Vida y milagros de Javier Krahe

04 de enero de 2015 12:00 AM

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Ha sido capaz de llamar a las cosas por su nombre.
La música de Javier Krahe, pero más que sus armonías, sus letras, ofrecen a tres generaciones de oyentes la extraña combinación que surge del humor insumiso e inteligente, y la independencia.

Este madrileño, 70 años, a quien se le ha atribuido el mote que llevara El Quijote: ‘el caballero de la triste figura’, por su evidente aspecto físico, nos recuerda con cada canción que se puede ser culto y restarse importancia, todo al tiempo, de un tajo.
Krahe recurre a la literatura para buscar la palabra que acompaña su música.

Quienes tienen la absurda costumbre de poner etiquetas a todo, lo definen como “inconforme”, “pionero”, “iconoclasta” y hasta “belicoso”. No obstante, en lo que sí se puede coincidir, con unanimidad abrumadora, es en la admiración que despierta este compositor que empezó a hacer sus primeras actuaciones a principios de los 80.

Sin ser un cantante al uso, sin poseer todas las calidades vocales que parecieran abundar en la industria del entretenimiento musical, Javier destaca con lo único que tiene como defensa: sus canciones.

Influenciado por la corriente renovadora de la canción de autor francesa de finales de los años cincuenta, encabezada por Georges Brassens, Krahe huyó de la canción protesta. Más bien lo suyo, como él mismo lo dice, es la canción “próstata”. En sus recitales se atempera el sarcasmo y la irreverencia, los disparates que retratan la sociedad.

“Tú que has tenido la rara fortuna de conocer el corazón a la luz de la luna de mi mujer, tú, que supiste cogerle el tranquillo a sus abrazos, más de una vez te adivino en el brillo de sus ojazos”, canta, casi declamando mordazmente, este cantautor nacido en el 44.
Pero la canción fue tardía en su caso. Empezó a cantar con 35. Sus temas le dan para vivir, y vive no por cómo canta, sino por lo que narra. Son canciones singulares.

Algunas recuerdan que No todo va a ser follar, título de uno de sus temas, o sirven como pretexto para contar la celeste historia de sus mujeres, que en realidad han sido pocas.


Krahe puede hacer canciones sobre el amor a destiempo: “Una mujer, claro que sí, pero de edad una mocosa, con una ofrenda para mí: su danza de los siete velos. Imaginad la tentación, yo, cincuentón, me daba cosa. Y me llevé por precaución, media docena de pañuelos”.

Dicho de otro modo: la realidad se reconvierte en broma y el esperpento se funde con el mundo real. Con estos principios lleva más de media vida cantando y desmarcándose del marketing, aunque en principio, dado su talento natural para los versos, fue fichado por la compañía multinacional Sony. El vínculo comercial no duraría mucho por la renuencia del músico a hacer playbacks (simular con los labios presentaciones en vivo). Por eso desde la década del noventa ha asumido su andadura creando sus propios sellos discográficos.

El trovador puede, y además se lo agradecen muchos, hacer canciones con terminaciones en palabras esdrújulas: “En las antípodas todo es idéntico, tienen teléfonos, tienen semáforos con automóviles, con sancristóbales, muchos estómagos están a régimen. Tienen políticos, más bien estúpidos, pero son súbditos muy pusilánimes. En las antípodas todo es idéntico, idéntico a lo autóctono”.

Lo suyo es hacer canción insulto, canción lamento y canción pregunta. De ahí que su público sea reducido, pero fiel.

“Tengo una novia que finge que no tiene orgasmos, y, al reprimir sus espasmos, al sofocar su laringe, me pone cara de esfinge”, relata en la canción Ron de caña.
Aunque se ha considerado siempre un ateo, su oficio emana del milagro de las rimas, de la sustancia de conocerse a sí mismo y a la palabra escrita, y de un cuidadoso método de sílabas juntadas para evadirse y evadir los constantes nubarrones del aburrimiento.
“Mi esposa padece furor uterino, no damos abasto ni yo ni el vecino. Y a mí me da pena del pobre Avelino. Cada dos por tres me invento algún viaje para reponerme de su amor salvaje y ella, en cuanto salgo, le ordena que baje”.

¿Me permiten un consejo? Lo que deberían hacer todos ustedes es apagar la televisión, servirse una copa, poner un disco de Javier Krahe, escucharlo en Internet o correr a comprarlo, si no hay ninguno en casa; y tumbarse en un sofá para escuchar, sin prisa y sin propósito alguno, las divertidas, tiernas, puntiagudas, irreverentes y civilizadas canciones de este ‘Caballero de la triste figura’, que lleva muchos años alegrándonos la vida.
Porque alegre es todo aquello que nos obliga y nos ayuda a pensar.

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