexual porque puede empezar a tener conductas muy sexualizadas debido a las sen-saciones que le han despertado”.

Una cadena que sí puede parar
Cuando un menor es abusado el primer sentimiento equivocado que sale a flote es la culpa: ¿por qué me dejé?, ¿por qué no dije o no digo nada?. El otro sentimiento es el miedo: ‘si digo me van regañar, van a decir que yo me lo busqué’. El otro sentimiento es asco hacia su propio cuerpo que sienten manoseado y violentado; y asco hacia el abusador, un cuerpo con el que nunca de-searon tener intimidad . En la mayoría de los casos, el abusador es un familiar o una persona cer-cana al niño con el que este tiene una relación de confianza, eso le genera al menor sentimientos ambivalentes. Lastima y odio a la vez; no quiere denunciarlo porque no quiere que termine en la cárcel, pero también lo odia por lo que le está haciendo.
Jorge Redondo, director del Bienestar Familiar en Cartagena, expresa que cuando un niño es vulnerado en su intimidad es necesario empezar cuanto antes un proceso activo de restableci-miento de derechos y hay dos vías para concretarlo: en el ambiente familiar o separado de éste. En cualquiera de los casos se conforma un grupo interdisciplinario compuesto por un sicólogo, una trabajadora social y un abogado que haga las veces de defensor de familia.
Lo primero que debe hacer la comisión es determinar que otros derechos del niño no estén siendo vulnerados; por ejemplo que esté registrado, que esté estudiando, que tenga un techo segu-ro, que este afiliado al régimen de salud, que tenga una alimentación adecuada, etc. Se entrevista a cada uno de los miembros de la familia para decidir si el niño puede seguir ahí o si debe ser reti-rado del ambiente y se procede a diseñar un plan de atención específico para el menor y la fami-lia. Si se decide dejar al niño en el ambiente familiar, sea con la madre, con el padre o con la fa-milia extensa que son los abuelos, los tíos o primos, por ejemplo, se hace un compromiso para que todos acudan semanalmente a terapia con la sicóloga y la trabajadora social, ya sea en nues-tros zonales o una institución contratada por el Bienestar . “De nada sirve sólo tratar al niño, si la familia no colabora, por eso es indispensable involucrarlos a todos. Cuando la familia no viene, nuestras trabajadoras sociales y sicólogas van hasta las casas a buscarlo. Además el Bienestar hace una o dos visitas reglamentarias a la casa para verificar las condiciones en que está el niño. A veces puede ocurrir que el Bienestar no haga lo que la gente espera, pero en cada decisión que tomamos lo que buscamos en que se haga el menor daño posible al niño. Si verificamos que no hay peligro lo dejamos. A veces los menores se preguntan ¿la víctima fui yo y a mi es que me castigan aleján-dome de mi familia?”, dice Isis Castilla, defensora de familia.
En caso que el menor sea retirado del núcleo familiar porque la comisión advirtió factores de riesgo, como por ejemplo complicidad de la madre o que el abusador esté libre y en contacto con la familia, es llevado a un hogar sustituto o a una institución con la que el Bienestar Familiar ten-ga contrato de servicio, dependiendo de la edad. Los menores de 10 años preferencialmente van a un hogar sustituto.
Renacer y Restaurar son las dos fundaciones en Cartagena con la que el Bienestar tiene con-trato de esta índole. En la primera se atienden más los casos de explotación sexual. Allí los niños son internados y atendidos por sicólogas, nutricionistas y trabajadoras sociales; reciben educación académica acorde a su edad y se les capacita para la vida laboral; además se les brinda apoyo para el proceso legal que amerita un delito como este. En Restaurar se les ofrece igual atención, pero esta institución sólo atiende los niños abusados, desde un año de edad hasta los 18 años. El me-nor que recibe atención actualmente tiene tres años. Aquí los niños no quedan internos, sino que
acuden diariamente, de mañana o de tarde, en la jornada distinta a la que asisten a clases. Estos menores pueden estar viviendo en su núcleo familiar u hogar sustituto.
El programa de restablecimiento contempla seis meses iniciales. Cumplido este tiempo el gru-po interdisciplinario hace una evaluación y decide si el menor debe seguir en el programa. Hay niños que necesitan permanecer en el programa por un año o más. El tiempo que amerita una restauración es distinto en cada víctima.
Estas instituciones, Restaurar y Renacer, mantienen contacto directo con las comunidades y visitan establecimientos públicos sospechosos para identificar posibles casos y entrar en contacto con la víctima. En el caso de explotación sexual intentan persuadir al mismo menor para que se vincule al programa y luego instaurar la denuncia a través del Bienestar y en el caso de abuso, primero se le da aviso al Bienestar para entrar a hacer la verificación del hecho.

Efectos del proceso de reparación

“Cuando se trata a un niño abusado ya no se va a tener en el futuro a un probable abusador, ni tampoco a una posible prostituta”, precisa Adela Matub, directora de la fundación Restaurar, que actualmente atiende a 30 niños con esta problemática.
Desde su experiencia, Matub asegura que las campañas públicas de concientización sobre el flagelo del abuso sexual infantil no están siendo eficaces “Aún hay mucho tabú. Los adultos no denuncian por miedo a la estigmatización, a la fractura que eso causa en la familia, ponen de primero los prejuicios ante de la reparación del niño.
“En este mismo momento que la gente está leyendo este artículo, ¿cuántos menores están ocultos en sus hogares viviendo en silencio este dolor?. Es necesario hablar para no cultivar una generación envenenada en su frustración”.
Matub explica que una experiencia traumática como el abuso sexual genera conductas apren-didas y equivocas en los menores que podrían terminar consintiendo como algo normal porque un niño nunca espera que un ser que él ama (madre, padre, abuelo, tío, cualquier familiar) le ha-ga daño. Ahí existe el peligro que de manera inconsciente ellos quieran replicar su dolor en otros pares. Claro que la consciencia también la aporta la edad. En las terapias un punto importante es evitar que el niño se sienta revictimizado.
“Tenemos que aprender a remitir la carga. Primero hay que sanar el dolor. ¿Cómo se hace es-to?, enseñándole al menor y a la familia a perdonarse ellos mismos y al abusador, sin que esto im-plique dejar en la impunidad el caso, a creer que hay un Dios que lo repara todo y orientando a los adultos sobre el trato que el niño debe recibir. Hay que guiar a la familia para recuperar valo-res, autoestima y pautas de enseñanza”.

DETONADORES

Varias de las conductas que hacen vulnerable a los niños son:
-Padres pasivos que no ven con ojos de alerta que sus hijos sean expuestos a temprana edad a imá-genes de contenido sexual en la televisión. E incluso pasar por un puesto de venta de CD piratas, en los que alegremente se exhiben cintas pornográficas, constituye un abuso.
-Padres que de manera inconsciente exponen sus hijos a la vulnerabilidad: por ejemplo, invitan a unos amigos a tomar licor en su casa, mientras los niños están durmiendo. En un descuido uno de los ami-gos pide el baño prestado y es una mera excusa para entrar en el cuarto de los menores. La misma situación puede pasar cuando los padres se van a tomar con los niños a la casa de un amigo y por no dejar la rumba acuestan a sus hijos en el cuarto de esa casa sin calcular quién puede entrar ahí y vio-lentarlos; o peor mandan a los niños para la casa con un supuesto amigo que a mitad de camino abu-sa de ellos.
-Padres permisivos que no ven con ojos de alerta que sus hijos tengan amistades inapropiadas, que permiten, principalmente a sus hijas vestir con modas que le exhiben el cuerpo.
-La carencia de roles en el hogar. Mujeres que salen a trabajar, mientras maridos con conductas du-dosas se quedan mucho tiempo solos con los niños.
-La carencia de afecto.
-La carencia de figuras de respeto.

ESTADÍSTICA
En lo que va del 2009, han sido atendidos en Medicina Legal 55 menores de edad abusados sexual-mente. Diez de las víctimas tienen entre 1 y 5 años; 17, tienen entre 6 y 10 años; otros 17, oscilan en-tre los 11 y 14 años; y 11 más, están entre los 15 y los 18 años.
En el 2008, 91 víctimas fueron menores de 1 a 5 años; 117 fueron niños y niñas entre los 6 y 10 años; y 217, fueron adolescentes entre los 11 y 18 años; para un total de 425 casos.
Cada caso es más que un número frío. Es una historia dolorosa que afecta una vida; por eso es nece-sario despertar consciencia en los adultos para que se conviertan en cuidadores permanentes de los menores, independientemente que sean sus hijos o no.

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