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Una noche de cine en el parque de San Francisco

Son las siete de la noche. Hay cien niños en el suelo del parque de San Francisco, nuevo y colorido.

Frente a ellos, la pantalla grande, la del séptimo arte. Perplejos y acallados por el estruendo del parlante, miran la intensa luz que emana del riguroso aparato y entonces los atrapa “Pellanco, el artesano”, un cortometraje hecho por los jóvenes de la isla de Bocachica.

Sí, lo sé, soy “lisa”: interrumpo la función y pregunto en voz alta: ¿cuántos de ustedes ven esta noche por primera vez una pantalla tan gigante? La mayoría, unos 60, alza la mano y grita: ¡yooooooo!

Me encariño con los dos moñitos de Dana Marcela Beltrán Valiente, una de las más efusivas asistentes. Nos sentamos juntas en el andén de la plaza durante toda la función. Vimos seis cortos de unos cinco minutos cada uno. Todos, realizados por isleños de Bocachica, Caño del Oro, Punta Arena y otros.
Estamos mirando “Polémica de los pescadores” y Dana me dice, como si fuera una adulta: “uno con el cine aprende a conocer la vida”.

“Claro –amplía-, se aprende de las vivencias de otros y ya no necesitamos vivirlas para saber cómo actuar”.

Es su segunda experiencia frente a la pantalla grande, pero la primera al aire libre. Muchas veces ha visto cine en su casa, en el biblioparque al que va todas las tardes en San Francisco y en centros comerciales, pero nunca en la calle, en su calle.

Tener una pantalla tan, pero tan grande en su San Francisco la abruma, y de paso ella me abruma con sus “salidas”. “Es que con tanto problema que tenemos en este barrio –advierte– que hayan traído cine hace que los niños se olviden de lo que está pasando en sus casas, de las peleas que todos los días hay. Y también las mujeres liberan su mente de la vida tan difícil que les ha tocado”.

¿Quéee? -pienso-. Semejante análisis es de una niña de 10 años.

Dana vuelve a hablar para pedirme a gritos que se repita, que no deje de llevar cine a San Francisco, como si la decisión de llevar la pantalla fuese mía.

Un mar de reflexión
Entre corto y corto hay siempre un “break”, un descanso. Se arma el “zaperoco”, el “coge coge”. Cada descanso se vuelve “un salón de clases sin profesor”, un pequeño y divertido caos. Dana se levanta, camina, habla y ríe mientras yo la espero.

La niña regresa justo cuando empieza el corto “Santiago, el niño de la playa”, de Punta Arena, y el cine vuelve a callar a la multitud. Dana está encantada, otra vez atrapada. Si sus despepitados ojos hablaran, acabaría el mundo, la concentración es  bárbara.

Mientras ella asiste a la memoria de Punta Arena, me escapo cuatro minutos, y hablo con Ángela Bueno, la coordinadora de Cine en los Barrios, programa social del Ficci que lleva a universidades, colegios, corregimientos y municipios de Bolívar el cine en forma de ruedas, de conversatorios y de debates.
En ella encuentro una mezcla de pasión por la comunidad y de amor por el cine. Una revoltura explosiva. Tiene toda la razón cuando me dice que el cine cambia vidas. Que el único que apacigua los estratos y las clases sociales es el séptimo arte y que al sumergirse en el mundo de los 24 fotogramas por segundo, cualquiera viaja.

“No ha habido un lugar en esta comunidad que no se haya unido gracias al cine.

“El cine abre la mente a sueños. Y para soñar no se necesita ser culto, ni haber estudiado algo. Ni siquiera saber leer. Cuando un niño sueña, cumplimos nuestro propósito”, dice Ángela.

Cine en los Barrios es un programa del Festival Internacional de Cine de Cartagena (Ficci), y como lo anhelaron hace dieciséis años sus fundadores, Víctor Nieto y Jorge García Usta, se ha vuelto el espacio alternativo de encuentro entre las comunidades, el cine y sus realizadores. Genial.

Retomo mi puesto, el pedazo de cemento, mi “silla”, y ahí sigue Dana. Absorta. Embaucada por la magia de las olas de Punta Arena. Se acaba el corto.

“Los seres humanos tienen que hacerse valer, ¿cómo? ayudando a los demás y sobre todo tienen que trabajar para ganarse las cosas”, precisa.
La niña, con crispeta en mano, no para de reflexionar. Decide contarme parte de su vida porque acaba la función. Hace tres años perdió a su papá.

“Se accidentó en una moto, iba a las 12:30 de la madrugada por El Bosque, venían dos carros y él quedó en la mitad. Estaba tomado”, relata.

-¿Por qué me cuentas eso? –pregunto–.

-Son lecciones que la vida da para que las tomemos como ejemplo y que no se vuelvan a repetir –responde–

- ¿Qué tiene eso que ver con el cine, por qué me lo cuentas? –insisto–

- Las películas que hemos visto solo nos han contado la realidad. La realidad de los niños de las islas, que siento que también tiene que ver con la mía. La de todos.

Quisiera que estos espacios se repitieran todos los días. Que trajeran las pantallas siempre. Sería una gran experiencia para que nosotros los niños tengamos más diversión.

¡Ufff! ¡Qué respuesta! Directo a mi yugular. Los niños de las zonas periféricas reclaman espacios donde puedan recrearse al aire libre. Para Dana, Cine a la plaza, por ejemplo, sería un nombre espectacular para una iniciativa que no solo se realice en el marco del Ficci, que dura apenas una semana.

Es que no se necesita lupa para darse cuenta que el séptimo arte es una excelente forma de escapar al círculo de la pobreza.

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