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Viaje al corazón de la samba

Tener una experiencia cercana con la samba es entender lo que hay en el corazón de los brasileños. Finalmente consigo ir a uno de los lugares donde se gesta ese género musical tan famoso en el mundo: la favela Morro da Formiga.

***
Hace cinco días había llegado a Río de Janeiro. Por unos días pausé los estudios en Buenos Aires para ir Brasil antes de retornar este año a Cartagena, mi ciudad natal. 

No solo buscaba vacacionar. Quería conocer su gente, su comida, las diferentes formas de encarar la vida y, por supuesto, la samba, una de sus caras ante el mundo.

De esta última probé pequeños “sorbos” en las noches de Lapa, una suerte de Getsemaní bohemio, amenizado por el sonido de bares, donde impera la samba, acompañada del sabor de las caipirinhas. A ese barrio van a parar los turistas después de pedir recomendaciones a los locales acerca de los lugares para divertirse. Pero no era allí donde encontraría lo que precisaba de la samba. Tendría que ir a una favela.

Lo poco que sabía de esos lugares había sido gracias a películas como “Ciudad de Dios” o “Tropa de Elite”. También, por supuesto, había escuchado de ellas en los medios. Casi siempre noticias negativas de violencia y narcotráfico, a excepción de una que otra visita de algún presidente extranjero. Entonces las autoridades “lavaban la cara” de la favela antes de su arribo. No lo harían en mi caso. Debía considerar si el capricho cultural en realidad valdría la pena.

Por fortuna, y como pocas veces ocurre, la solución al problema vino sin buscarla. Caê Rodrigues, nuestro amable anfitrión, tenía bien guardado un secreto. Durante muchos años había interpretado el tamborim y es integrante de Imperio da Tijuca, una escuela de samba con más de 70 años de tradición. Su sede está en el norte de Río, en el barrio de Tijuca, específicamente en una favela llamada Morro da Formiga.

Su invitación llegó caída del cielo. Era un martes 14 de junio y justo ese día la percusión o “batería” de la agrupación tenía práctica por la noche.
Tomamos la Línea 1 del metro desde la estación Catete, en el centro de la ciudad. Recorrimos doce estaciones más, contenidas en cerca de diez kilómetros, hasta llegar a la última, llamada Uruguai. Allí nos embarcamos en un taxi que nos llevaría hasta la sede de la agrupación. Después de unos ocho minutos de recorrido, subimos hacia el Morro y el sonido de los instrumentos avisaba que llegábamos a nuestro destino.

Ahí estaba finalmente. La primera impresión que se tiene al llegar es el fuerte arraigo a las raíces africanas. Lo demuestra una gran estatua de San Jorge -sincretiza con la deidad Oggun en la religión afrobrasileña, Umbanda- que parece mirar a todos los que atraviesan la puerta de entrada. Para ellos es el santo guerrero que los libra de todos los peligros y amenazas.

Observo por unos minutos el ensayo y no tardo en pedirle a Caê que me presente a los directores de la batería. Son tres. Aunque por hoy solo están Paulinho Roberto y Jordan Mestre.

Ambos son “hijos” de la favela. Conocen cada rincón de ella y los secretos para coordinar a los casi 100 percusionistas reunidos esa noche.

Les explico el objetivo de la entrevista. Asienten con la cabeza y Paulinho empieza a contestar mi primera pregunta. Habla muy rápido y entiendo poco. “Debí ser más juicioso practicando portugués con los amigos brasileros en Buenos Aires”, me repito mentalmente. Caê se percata de la situación y se ofrece de intérprete para ambos. Entonces empiezo a conocer de primera mano los detalles que se cocinan detrás del carnaval más grande del mundo.

Para los cariocas es la fecha más esperada del año. Sobre todo para las escuelas que competirán en el Sambódromo ante un estricto jurado y la vista de más de 75 mil asistentes.

Por eso no hay espacio para improvisar. Al igual que sus competidores, Imperio da Tijuca deberá componer un ‘samba-enredo’, una especie de canción que narre un suceso de la historia; que hable de un lugar o que exalte alguna personalidad de Brasil. Las diferentes “alas” o secciones de la escuela se encargarán de representar una parte de esa composición a través de sus disfraces.

La tarea no es nada fácil. Durante varios meses las escuelas realizan competencias internas para definir el ‘enredo’ con el que competirán. Luego viene otro reto no menor: lograr que se la aprendan las más de tres mil personas que desfilarán y, de paso, sincronizar a los centenares de músicos que deben tocar de corrido esa noche durante algo más de una hora, tiempo que dura cada desfile. El mínimo error, aunque sea individual, les pasará factura en la puntuación del jurado.

Y es que en las noches de presentación se juega más que el prestigio de cada escuela. También el jugoso botín que recibirán los ganadores. Y por último, la permanencia en el Grupo Especial y Serie A, lo que les da derecho a desfilar en el Sambódromo nuevamente el año entrante.

“No hay reglas, pagos ni requisitos específicos para pertenecer a la Escuela”, aclara Paulinho. Todos son bienvenidos, incluso si no saben tocar un instrumento. Allá se encargan de enseñarles. “Solo se necesita ‘corazón’’’, porque de eso se trata esto. De poner ‘corazón’”, agrega Jordan.

No están mintiendo. En el ensayo se puede ver que la samba no conoce de estratos ni razas. Participan de ella niños y grandes; cariocas de bajos recursos que cumplen con tres prácticas para probar un plato de comida al final de estas, pero también mujeres oficinistas que asisten a tres horas de ensayo después de una larga jornada laboral.

La samba les resulta necesaria. Les recuerda la felicidad de vivir. Los lleva de vuelta a sus orígenes; les da respuestas en medio de un presente muy difícil y los llena de visión para afrontar el futuro. Por eso la cargan en su hombro con orgullo; la lucen felices, como sus mujeres negras a sus afros. Después de todo, la samba se resume en eso, un sello de identidad brasilera.

Luego de terminar mi conversación con ellos, Caê les recuerda que soy un periodista de visita en Brasil y que la noticia será publicada en un periódico de Colombia.

Entonces el rostro de Jordan se alegró y si mal no recuerdo me agradeció unas ocho veces seguidas.

DATO:

En Río de Janeiro existen más de 800 favelas. Desde el 2008 la Policía de la ciudad emprendió un proceso de “pacificación” para desterrar de ellas el narcotráfico y la delincuencia. El trabajo continúa.

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