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Dejarlo todo por amor

Llegué a Bogotá en un tiempo en que solo se sabía de este país que estallaban bombas en cada esquina. Una época en la que la gente pensaba que venir de paseo era un suicidio. Por eso, cuando le decía a todo el mundo que iba a hacer mis prácticas acá, me decían cosas como: ‘no vayas, ese es el peor lugar en el mundo’.

Sin embargo, estaba decidido a hacerlo. Mi profesor de español en la universidad era colombiano, así que con sus referencias, y sin escuchar a nadie más, tomé un avión. Llegué a quedarme en el centro de Bogotá, y sinceramente, quería devolverme a Francia desde el primer día. Lejos estaba de imaginar que sería el lugar donde me enamoraría perdidamente y formaría lo más ‘sobrenatural’ que una persona puede tener: una familia.

Se iban a cumplir seis meses de prácticas en una agencia de viajes, donde la verdad, no hacía mayor cosa. Así que un día cualquiera me fui a la Alianza Colombo Francesa a un evento; nunca antes me había llamado la atención ese lugar, pero no tenía nada más qué hacer.

Un rato después de haber llegado vi a Adriana. Ella iba con una amiga, y sin mucho preámbulo, me le acerqué a pedirle el teléfono. Sinceramente, en ese momento lo único que quería era pasar un rato con ella (sí, como lo están pensando, ¡yo era todo lo que un papá no  quiere para su hija!). Pero hoy en día sé que lo que estaba por pasar era un designio de Dios, pues ella era la mujer que Él me había reservado.

Cuando por fin la llamé, me citó en un café que era muy popular por esos días. Cuando llegué, me quedé un poco impresionado: Adriana no solo estaba divina, además iba en compañía de 24 amigas, ¡sí 24! Así que tiempo después me enteré que fui el tema de conversación en cada ida al baño, donde evaluaban qué tan buen partido era, y por supuesto, también entendí que ella siempre iba a todo lado acompañada.

Para cuando había terminado las prácticas ya estaba perdidamente enamorado, pero tenía que volver a Francia a continuar con mi vida. De todas maneras, nos escribíamos una carta por día y me gastaba todo mi dinero en llamarla y hablar horas y horas.

Mientras tanto, estudiaba en el día y por la noche administraba algunos bares. Además, era mensajero de un banco de sangre, por lo que tenía que estar disponible en cualquier momento, así que dormía vestido y con las llaves de la moto casi que en la mano. Era un empleo muy bien remunerado siempre y cuando no tardara más de 15 minutos en llegar a las clínicas donde hacían los pedidos, pero si llegaba después de ese tiempo… no me pagaban.

Total, que en esos ‘ires y venires’ ahorraba buen dinero y pasaba dos meses en Colombia para estar con Adriana. Así pasó cinco veces durante tres años; claro que en ese tiempo ella también fue una vez a visitarme, aprovechando que un tío la había invitado. Al cabo de ese tiempo supe que no me interesaba estar con nadie más, así que le propuse matrimonio.

Nos casamos en Cartagena ante la mirada de 400 invitados -397 de ella y tres de mi parte, por supuesto-, hace ya 25 años. Luego de 12 años pensando que no podíamos tener hijos, tuvimos dos: un niño y una niña. Pero poco tiempo después me diagnosticaron cáncer de riñón y me dieron muy pocos meses de vida. Fue una época muy difícil.

Obviamente sobreviví y desde ese momento –hace unos diez años- vivo cada día como si fuera un milagro. ¿Por qué me salvé y he podido continuar viviendo este sueño que comenzó hace 25 años? Porque Dios hace las cosas a su manera, que es una forma sobrenatural.

Así que en conclusión, yo, un francés que vino de paso a este país, se casó con una costeña de ascendencia libanesa, tuvo unos hijos que son bogotanos y en el proceso encontró a un Dios que, estoy seguro, es colombiano. Porque sin duda alguna, esta es la tierra más privilegiada del mundo, y yo uno de los hombres más felices sobre ella.
 

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