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Wilfrido y la travesía zenú

Llegó a los 17 años a Cartagena. En 1997, le tocó salir corriendo de su tierra porque la violencia echaba raíces profundas en ella. Cobraba la vida de gente noble resguardada en un “mundo” de paz y tranquilidad que empezó a conocer el terror de las armas y la maldad.

Desde el resguardo de San Andrés de Sotavento, en Córdoba, donde habita -o habitaba- la mayor parte de la población Zenú de Colombia, salió Wilfrido Pérez, un indígena de 38 años cuya historia ha transcurrido por más tiempo en La Heroica: 20 años enfrentándose a la falta de reconocimiento étnico y evitar perder sus tradiciones.

Hoy, en medio de abismos, en una zona de las faldas de La Popa, en el sector 20 de Julio de Daniel Lemaitre, Wilfrido cuenta su historia, la misma de muchas de las familias zenúes asentadas en Cartagena, y todo lo que les ha costado hacer valer sus derechos. “Fue muy difícil desde el momento  que llegamos a Cartagena, porque como indígenas, con un territorio ancestral propio, estábamos acostumbrados a las labores del campo, a hacer nuestros tejidos. Estábamos acostumbrados a nuestra cultura y cuando llegamos a esta ciudad sentimos un gran choque. Nos tuvimos que adaptar. Y fue como empezar de nuevo. Después de trabajar en nuestros campos, nos tocó hacer tintos y venderlos aquí”.

Pero, más que ahondar en todo lo que padecieron en sus primeros años en La Fantástica, que entonces no tenía nada de “fantástica”, Wilfrido se empeña en mostrar lo que han conseguido y lo que sueñan. Siempre habla en nombre de toda su comunidad, aunque se le pregunte por su experiencia particular. Es un hombre apropiado de su cultura, de sus raíces.

Es un ejemplo de lucha y constancia. Empezó como vendedor de tintos y ahora trabaja por su comunidad y labora en el Museo del Oro como guía para dar a conocer su cultura. Estudia inglés.

Sin conocer su capacidad de liderazgo, un día simplemente reaccionó y motivó a los demás para organizarse, luchar por sus derechos: ser reconocidos como comunidad indígena.

¿Y sus tradiciones?
“Con el tiempo nos adaptamos a vender tinto, porque era lo que generaba ingresos y se empieza a perder esa costumbre de trabajar con el arte y lo que uno sabía: tejer, cultivar. Muchos de los artesanos que se vinieron para acá se dedicaron a trabajar en otras labores. Algunos dejaron de vender tinto y ahora trabajan en albañilería u otros, por ejemplo. Las nuevas generaciones no estaban apropiadas de nuestra cultura, algunos de nuestros niños no sabían siquiera qué era la cañaflecha (planta con la que se teje el emblemático sombrero vueltiao)”, indica el líder indígena.

Es por eso y por todo lo que han padecido, que decidieron conformar la Asociación de Tinteros y Artesanos de Indígenas Zenúes del Distrito de Cartagena -ATINAS-  fundada en 2013.

“Hemos logrado que las familias se auto-reconozcan e identifiquen como indígenas de nuestra etnia y las nuevas generaciones conozcan por qué llegamos aquí a Cartagena. Se ha empezado a trabajar en rescatar nuestra identidad cultural, que nuestras tradiciones no se pierdan y también se desarrollen aquí en Cartagena, a pesar de que no tenemos un espacio propio, porque estamos en un lugar de alto riesgo donde no podemos hacer algunas labores. Tenemos un grupo de artesanas que se organizó y que practica el tejido en cañaflecha, hemos puesto en marcha una iniciativa para sembrar plantas medicinales a manera de jardines verticales pues no tenemos terrenos para hacerlo. También estamos trabajando con los niños indígenas nacidos aquí. Les contamos nuestra historia, la historia de nuestros abuelos, qué hicieron, a qué se dedicaron y qué nos dejaron como legado para que vean eso como un valor importante”.

Tejiendo sueños
En una casita muy humilde, en el mismo sector de Daniel Lemaitre, once mujeres que conforman la Asociación de Mujeres Artesanas Indígenas Zenúes -Asomaiz-, se dedican a elaborar productos tejidos en cañaflecha. Allí, donde también enseñan a los niños para mantener vivas sus tradiciones, tejen sueños gracias a una iniciativa respaldada por la Fundación por la Educación Multidimensional (FEM). Además de artesanías como sombreros, llaveros, entre otras, elaboran unas lámparas con esta técnica artesanal que son exportadas a Francia, España, Italia y Dinamarca.

Yamile Chimá, Dania Pérez y Dilia Flórez son tres de ellas y, mientras sus manos entrelazan la cañaflecha como por inercia, en sus pensamientos se teje la idea de que este pequeño proyecto se convierta en una gran empresa.

El sueño de Wilfredo, de estas tres mujeres y de las demás personas y familias zenúes asentadas en Cartagena ya no es precisamente retornar a sus tierras. Ya han planificado sus vidas en esta ciudad, sus hijos se han adaptado a este territorio urbano lejos de sus raíces. Eso que alguna vez les quitó la guerra, por más que anhelen, ya no lo tendrán de la misma manera, porque todo cambió.

...Lo único que no les arrebató ese insensato conflicto fue su conocimiento, su importancia y valor cultural, y esas ganas de defender sus derechos y mantener sus tradiciones y costumbres.

La comunidad indígena Zenú asentada en el barrio Daniel Lemaitre, conformada por unas 30 familias, está vinculada al Cabildo Indígena Zenú de Membrillal, del que hacen parte alrededor de 150 familias.

Desde hace varios años, el cabildo indígena está luchando por conseguir un terreno para su resguardo. En julio de 2016, el Distrito manifestó la voluntad de darle una solución de fondo a su situación y estudiar comprar un inmueble en el que puedan desarrollar sus actividades como comunidad étnica.

RECONOCIMIENTO ÉTNICO

De acuerdo con Wilfrido Pérez, tanto en el área urbana y rural de Cartagena existen cerca de 500 familias indígenas zenúes y, según la Secretaría del Interior, aparecen censadas 2 mil 800 personas, representadas en 200 familias, por lo que el Cabildo trabaja para lograr el reconocimiento étnico de todas las familias indígenas asentadas en Cartagena.



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