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Zapata Olivella vuelve a la semilla

Manuel Zapata Olivella llegó a la ciudad, siendo muy niño, en una de las lanchas que surcaban diariamente las aguas del río Sinú hasta el muelle de los Pegasos en Cartagena de Indias. Una de las primeras impresiones del niño fue ver en el mercado público de la ciudad inaugurado en 1904, cerca a un costado del Arsenal y muy cerca del muelle, a los gaiteros que tocaban una música de nostalgia montuna, recostados en el arrume de sacos de ñame y yuca.

Venía de Lorica, su puerto natal, en donde nació el 17 marzo de 1920. De la mano de su padre Antonio María Zapata, que era un pedagogo iluminado y librepensador, conoció la historia del mundo. El viejo Zapata había escrito una semblanza de los veteranos de la guerra de los Mil Días, en cuya portada aparecía un legendario guerrero de liquiliqui con bigotes “chamuscados de pólvora”, recuerda García Márquez, cuando recibió aquel pequeño libro, dieciocho años antes de empezar a escribir Cien años de soledad. Lo único que se impuso en su memoria fue el apellido Buendía, del veterano de guerra y su estampa que sirvió de referencia para su coronel Aureliano Buendía. Zapata Olivella no solo trajo al joven García Márquez a trabajar en El Universal, sino que fue quien le presentó a su primer maestro de periodismo, Clemente Manuel Zabala. Zapata era columnista del recién inaugurado periódico, había publicado en 1947 su primera novela “Tierra mojada”, sobre los conflictos de los sembradores de arroz con los terratenientes en el Sinú. Venía de un largo peregrinaje a pie desde 1943 a 1947 por las regiones recónditas del país y de centroamericana hasta culminar en Nueva York, en donde hizo lo inimaginable para sobrevivir: fue desde vendedor de periódicos hasta boxeador.

Zapata era el biznieto de Clotilde, la negra cartagenera marcada con una carimba ardiente, cuando ya se había declarado el final de la esclavitud, y aún persistía como una práctica abominable en ciertas élites. Es Zapata Olivella, como médico rural en La Paz, César, quien le muestra a García Márquez el mundo de los juglares y el sendero de Francisco El Hombre. Y el universo africano en Cartagena. Había escrito en Cromos en 1948 una crónica sobre Palenque y la figura de Benkos Bioho. Fue a su vez, el hombre que puso en contacto a García Márquez con la música popular y folclórica, y se lo lleva a Rusia en un Festival Mundial de la Juventud, en una delegación musical en la que falla el tamborero y el escritor asume el relevo, como aprendiz de tamborero. Lo que sigue es una vida intensa y deslumbrante que se extiende con una obra compleja y hermosa como novelista y ensayista, y como impulsor de la danza y la música ancestral, junto a sus hermanos Juan y Delia Zapata Olivella. Es Manuel el artífice de la llegada de la música del Valle de Upar y los Gaiteros de San Jacinto, a Bogotá, y el impulsor de la gira de los gaiteros por los cinco continetes.

El escritor
Zapata Olivella dirigió en una década, entre 1960 a 1970, la revista “Letras Nacionales”, en la que impulsó a los nuevos talentos narrativos de todo el país: a Roberto Burgos Cantor le publicó su primer cuento en 1968. Lo mismo a Óscar Collazos.

Tardó más de veinte años en un viaje de búsqueda de orígenes hasta llegar a una cueva africana y desnudarse para conversar con los espíritus de sus ancestros. El poeta Leopold Sedar Senghor, lo guió en África para aquella misión. Era lo que le faltaba para dar con el tono final de su grandiosa novela “Changó, el gran putas”, que es la epopeya de los africanos en América.

Sus novelas recrean el mundo opresivo de las discriminaciones sociales y raciales, el conflicto de tierras, el desarraigo de los africanos en América, el surgimiento de una estética y una filosofía heredadas de la cultura africana.

Su obra literaria ganó innumerables premios en el país y el exterior: Su cuento “El galeón sumergido” ganó premio en la Extensión Cultural de Bolívar en 1962; su novela “Detrás del rostro”, Premio Esso, 1962; “Chambacú, corral de negros”, Premio Casa de las Américas, 1963; “En Chimá nace un santo”, segundo premio Esso, 1961 y primera mención Seix-Barral en Barcelona, 1962. Su novela “Hemingway, el cazador de la muerte” (1993), es la visión moderna del cazador como depredador de sí mismo: quien dispara contra un animal termina atentando contra su propia vida.

El cronista
Muchas de las crónicas escritas por Zapata Olivella en la década del cuarenta y cincuenta, reconstruyen momentos de la vida cultural del Caribe y el país. La llegada a Bogotá, de la Orquesta del Caribe, dirigida por Lucho Bermúdez. La presencia de los peloteros victoriosos de Cartagena, en Bogotá (1947). Las crónica de un viaje por el Magdalena Grande, en compañía de Nereo López.

El pensador
Zapata Olivella escribió varios libros de ensayos sobre “Tradición oral y conducta en Córdoba” (1972),“El hombre colombiano” (1974), “Identidad del negro en América Latina” (1977), “El folclor de los puertos colombianos” (1974), “La rebelión de los genes” (1997),“Las claves mágicas de América” (1988), entre otros.
Escribió sus autobiografías “He visto la noche” (1982), y “Levántate, mulato” (1990).

El gestor cultural
No solo se conformó con ser el gran novelista y ensayista, sino que además iba con Delia y aportaba ideas a la coreografía de los bailes ancestrales. En uno de los videos recuperados en el documental “Abridor de caminos”, aparece Zapata Olivella bailando una cumbia y girando frente a los bailadores, en una señal de afirmación de un instante supremo en la danza.

Un homenaje a África
Zapata Olivella soñaba con erigir en Chambacú un enorme monumento a los ancestros, que fuera un itinerario de llegada, resistencia y libertad de los africanos en Cartagena, adelantándose a las propuestas que surgirían después. Su hermano Juan soñaba con un museo afroamericano, que no logró concluir, pero dejó muchas de sus obras atesoradas en el Museo de la Cultura Afrocaribe en el Santuario de San Pedro Claver. Hay tallas en madera, esculturas en bronce, pinturas de Haití, Jamaica, Barbados, entre otras.

Una plaza para evocar
El Instituto de Patrimonio y Cultura de Cartagena logró en esta semana de celebración de la afrocolombianidad en 2017, hacer visible el nombre de la familia Zapata Olivella en la plaza pequeña que está frente a los desaparecidos Teatros Capitol. Hay el deseo de que una de las estaciones de Transcaribe se llame Manuel Zapata Olivella. Que se reedite su novela “Chambacú, corral de negros”. Que Zapata Olivella nos lleva de su mano, al reino de África.
Cartagena, a través del IPCC, el Ministerio de Cultura y el Museo Histórico, iniciaron el primer y gran homenaje al legado de Manuel Zapata Olivella. Hay una plaza en su honor.



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Comentarios

NO SABIA QUE DESDE LORICA ZARPABAN EMBARCACIONES

COMO SERIAN ESOS BUQUES EN ESE TIEMPO.

Santa Cruz de Lorica

Santa Cruz de Lorica lamentablemente va para atrás como otras ciudades intermedias del caribe colombiano que fueron grandes en su tiempo por ingenios azucareros; zarpaban muchísimos hidroaviones , gran parte de la riqueza en sectores industriales y de comercio la produjeron los inmigrantes árabes a principios del S. XX.

Iván si estás leyendo esto

Iván si estás leyendo esto procura preservar el legado familiar, ponte a escribir; no afirmes el viejo refrán: Padre comerciante, hijo caballero, nieto pordiosero. jajaj