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William Ospina, un poeta iluminado

Si William Ospina se asoma a un aljibe de Cartagena de Indias, es probable que vea algo más que las ondas que sutilmente acaricia el viento en el agua. Él escucha lo que cuenta el agua en el tiempo. Tiene una sensibilidad afinada que ha educado a lo largo de su existencia, con la curiosidad insaciable de los arqueólogos o los cazadores de tesoros recónditos en el abismo del océano.

Habla como escribe, con el acento musical de sus perplejidades depuradas en la lectura que hace del universo con sus siete sentidos. Además de los cinco conocidos, el de la intuición de la belleza como la más alta fiebre a la que puede aspirar un ser humano, y el de la imaginación que suelta sus pájaros sedientos de luna. He leído casi todo lo que ha publicado en más de treinta años de febril escritura, acabo de leer toda su obra poética reunida, sus tres novelas y su obra ensayística, y pienso que es uno de los probables elegidos a un Premio Nobel de Literatura, después de García Márquez.

No es una exageración. Es el logro de una vida consagrada en plenitud al reino insondable y misterioso de la palabra en todas sus formas, incluidas, la más elusiva de ellas, el silencio con el que se erigieron las catedrales góticas y las sinfonías eternas al amanecer.

Fui una mañana a conversar con William Ospina, hospedado en una espléndida y restaurada casa colonial de la Calle de los Siete Infantes, y le pedí que se asomara a la puerta para esta foto mirando hacia el patio en donde había una piscina, y William me sorprendió cuando me dijo que miraría hacia el jardín, por supuesto no había ningún jardín, tal vez el jardín florecía en su propia mirada, que se deslizaba sobre el patio de la memoria. Así es este peregrino memorioso que ha viajado en los tiempos de la historia americana, para comprender los azares y los horrores de la humanidad.

Parar en seco
El mundo depredado, contaminado e invivible que habitamos hoy es como un potro incapaz de parar en seco, sobre las llanuras ardientes del Apocalipsis que creíamos tan lejano. Tal como lo sentenció Montaigne, la frase es aplicable al ser humano: “En nada se conoce tanto el brío de un potro como en la capacidad de parar en seco”, que sirve de epígrafe al libro de ensayos “Parar en seco”, de William Ospina.

El poeta nos lleva a las erupciones volcánicas de Islandia hasta Indonesia, a la desaparición de los hielos del Ártico, al continente de plástico del Pacífico, a la fragilidad alarmante de Siberia con la más grande reserva de metano del mundo, y nos revela un Apocalipsis inventado por los seres humanos, criaturas irresponsables que cada día requieren de mayor consumo de energía, extraviados eternamente en las pantallitas de los zombies ya deshumanizados, ensuciando todo lo que tocan y consumen.

El calentamiento global y la alteración de las estaciones, veranos en tiempos de invierno e inviernos en tiempos de verano, son hijas del comportamiento humano sobre el planeta. El calentamiento global es la fiebre planetaria, síntoma de una enfermedad, que afectará a las especies, y no al ser humano solamente, sino a la vida en general, precisa William. El ser humano no ha triunfado sobre el manejo de sus propias infecciones. Por el contrario, ha reforzado los microbios y las bacterias.“Somos un peligro para los gérmenes”.

“Hay en estos cinco siglos europeos, un contraste y un conflicto entre las dos maneras de mirar el mundo”, me dice. “Las miradas indígenas del continente que pertenecen a sociedades pre-cristianas europeas comparten, hasta La Patagonia, sus visiones animistas, su forma sagrada de relacionarse con la naturaleza. Todos ellos procuran no alterar en lo más mínimo el orden natural, en veinte mil años de ser habitado el continente.

Si nos devolvemos cinco siglos atrás, la sabana de Bogotá es una gran selva exuberante, y la antigua Colombia, un reino con 120 naciones indígenas. No hay evidencia de la depredación en aquellos tiempos. El proceso de depredación se origina con la Revolución Industrial. Lo que llamamos basura, lo no biodegradable, es un producto de hace dos siglos. Era imposible que se acumularan las basuras en el sitio de la naturaleza.

La misma naturaleza, con su alquimia maravillosa devolvía en vida los desechos. Pero nuestra relación industrial con la naturaleza, los desechos del plástico y el petróleo, la actitud de los gobiernos, los hábitos humanos y la relación con nosotros mismos, ha vuelto insostenible ese trato”. Las paradojas nos llevan al caos y a la destrucción: El consumo se convirtió en la religión de las cosas.

Vivimos la tiranía de las cosas. El ser humano gasta más energía de la que es capaz de producir su cuerpo. Eso que parece un triunfo de la civilización, es uno de nuestros mayores peligros, plantea William, quien cree que “la energía va a ser gratuita”, pero mientras eso ocurra estará sometida al negocio del combustible. Hoy 7 mil 500 millones de personas consumen 250 mil calorías cada una. Desde el neolítico, 500 millones de personas, consumían 2.500 calorías. Con energía solar se podría satisfacer todo eso. Se requiere voluntad política.

La soledad de hoy
Las nuevas tecnologías nos han despojado de habilidades ancestrales. Si nos sobreviene un ciber ataque, no podemos escribir. Ahora el que está ausente parece más importante que el que está frente a ti. San Juan De La Cruz decía que “la dolencia de amor se cura con la presencia y la figura”. William propone una gran desobediencia humana que nos lleve juntos otra vez a saber quién es el otro, sin consumir energías ni calorías.

Epílogo
La mirada poética de William Ospina (Padua, Tolima, 1954), le ha permitido descifrar e interpretar el mundo en que vive, y crear una obra personal que se expresa en tres géneros distintos pero comunes: la poesía, la novela y el ensayo. En todos ellos, fluye la poesía como una herramienta para pensar y vivificar la historia de América.

El poeta nos embruja con su música intemporal, nos revela su alfabeto prodigioso para encontrar milagros en las piedras y en los bosques, y en el esquivo corazón de los hombres.

El jardín flota bajo la luz, más allá de su mirada. En el tiempo.
 

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