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Una cartagenera en la Patagonia

Dice que vive frente a un horizonte que con solo verlo, le disipa a cualquiera todos los dolores. Es el paisaje de la Patagonia, en la provincia de Neuquén, donde trabaja como anestesióloga y especialista en tratamiento del dolor. Es Jeimmys Orozco Lora, una médica cartagenera nacida el 12 de abril de 1984, egresada de la Universidad del Norte, quien desde hace ocho años vive y trabaja en la Patagonia, en un paisaje exuberante cerca a La Cordillera del Viento, muy cerca de secretos volcanes, aguas termales donde los antiguos Mapuches se purificaban, valles profundos y viñedos.

A su regreso fugaz a su ciudad natal, conversamos con ella sobre su vida, su visión de la medicina y su especialidad sobre el dolor.

“Vivir allá es como habitar en la fantasía”, me dice. “La Cordillera del Viento es una verdadera maravilla. Hay contrastes de color y de luz. Hay nieve en el invierno. Verdes y azules en el verano, ocres en el otoño y un blanco increíble en el invierno. Trabajo en el  Hospital Castro Rendón, en Neuquén, adonde va gente de todo el mundo. Pero cuando hablo de fantasía natural, también me refiero a que allá la realidad es diametralmente opuesta al servicio de salud en Colombia, y eso me da una enorme tristeza.  La salud es gratuita. Hay recursos y equipamientos en los lugares más recónditos del país. Es una ciudad petrolera, y se invierten muchos recursos en educación y salud. Es un ejemplo y modelo para toda Argentina. Allá no existen las EPS de nosotros. Allá se llaman obras sociales”.

Hablando sobre el dolor
“Es normal sentir dolor. Es anormal tener dolor.  Lo que espera un paciente con dolor crónico, es que se le escuche. Es esencial que el paciente sienta el contacto humano. Recuerdo que cuando yo trabajé dos años en Bogotá, mis pacientes se extrañaban porque los tocaba. Hay hospitales donde al paciente no se le toca. Se le revisa. Y el paciente siente la lejanía del médico. Fui a una clínica de dolor en Boston y  descubrí que pese a cualquier cultura, occidental u oriental, el paciente no rechaza ese contacto. Hay culturas que niegan la posibilidad del abrazo, la caricia, el  contacto físico, pero en momentos de dolor crónico, lo que más quiere un enfermo es afecto, cariño, amor.

“Mi mamá me pregunta siempre cómo es la vida en la Patagonia, y yo le digo que es lo mismo que en Cartagena, pero en otro lado. Hay gente buena y mala en todas partes. Cuando yo estudiaba en la universidad, los anestesiólogos eran los más alegres. A veces, el dolor no tiene explicación, pero el 80 por ciento del dolor pasa por nuestras emociones. El corazón siente y el cuerpo lo manifiesta con dolor. El 20 por ciento se logra con el contacto con el enfermo. No es posible tratar el dolor si no escuchamos a la persona que lo sufre. No se puede dejar al paciente en manos de las máquinas. Es primordial que haya un sentido humano y personalizado del trato.
Cuando la salud pública existe en un país, la cosa es diferente. Los médicos que trabajan en la Patagonia establecen confianza con sus pacientes, no se sienten superiores, el camillero es un trabajador importante como cualquier otro. El médico anda en tenis. Hay servicio médico en los lugares recónditos como Junín, en los Andes, y hay dos quirófanos, un servicio médico que posee helicópteros en plena cordillera. Cuando hice el rural en Villanueva (Bolívar) me tocó hacer un electrocardiograma y todo era tan incierto. Me tocaba fiar los medicamentos, hacer una vaca para comprar el combustible de la ambulancia del pueblo”.

Nostalgia de Cartagena
A veces, cuando mira caer la nieve o mira el silencio de la cordillera, siente nostalgia de Cartagena. Se crió frente al mar de Crespo, y su padre, el ingeniero civil Jaime Orozco, la llevó a estudiar natación junto a su hermano Jaime. “No se metan en ese mar hasta que aprendan a nadar”, les dijo. Ella es la confluencia del espíritu espartano de su padre, estricto y militar, y el espíritu de Anita Herrera, su madre, una mujer extrovertida y descomplicada que ríe duro.  “Soy como ella”, dice riéndose. “Y soy la única que le dice las cosas a mi padre”.

Allá siente nostalgia por su infancia de juegos como las tapitas y el juego del escondido, los sabores de Semana Santa con el dulce de guandul y papaya, la celebración del 16 de julio, día de la Virgen del Carmen, de la que es devota, y la ceremonia de las Velitas en la noche del 7 de diciembre. El primer año en Buenos Aires, vivía en una apartamento con balconcito, y esa noche de diciembre puso las velitas junto a la Virgen María, ante la extrañeza de sus vecinos que creyeron que estaba haciendo un acto de brujería. Tuvo que explicarles que era un acto tradicional. A veces tiene ganas de comerse un mote de queso, pero el ñame no lo encuentra en la Patagonia.

A su regreso a Cartagena, sus padres la reciben con patacones de mafufo, dorados y crocantes, queso, chicharrones, chicha de arroz y de maíz, y le satisfacen sus nostalgias que empiezan por el paladar. Lo demás es sumergirse en el mar, recorrer la ciudad, sentarse en la puerta de su casa, rodeada por el jardín de su madre.

Después del dolor
Hace cinco años operó a un paciente con un dolor crónico en el tórax. Se quería suicidar del dolor.

“La primera recomendación que hago en casos crónicos, es que el paciente tenga una red de apoyo familiar y de amigos. Que se sienta acompañado. La música está presente en mi trabajo como médica. Está demostrado que la música mejora todos los sistemas fisiológicos de tu cuerpo. Siempre le pongo al paciente un poco de vallenato, salsa, merengue o champeta. He asistido a casos de pacientes que están anestesiados y perciben el bálsamo de la música. Todo buen médico se casa con su paciente. Establece un vínculo. Creo  que la práctica de la acupuntura es recomendable y nos lleva años luz. Hay médicos que prescinden de tantos medicamentos y según sus creencias, se aferran a su fe. Eso les sana. Es como la mano de Dios. Creo que todo es un trabajo en equipo. El médico no lo hace todo. La red de amigos y familiares tiene un papel trascendental en la emocionalidad y espíritu del paciente.

“Pero una pregunta que le hago a mis pacientes: ¿qué quieres hacer cuando ya no tengas dolor? ¿Qué harás con tu vida sin ese dolor? La respuesta será diversa según cada ser humano. Habrá quien quiera estar sano para ir a visitar a sus familiares, o sentarse a jugar con sus amigos”.

Entre anestesiólogos
En la Patagonia conoció al anestesiólogo boliviano Hernán Rocha, de La Paz, con quien acaba de casarse en Cartagena.

A ella se le ocurrió celebrarlo con gaitas y comida tradicional cartagenera. Con ella, vino una delegación de argentinos que jamás habían venido a Cartagena, y vinieron por estar con ella y celebrar la gracia y la alegría del espíritu de esta cartagenera en la Patagonia. También vinieron bolivianos familiares del esposo.

“Soy una mujer muy sensible. Recuerdo que una vez fui a la casa de Pablo Neruda en Isla Negra. Y de repente, sentí una enorme tristeza que me fue invadiendo a medida que recorría la casa del poeta. No sabía con precisión qué me había puesto tan triste repentinamente, y pregunté qué había ocurrido en aquella casa. Y el guía me contó que en esa casa de el poeta había sufrido los destrozos de su propia casa, ante la persecución de la dictadura chilena”.

Epílogo
Ella ahora mastica lentamente un patacón con queso como si quisiera paladear un manjar olvidado.  La madre ha traído una jarra de jugo de arroz con maíz, y una bandeja de patacones con chicharrones. La nostalgia de la casa está en esos sabores, y en el corazón amoroso de sus padres y en el humor de su hermano que cuenta ocurrencias inteligentes y curiosas.

En su memoria está el paisaje de la Cordillera del Viento, la nieve que no deja de caer en el invierno, y la mirada de sus pacientes con dolores crónicos a los que ella arranca una sonrisa con solo verlos. Y con solo darles una palmadita en el hombro. El dolor parece disiparse cuando pregunta: ¿cómo amaneciste hoy? Su voz, su sensibilidad y su humanidad, son el otro bálsamo  y antídoto de los que tienen dolor en el cuerpo y en el alma.

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