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Yorsy vino a cumplir sus sueños

Por Javier Francisco Hernández
El Universal

Los rayos dorados de las cuatro de la tarde recorren la pared de tablas: algunas desnudas, otras pintadas de un verde vivo como la camiseta de Yorsy Pérez Quiroz. Ella está sentada en una silla a la sombra de su pórtico, contándome con una sonrisa tan destellante como el sol, sobre el mejor recuerdo que tiene de su infancia: “Mis abuelos se fueron para Sincelejo y me trajeron un plato, un vaso y una cuchara”, dice.

“Eran solamente para mí, no tenía que compartirlos con nadie”. Un gallo canta y un muchacho pasa cargando una carretilla llena de arena, cuya llanta brinca entre las virutas de tejas, cemento y baldosas que cubren la calle destapada. Yorsy me cuenta de su niñez a mediados de los ochenta en los potreros de San Onofre, “No me puedo quejar, fue una niñez hermosa. Cuando uno vive en el campo tiene espacios para jugar, para practicar deporte. Uno tiene muchos amigos”, dice.

“Sobre todo que allá uno no tiene que pensar en muchas cosas que acá en la ciudad se dificultan. Si quieres una guayaba, vas al palo y simplemente la agarras. Una niñez que muchos desearían”, reflexiona ella. “No tuvimos lujos, pero éramos felices”.

Al poco tiempo de haber acabado su niñez, cuando Yorsy tenía trece años, la separación de sus padres la sumiría en una profunda depresión: “Había mucha violencia intrafamiliar. Lo mejor en ese momento era una separación”. En ese instante una nube tapa el sol, ya el gallo ha dejado de cantar. “Después de la separación, mi mamá se vino a trabajar a Cartagena y mi papá se fue a Arauca. A nosotros nos dejaron con mi abuela y mi abuelo. Ellos tomaron el rol de padre y de madre”. De repente vuelve a sonreír y me dice: “Mi abuela es de esas personas especiales. Ella nunca tiene algo negativo para decir, siempre tiene algo positivo ante cualquier circunstancia”.

A los dieciocho años de Yorsy, ella y su familia se tendrían que ir de San Onofre a Cartagena. Las Autodefensas se habían tomado su corregimiento, llamado El Chicho. “Solamente podías estar afuera hasta las seis de la tarde. Tenías que encerrarte, no podías ver televisión después de las ocho”, recuerda. “ ‘Apague y acuéstese a dormir’, me decían’. Los paramilitares mataron a muchas personas de los corregimientos cercanos a El Chicho.

“Después que nosotros salimos, ellos se apropiaron de nuestra casa y duraron un largo tiempo allí”.

En Cartagena Yorsy comenzaría una nueva vida: se casaría, tendría tres hijos y, junto a su esposo, construiría la casa sobre lo que en ese momento era sólo agua; ahora todo, incluyendo la calle, está rellenado con una mezcla de arena y escombros. El destino no tardaría en asestarle un golpe en el 2010, cuando su esposo, Walfram Menco, que era mototaxista y aportaba gran parte de los ingresos del hogar, murió en un accidente de tránsito.

“La muerte de mi esposo fue extremadamente traumática. Después de su muerte su familia me dio la espalda. Mi esposo tenía una amante que en esa época estaba embarazada y ellos se centraron más en la joven que había dejado embarazada y se olvidaron de los tres nietos que tenían acá”, recuerda ella. “Comentaron que el accidente de mi esposo había sido provocado y que yo había tenido que ver con él. Me la pasaba llorando, deprimida. En esa época yo trabajaba porque había estudiado innovación en el SENA y me dedicaba a hacer sandalias. Pero me enfermé y duré una semana hospitalizada con neumonía. Después de eso no pude ejercer más la profesión porque había desarrollado una alergia a los materiales del calzado”.

Sin embargo, su espíritu inquebrantable no dejaría de luchar: “Mi mamá y mis hermanos me apoyaron a mí y a mis hijos. Aprendí a perdonar las cosas que pasaron”. Yorsy empezaría a dar clases dirigidas a los niños de su comunidad: “A los que se les dificulta matemáticas o castellano”. Su sueño desde pequeña siempre había sido ser profesora. Feliz, me explica: “Yo a los niños los trato con amor. Por eso algunos apenas llegan del colegio, quieren venirse a mi casa. A veces no esperan ni para almorzar”.

Yorsy cumplió su sueño, al fin y al cabo, “No lo estudié, he podido ejercerlo sin tener el título”. Se le escapa una sonrisa, aunque esta no es como las otras, por un segundo me parece ver a la niña de San Onofre mientras me habla. “La clave está en buscar la forma de conseguir los sueños y no darse por vencido sin luchar”. “Lo único malo es el pago”, dice riendo, “pagan mil quinientos pesos por la clase”. Me explica que “no solo es construir una clase de matemáticas o castellano sino también crear valores”. Ella le hace repetir a los niños cada vez que los ve decaídos, “Yo soy importante, yo soy una persona especial y valiosa. Yo puedo salir adelante”. Los niños terminan motivados, me afirma Yorsy.

Sin embargo a ella no le toca fácil, lucha diariamente entre los servicios y la manutención de sus hijos, rebuscándose para que ellos tengan las tres comidas. Me cuenta que “hay viviendas en esta comunidad que si desayunan, no almuerzan. Hay veces que tienen una comida al día”.

Desde el 23 de abril de 1978, día en que nació, Yorsy no ha dejado de soñar: “Este año me propuse crear un proyecto que se llama ‘Reconstruyendo sueños’. Me he dado cuenta que los niños y jóvenes de esta comunidad tienen muchos sueños”. Me cuenta que a ella la visitan cinco jóvenes que se graduaron de bachillerato, todos con distintos sueños. “Lo que pasa es que no hay la capacidad económica en sus hogares para que ellos vayan a la universidad”. No deja de sonreír mientras me cuenta los detalles de su proyecto, es como si los músculos de su cara no conocieran otra posición. El proyecto consistiría en enseñar a los jóvenes a solucionar conflictos a través del diálogo; también, encontrar qué es lo que realmente quieren para su futuro y luego buscar la forma de que alguien se lo financie, siempre acompañándolos para que no se sientan solos en el proceso.

Miro las casas vecinas antes de irme, se parecen mucho a la de ella: hechas de madera, a medio pintar, algunas tienen techos oxidados que llorarán lágrimas marrones cuando llueva. Mientras me alejo, los escombros de techos, pisos y paredes que alguien alguna vez soñó, traquean bajo mis zapatos. Ahora yo sonrío. Sé que Zarabanda tiene a una niña de San Onofre que no se rendirá. No desfallecerá en reconstruir los sueños de todos aquellos que se atrevan, como ella, a decir: “No hay nada imposible”.



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