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Una mirada de náufrago

No están. No vendrán esta noche a comer. No se pararán en la esquina de siempre. No voltearán la vista si se les llama; ni siquiera soñarán las cosas que soñaban, nada.

El rayo de la muerte, la confirmación de que la humanidad es tan frágil, y apenas cuesta creerlo. A sus familiares les ha costado aceptarlo: no están, ni estarán.

***
—¿Cuándo fue la última vez que viste a tu hermano?—preguntó mirando a los ojos desolados de aquel chico de veintitrés años.

Había pasado hace menos de diez horas la muerte, desordenándolo todo. Yomar Francis no tiene un gesto adusto, está cansado, eso es todo. Y encima el calor le enjuaga la cara, se le encarama en los pómulos y el bozo. Pero responde, abstraído, las preguntas de Wilson Morales, el editor de sucesos de El Universal, cuyo oficio es vertiginoso e impredecible porque cada mañana se obliga a andar por las inmediaciones de Medicina Legal. Así se ha encontrado a Yomar Francis, cuyo hermano murió junto con un amigo tras un estrepitoso choque de moto en el corregimiento de La Boquilla. Una curva mal tomada. Un instante apenas. Y ahora Yomar está en aquel instituto de ciencias forenses reconociendo el cadáver de su hermano de 19 años.

—Yo lo presentí anoche cuando May se despidió de mí—ha dicho. Su hermano estuvo jugando fútbol en su Play Station con Benjamín Herrera, amigo de infancia. Siempre que May se pedía al Real Madrid le ganaba a cualquiera que tuviera al frente. “Era un monstruo”, dice su hermano. Ahorra las lágrimas.

Benjamín y May murieron a la 1:20 de la madrugada del miércoles. Habían salido una hora antes de casa de la familia Francis Martínez situada en Cielo Mar, un barrio de casas chicas con las que todavía no ha podido el feroz sector de bienes raíces de Cartagena. Se sitúa a cinco minutos de Crespo, sobre la Vía del Mar.
Querían comer algo. “Unas salchipapas”, precisa Yorman.

—De este caso, hay una particularidad: cuando pierden el control de la moto, May se va contra un poste y muere en el acto. Dicen que Benjamín, que era el que manejaba, logra levantarse y empieza a llorar al ver que su amigo no responde—me ha dicho Wilson Morales. Ahora vamos de camino al sector Simón Bolívar del Barrio San Fernando, zona suroriental de la ciudad. Allí mataron a tres ayer, todos menores de edad—. Al parecer Benjamín—continúa—, a pesar del golpe mortal, estaba lúcido, quién sabe con qué fuerzas porque sus heridas eran internas. Luego se desplomó. Eso es lo que dicen, falta confirmarlo.

Morales es un tipo acucioso. Detrás de la máscara de modestia se esconde un hombre hábil. Le gusta estar donde nadie le espera. La camioneta mazda blanca del periódico serpentea las arenosas calles, los huecos, y las fugas de agua. No son más de las 10 de la mañana. De camino al siguiente suceso, Jeremías Salguedo, el conductor del vehículo, a quien Morales llama ‘el bendecido’, tira algunas bromas. Hay que defender la alegría.

***
Normalmente la simple aparición de periodistas perturba incluso el ambiente de los familiares que ya de por sí están acongojados por una pérdida irremediable.
Esto es la vida, no es más. No hay prórrogas.

Luego de preguntar a los vecinos un par de indicaciones llegamos a la Calle de La Sonrisa, en San Fernando. Es una broma macabra que se llame así el lugar en el que dos sicarios acribillaron a tres personas.

—¡Ay Dios mío, me lo mataron! Si yo lo había mandado a traer una silla, me mataron a mi pela’ito—el grito ahogado de una madre nos anuncia la casa de los familiares de Greyson Manotas, 16 años. Hay niños que no entienden nada. Se asoman por las ventanas de esa casa verde. Los adultos están afuera en sillas de plástico. El silencio se quiebra desde adentro. Un llanto, un grito, desesperación y luego otro silencio. Los residentes de enfrente no se atreven sino a mirar y comentar por lo bajo. ¿Qué otra cosa pueden hacer? Dar el pésame sí, pero a quién le sirven las palabras en estos momentos.
Wilson Morales, consciente del dolor invasivo, adopta un gesto de genuina disculpa. ¿Qué carajos estamos haciendo allí? Yo mismo estoy enajenado.

El triple homicidio ocurrió a las 4:45 de la tarde del día anterior.

Greyson era uno de los mejores amigos de José, 16 años, hermano de Dherian Gutiérrez, 17. En principio, el par de amigos estaba jugando con una tableta digital frente a la antigua casa de Greyson, de dónde su familia se había mudado a la Calle de La Paz hacía una semana. Luego llegó Dherian. Según las autoridades, este último era seguido por una moto. El asesino apuntó y abrió fuego. Baleó a los tres jóvenes sin bajarse del vehículo. Ellos alcanzaron inútilmente a cubrirse el rostro.

—¡Ay abuela! ¡Ay mataron a tu nieto, Dios mío!—grita la madre de Greyson. Sostiene ligeramente las manos de una anciana. Los rostros se prenden de naufragio. A tan sólo cuatro casas está todavía deshecha la puerta negra de metal que también recibió el impacto de los proyectiles. Vemos de cerca aquel lugar que da a una callecita de tierra viva y que hasta ayer no era tan atroz e infame. Los criminales lo han reconvertido en la firma de la desgracia.

Los niños del barrio se juntan en una esquina. Están de pie, cruzando versiones, ¿de qué otra cosa se puede hablar? Un perro negro sin dueño pasea a sus anchas, indiferente.

Alexander Torres, el padrastro de Greyson, baja del segundo piso de su nueva casa. En vano se seca los ojos. Estrechamos su mano. Una condolencia y de repente, como para que no nos escuche la muerte, bajamos la voz. No nos hemos puesto de acuerdo, pero estamos hablando en un tono muy bajo.

—Lo que queremos es que le caiga todo el peso de la ley a esos asesinos—dice Torres. Se lleva las dos manos a la boca, como si aquel gesto pudiera reprimir el desconsuelo, como una nueva ofrenda al miedo. Nos cuenta que siempre le pareció muy inseguro el barrio, venía temiendo algo así, por eso se había mudado, pero no consiguió largarse con su familia a un lugar más alejado. “A los Corales”, dice. Nos damos cuenta de que todavía no sabe que la policía capturó a alias ‘Nicolás’, 22 años, el presunto miembro de la banda al servicio del Clan Úsuga, responsable, según las primeras investigaciones, de los homicidios. Le encontraron un arma minutos después del crimen. Las autoridades dicen que se trata de una “retaliación territorial que ha generado la reciente incautación de droga”.

Al chico lo amaba. Este año Greyson Manotas iba a graduarse de bachillerato. También pintaba, quería hacer un curso en Bellas Artes. Era tímido, pero un excelente jugador de fútbol, estuvo en las inferiores del Real Cartagena. 

—Muy fuerte, esto es muy fuerte. Compartíamos ese gusto, era mi compañero para ir al estadio y apoyar al equipo, y ver los partidos del Real Madrid.

—¿Qué piensa hacer para recomponer su vida y la de su familia?—le he preguntado.

—No voy a tomar venganzas. Eso no me interesa. Lo que quiero es la tranquilidad, aunque esto es un dolor para toda la vida.
Wilson Morales le tiende su mano a Alexander. Le dice que lo lamenta. Se comprenden tan sólo con la mirada. “Más patrullajes de la policía”, articula descorazonadamente el padre.

Epílogo

Desde nuestra llegada a San Fernando ha pasado más o menos una hora. Subimos a la camioneta. Adentro Jeremías —nombre de profeta hebreo— escucha, impasible, una emisora cristiana. Nos alejamos del lugar. Pienso que no está mal que nuestro conductor lleve el seudónimo de ‘bendecido’.

Consulto el reloj. Aún hay tiempo para ir hasta Cielo Mar, casi al otro extremo de Cartagena. Durante el recorrido hacemos lo posible por desprendernos del drama, no hay otra manera, la vida misma, lo cotidiano y el bendito humor nos alivian el ósmosis de la desdicha.

En casa de la familia Francis Martínez hablamos con una de sus tías, con sus amigos. La madre no está para entrometidos, y muchísimo menos para diálogos. Allí nos enteramos que tanto May Francis como Benjamín Herrera, las víctimas del accidente de La Boquilla, eran instructores de Kitesurf, ese deporte que consiste en deslizarse con una tabla por el mar mientras se sostiene una cometa.

Por el momento, mejor concentrarnos en el presente.

—Vamos a ver la curva donde se estrellaron—he dicho.
Wilson me planta una mirada que rezuma hambre. Es casi la una de la tarde.

—Vamos—insisto con una media sonrisa. Después de una leve inspección volvemos a El Universal. Nos sentimos extrañamente aliviados. Todo en nosotros parece más cansado. El tiempo ha pasado diabólicamente deprisa.
 

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