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Yulay limpia vidrios de esperanza

Desde las cuatro de la tarde en la barriada de Valencia, en el Estado de Carabobo, todo el mundo se recoge y se mete en la soledad de sus casas. A nadie se le ocurre salir de casa. El que tiene para comprar algo no encuentra lo que quiere comprar. El pueblo está desabastecido. La nación encara el mayor colapso económico, social y político de su historia. ¿Qué pasó en ese país donde en 1936 se recibía un millón de dólares diarios en regalías petroleras?

“Ya no puedo ver televisión y leer semejantes noticias de mi país, porque se me derrumba la esperanza”, dice Yulay García Fernández, una odontóloga venezolana de 26 años, que sobrevive en Cartagena, limpiando vidrios día y noche en el semáforo frente al Castillo de San Felipe. “Creo que todo cambiará cuando mejore el corazón de los míos y, al final, comprendamos que nos estamos matando de hambre entre hermanos. También el guardia nacional, como su perseguido, tiene hambre”.

Yulay García Fernández nació el 15 de diciembre de 1990, en  Caracas. Es la mayor de tres hermanas, hijas del albañil Dionisiano García, de 67 años, y Adela Fernández, ama de casa de 60 años. Es odontóloga graduada en la Universidad de Carabobo en 2011 y llegó con un morral rompiendo trochas desde Venezuela a Cartagena en febrero de 2017, sin una moneda en el bolsillo.  Durmió tres días en la Terminal de Transporte de Cartagena, sin conocer a nadie, sin saber qué hacer y dónde ir, y al final, se ofreció como auxiliar de cocina, vendió su celular y lo invirtió en frutas que vendía en vasitos callejeros en los semáforos, se fue a trabajar en el mercado de Bazurto, con lo poco que ganó compró una bicicleta en la que recorre la ciudad desde la madrugada, y desde hace meses, está desde temprano en el semáforo frente al Castillo de San Felipe, limpiando el vidrio empañado de la esperanza.

“Mi infancia transcurrió en ese barrio donde ahora nadie se atreve a salir después de las cuatro de la tarde. Mi hija Alanys, de 6 años, me dice que cuándo regresaré para estar con ella, pero tiene miedo de que me pase algo malo al regreso. Cuando era niña jugaba a sacarle los dientes a mis muñecas. Es increíble pero ese fue el comienzo de mi vocación de odontóloga. Antes de estudiar en la universidad, ayudé a mis padres trabajando como ayudante de cocina y en casa de familia. Me hace falta mi familia y el paisaje de mi barrio. Trabajé en un consultorio como odontóloga hasta que me descubrieron un cáncer de mama, que superé en 2015. No hay señales de ese cáncer. Por eso llegué a la ciudad con  ese turbante en la cabeza, desafiando las últimas quimioterapias. En los Cuatro Vientos vendí vasitos de ensalada de frutas: papaya, sandía, banano.

Conocí a la gente de la Terminal y del mercado de Bazurto, y lo que he encontrado en Cartagena, es solidaridad humana. Allí, en el semáforo donde estamos cinco venezolanos, todo el mundo nos colabora. Los turistas que van en las chivas nos lanzan monedas y billetes. Una noche se bajó un polaco y se hizo fotos con nosotros. No hemos sido rechazados. Solo recuerdo a alguien que al bajar el vidrio nos insultó para decir que ‘estaba harta de las venezolanas prostituidas en Cartagena y de los venezolanos rebuscándose’, y yo le dije que  era triste la realidad de las prostituidas, pero no se puede generalizar.

Hay otras formas de trabajar sin que se lesione la dignidad y los valores que nos transmitieron nuestros padres. Preferimos ganar lo poco y digno del semáforo a prostituirnos en la Torre del Reloj. La gente nos respeta aquí. Nadie ha venido con propuestas indecentes. Y si eso ocurre, le meteré el limpia vidrios por la boca. Ese no es el camino, le dijimos a una chica que conocimos que decidió prostituírse. La mitad de lo que ganamos en el semáforo lo enviamos a nuestra familia, desde Brasilia de Maicao hasta Venezuela. Cada día reuninos cuarenta mil pesos en monedas, o algo más en los mejores momentos. Lo que ganamos lo dividimos en la comida del día, el pago de la habitación y el envío a la familia. Le debo la hospitalidad inmensa al señor Rogelio López, donde vivo ahora.  Los compañeros que trabajan conmigo son jóvenes también, como Rubén Suárez, Keiber, Jesús y Saray, que es la más jovencita. Tiene 18 años.

¿Quién salvará al país?
“Si no es la justicia divina, quién podrá ser”, se pregunta ella al mirar la situación de Venezuela. El cambio tiene que empezar desde adentro del corazón de todos los venezolanos. El país está desabastecido. No hay seguridad social. No hay medicamentos en los hospitales. Hay que empezar por valorar al ser humano venezolano. Los niños son los que más pasan hambre. Ya no hay ricos allá. Todo el mundo es pobre.

Es triste y doloroso todo lo que le ocurre a Venezuela. Me baja todo y me desarma escuchar las noticias de mi país. Por asuntos de salud no puedo ver esas noticias. Tengo gratitud para Colombia por abrirnos las puertas. La calle no es fácil para nadie, porque no es un ingreso seguro. Mi sueño es reencontrarme con mi familia y continuar con mi odontología. El único miedo es morirme lejos de mi familia.

Mis heroínas son todas aquellas mujeres que salen a trabajar y no les importa el estrato, y luchan por su familia.

Epílogo
Tiene un pequeño tatuaje de unas flores de colores que le costó una cueriza de su padre. En los brazos tiene huellas del roce con los golpes inesperados con el parabrisas y los vehículos. Se sintió lastimada de alma cuando conoció a alguien que al verla trabajando en el semáforo, no volvió a dirigirle la palabra. Bajo el sol de los días y las lunas del desarraigo, forma el pequeño tesoro que le devuelve la fe a los suyos.

“Creo que ha valido la pena”, dice con los ojos lluviosos. “Ha valido la pena si puedo volverme a reencontrar con mi familia. Escuchar otra vez la salsa que me gusta y me encanta bailar. Abrazar a mi pequeña niña que se desmayó una mañana en la escuela, víctima de la escasez en mi país. Ha valido la pena si puedo volver”.

En su pequeño morral suena un cascabel de monedas. “Hay como diez mil pesos”. Está empezando el día. 

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Comentarios

EXCELENTE EJEMPLO

Excelente ejemplo para los millones de colombianos profesionales desempleados. La idea de los dueños de Colombia parece decir que pueden comenzar a limpiar vidrios para competir con los venezolanos, lo mismo que pueden hacer de ayudantes de construcciones de obras, limpiar calles, rellenar huecos, etc. lo importante es no dejarse vencer por la fantasía de emplearte si estudias en una universidad.

PROPAGANDA BARATA

La campaña por la recuperación del poder por parte de los golpistas venecos, tiene mas fuerza en Colombia que en la misma Venezuela. ¿porque no se regresan a Colombia los 6.500.000 de colombianos residentes en el hermano país?. fácil, porque la revolución los pensiono casi a todos, les dio casas con todo los juguetes para vivir, la universidad es gratis. Los traquetos paras respiran por la herida

publicidad barata

manuela buen comentario, digo lo mismo, veo que estan llegando varios colombianos aqui a colombia pero se devuelven para venezuela no entiendo

Son ciento de miles los

Son ciento de miles los colombianos que han regresado...porque estan pasando fisica hambre en venezuela, y son cientos los Venezolanos que como el caso que ilustra la crónica viven hoy de la solidaridad, del subempleo o del rebusque en Colombia. Negarlo es negar la realidad, tal como hacen los locos.

Pero también es cierto que

Pero también es cierto que algunos comienzan a devolverse a Venezuela porque vienen ilusionados con la Colombia de una década atrás y se decepcionan; un pais que aún con sus problemas de guerrilla, terrorismo y narcotrafico era fuerte económicamente, hoy este proceso nos tiene financieramente casi tan postrados como Venezuela, de seguir asi, dentro de poco no habrá ninguna diferencia.