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Una ruta difícil y olvidada

Domingo añora a ‘la Avispa’. Habla de ella como de un amor profundo, inolvidable, sincero. No es una mujer, pero habla de ella como si lo fuera. Una relación de largos años pero, como todo, un día llegó a su fin. Vendió las defensas. Se deshizo de los sillones y otras partes las remató como repuestos. El capó, el piso y la carrocería en general se convirtieron en chatarra, igual que el corazón -digo, el motor- no lo pudo vender, ya no le serviría a cualquier otro dueño. Estaba muerto.

Corría el año 2000 en Cartagena cuando Domingo Alfredo Argumedo se deshizo de ese autobús de La Esperanza, un Ford Gándola modelo 54, llamado ‘la Avispa’. “Tenía ese nombre cuando lo compré”, recuerda.

Fue uno de sus mayores tesoros, le ayudó para alejar de malos pasos a sus nueve hijos, a espantar la pobreza, a vivir dignamente. Le ayudó a ayudar. Comenzaba el nuevo milenio pero en vez de avanzar, en los barrios de las faldas de La Popa, el cerro más alto y reconocido de la ciudad, hubo un retroceso que hoy apenas se perfila a recomponerse.

“Había cinco rutas por acá. Todas desaparecieron. Entre esas la de La Esperanza. Era un bus de esos de palitos con cortinas, lo transformé, pagué una re-potenciación (algo así como un cambio extremo), pero a los buses de servicio urbano nos sacaron por la tangente. A ‘la Avispa’ me tocó picarla y venderla por partes. No es como ahora, nunca recibí una indemnización, tocó chatarrizarla”, explica.

En San Francisco, La María, Daniel Lemaitre, Torices, La Esperanza y 7 de Agosto. Sí, todos esos barrios con todos sus sectores, en una ciudad como Cartagena, donde pasa de todo y no pasa nada, se quedaron sin rutas de buses, cuando con el tiempo los que habían fueron chatarrizados o enviados a otras rutas, pero no reemplazados. Simplemente las rutas desaparecieron. Entonces, a falta de buses: camperos. Hay de todos colores, y hasta con nombres: ‘El Redentor’, ‘El Cazador’, ‘Ricura Pura’, ‘Alma Viajera’, entre muchos otros. “Son el único medio de transporte público colectivo de pasajeros para estos sectores. Como no metieron rutas nuevas, nos vimos en la obligación nosotros mismos de meter nuestros colectivos. Como sabía lo que se venía compré un carrito Land Rover, se llamaba ‘el Pegajoso’. Desde entonces he pasado por cuatro”, dice Domingo a sus 67 años.

 

Vuelta a La Popa

El carrito de Domingo es naranja, “tirando a rojo”. No está perfectamente conservado. Como muchos  colegas suyos, en este modelo el rastro de óxido se asoma como arrugas de vejez y, al moverse, siempre lo acompaña aquel sonido de sus hierros desajustados y retorcidos, característico de los carros de su edad. Por momentos parece estar a un hueco de destartalarse, pero no. Sigue tan firme como su dueño. Domingo es un tipo amable, de guayabera blanca, gorra amarilla y pantalón beige.

Es temprano, lunes, 7:15 de la mañana, el sol aún no alumbra por completo pero el calor ya hace de las suyas. Él suda a chorros. Yo también. Una señora, cargada de bolsas, no sé cuántas. Sube con dificultad en la cabina trasera. El camperito arranca vacío. Delante hay otro más lleno, con niños de colegio, y con dos pasajeros colgando de la puerta. A menos de una cuadra, hay dos más, vacíos. Encontramos tantos que, por instantes, creo hay más camperos que gente.

“Estamos sirviéndole a la comunidad con este sistema. Aquí los llevamos hasta gratis a veces porque yo sé cómo está la situación”, indica Domingo.
Un pasajero baja debiendo $500 de los 1.500 que cuesta el pasaje. “Vaya tranquilo”, dice el conductor. El carro recorre esa circunferencia deforme de vías que rodea al Cerro de La Popa, sube por la principal de Torices, llega a Santa Rita, pasa Daniel Lemaitre, San Francisco, La María, La Esperanza, sube por La Quinta y llega a la Estación de Gasolina frente al Castillo San Felipe, desde donde salimos media hora antes. “Ese es el tiempo que tarda uno más o menos en dar la vuelta a La Popa”, sostiene Domingo, y empezamos una segunda vuelta. En el camino me cuenta que es de los pocos conductores dueños de su propio campero colectivo. Me cuenta que una de las muchas veces que fue víctima de atracadores, disfrazados de pasajeros y con puñal, alcanzaron a rasguñarle un hombro. Me cuenta que su llanta de repuesto es su mejor amiga y que prefiere trabajar temprano en la mañana. Me cuenta que las vías maltrechas le dejaron secuelas a más de un conductor en la columna. Me cuenta que hace parte de una cooperativa y que un pool de abogados defiende a quienes viven de este medio de transporte.

Bajo del camperito de domingo antes de completarse la segunda vuelta y llego a San Francisco, a la casa de Oswaldo Pérez Ávila, representante legal de la Cooperativa Multiactiva de Transporte Colectivo, Comutrascol.

“Nosotros nacimos de la escasez de los buses, las rutas se fueron cayendo. El Distrito fue permisible para que entrara este transporte”, me explica. También me dice que hay casi 400 camperos colectivos aquí, que trabajan en la franja de La Popa, en tres rutas que hay. “Todas esas personas somos las que vamos a quedar cesantes, cuando comience a operar Transcaribe en esta zona. Entre todos somos al rededor de 800 personas las que trabajamos en eso”, añade. “Gracias a Dios una sentencia ordenó al Distrito que haga un estudio socioeconómico para ver cuál es el impacto que va a tener la implementación de Transcaribe. Nosotros suplimos las necesidades de estas personas que quedaron sin transporte colectivo”, sostiene.

Epílogo
Antes de marcharme, aparece Domingo. En sus manos trae dos fotos. Es ‘la Avispa’. “Eso fue una tristeza grande, porque yo eduqué a mis hijos gracias a esto. A pesar de que yo tenía, ellos no se creyeron más que otros y todos terminaron su bachillerato. Tengo una enfermera, tres docentes. Ese bus ya no trabaja. Ahora tengo 17 años trabajando en colectivos, no sé qué va a pasar cuando comience a operar Transcaribe, mi vejez no la voy a tener mala, porque ellos conmigo no quieren fiesta”.

‘La Avispa’ murió, la que parece inmortal es la nostalgia en la voz de Domingo.



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