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A un paso de la muerte

Imagina que el mar no es de agua, sino gelatina. Caminas sobre él y de repente comienza una tormenta. Este mar gris está picado y tú intentas correr. Sobre el mar hay edificios, empiezan a derrumbarse uno a uno ante tus ojos. Tú corres. Sobre el mar andan también los carros, frenéticos por esta tormenta. Corres más y más, qué importa a dónde, solo corres. Sobrevives.
***
Ale: médica, 30 años. Alexandra: comunicadora social, 29 años. Emiro, de 21, mánager y preparador de reinas. No se conocen, pero los une una cosa: son cartageneros que viven en Ciudad de México.
Martes 19 de septiembre. 2017. Ciudad de México. 

Ale despierta a las seis, porque debe llegar al hospital a las siete y treinta, toma un jugo de naranja y se pone el uniforme. Alexandra se levanta a las seis y treinta, con un poco de mareo porque anoche no durmió bien, pero ¿a quién le importa el mareo? Será un día feliz -piensa ella-. Un buen baño, desayuno con frutas y está lista para salir. El día de Emiro comienza a las ocho y cuarenta y cinco. Se lavó la cara, un paseo en bicicleta y un sándwich con jugo de fresa. (este no se bañó)

Ale se esfuerza al máximo por hacer su trabajo bien, pero ese insoportable dolor de tobillo no la deja. Hace días, se cayó de unas escaleras y ahora sufre un esguince de segundo grado, ¡cómo lo sufre! Alexandra hace vueltas y más vueltas, el mareo se ha ido y suena la alarma sísmica, ahora está en la Reforma presenciando un simulacro, y no cualquier simulacro. Mexicanos y extranjeros conmemoran el aniversario 32 del terremoto del 85, el más mortífero que recuerdan en ese país: 3.192 muertos. Alexandra admira la solemnidad y seriedad con la que todos afrontan el “simple ejercicio” y dice: “Sería bastante irónico que justo hoy temblara”. Emiro se une al homenaje y luego va a la oficina, el día pinta igual: clientes, modelos, fotos, moda… A Ale le duele muchísimo el pie y decide hablar con la jefe para ir a casa y comenzar su rehabilitación, es la cuarta vez que se lesiona el tobillo, así que es hora de tomarla en serio. Ya casi es la una de la tarde, Ale sale a la calle y Alexandra salió de la Reforma para visitar a unos amigos en un edificio de doce pisos. Abre el ascensor, ella va sola al piso diez. Vuelven a activarse las alarmas: “Alerta de sismo, alerta de sismo”, suena la frenética sirena en todos los postes de luz de Ciudad de México. El jefe de Emiro entra a su oficina y se sienta y Emiro siente que el piso se tambaleó. “Tal vez se sentó muy fuerte y movió el piso de madera”, piensa ingenuamente él. Ale saca su celular. Alexandra siente que el ascensor tambalea y ella cree simplemente que necesita mantenimiento hasta que las puertas se abren, en el piso siete. Todo el mundo corre por las escaleras… Los compañeros de Emiro se miran las caras y gritan. Ale no puede correr bien por las muletas y ahora tiene mareo. Alexandra siente que vuela mientras baja las escaleras. Emiro corre, sale, mientras caen pedazos de hierro y vidrio. Ale abraza a una desconocida en la mitad de la calle y le dice: “tengo miedo”. Lloran. Los edificios truenan, crujen, se mueven como si no fuesen de cemento sino de cartón. Los gritos de personas dentro de los apartamentos, el estruendo de las cosas al caerse y el fuerte tambaleo del edificio abruman a Alexandra que solo corre. “Tengo que sobrevivir, tengo que sobrevivir”, se repite. Emiro corre por la calle entre los autos, un carro rojo estuvo a centímetros de atropellarlo, pero él sigue y sigue, a un espacio sin árboles, cables o edificios, difícil.

El terremoto del 7 de septiembre los ladeaba de un lado a otro, pero este es como si estuvieran sobre el mar, eran ondas: adelante, atrás, adelante, atrás, y después hacia los lados: izquierda, derecha, izquierda, derecha… y luego una combinación. Cada vez se pone peor.

Ale escribe en el grupo de WhatsApp familiar: “Oren, está temblando fuerte”, y se aferra a la desconocida. “No puedo creer que me esté pasando esto. ¿Será que hasta aquí va a ser? No creo que se vaya a acabar ahora, que sea justo ahora, cuando estoy haciendo mi especialidad –piensa-”. Alexandra, en cambio, cree con fuerza (mejor que: tiene la firme convicción de) que así no será, esta no es su hora. Emiro grita: “coño, me voy a morir”. Se cae un edificio completo y tras el colosal arenero, ahora huele a gas. Más edificios caídos, muchos muertos. Si alguien enciende un fósforo se explotan todos. La gente solo quiere huir, pero es imposible. No hay luz ni agua, ni señal y menos Internet. Hay escombros, muertos, señoras llorando, niños en shock. Emiro pierde la esperanza, “por más que corra, por más que lo intente, me voy a morir. Hoy es el día, nada que hacer”.

Han pasado cuarenta segundos, increíble que el mundo pueda acabarse en menos de un minuto, ¿no? El reloj sigue marcando la una y catorce minutos de esta tarde. A Ale ya no le duele tanto el tobillo como los nervios y el alma. Alexandra vuelve al edificio de doce pisos para asegurarse de que sus amigos estén bien, cómo le pesan y las palabras que dijo en la Reforma. Emiro se ha dado cuenta de que huir es imposible, pero por lo menos sigue vivo.

Les pregunté qué sienten después de esta tormenta.
Ale: “Que los seres humanos creemos que todo lo podemos controlar y de repente empieza a temblar y no puedes hacer nada”.
Alexandra: “Sigo diciendo mentalmente, gracias. Gracias por esta nueva oportunidad. Y se siente esta solidaridad y tristeza por quienes aún no la logran librar, adultos, niños, animales. Dentro de todo hay esperanza”.
Emiro: “Dormir es casi imposible, pensar que voy a estar bien es imposible, en cualquier momento vuelve a temblar y ahí sí se nos cae todo”.

 



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