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La generosidad nace… ¡y se hace!

Los regalos navideños de nuestros tiempos se parecen más a los componentes de un ranking de estatus y poder adquisitivo, que a los detalles encargados de materializar esos valores asociados a esta celebración, como la generosidad y la paz. Y aunque estaría muy bien poder sacar de la billetera una montaña de regalos cada vez que quisiéramos, cuando se pierden las proporciones frente a las expectativas que esas compras deberían colmar, encontramos que nuestros hijos -y hasta nosotros mismos- podemos estar perdiendo capacidad para verles el valor a las pequeñas cosas.

Aun así, la navidad apenas es uno de los tantos indicadores de que dichas expectativas han cambiado muchísimo en las últimas generaciones. Entre más ocupados y abstraídos estamos en nuestro propio mundo, pareciera más necesario llenar vacíos invisibles que aparecen con la ausencia del compartir cotidiano. Y gracias al poder adquisitivo que cada uno pueda tener, esa falta de solidaridad que obtenemos como resultado suele reafirmarse a través de lo que compramos.

De esta manera, cada vez se vuelve más familiar la idea de una sociedad desarticulada, compuesta por personas individualistas que no hacen nada por intereses distintos a los propios, y crecientemente infelices. Pero la verdad es que todo puede ser tan apocalíptico como lo queramos proyectar, puesto que finalmente el mundo es algo mucho más complejo que un solo concepto.

De hecho, la psicobiología ha planteado varias respuestas referentes a la conducta humana, dejando muy claro que las transformaciones y comportamientos genéticos moldeados por miles de décadas al compartir en sociedad, difícilmente pudieron ser arrancados de nuestro genoma en los últimos 40 años. Así que al lado de esa natural postura egoísta manifestada en los humanos, todavía convive un placer inherente alimentado al compartir.    

Diseñados para ‘brindar’

En los últimos años, varios investigadores se dieron a la tarea de descifrar qué mueve al ser humano a ayudar en situaciones difíciles, brindando apoyo y bienes materiales. Y las respuestas encontradas apuntan a lo mismo: para los adultos –sobre todo- cooperar es una reacción intuitiva, y por lo tanto, el primer impulso que los mueve. Y claro está que esta reacción nos procuró como especie, por lo menos hasta hoy, el éxito y la supervivencia.

Por eso, rasgos como la generosidad, han sido asociados a genes específicos y a producciones hormonales que incrementan la sensación de bienestar cuando ‘le echamos una mano’ a alguien. De hecho, algunos estudios determinaron que cuando hay más actividad en el núcleo accumbens –una zona relacionada con la recompensa y el placer- se incrementan nuestras ansias de cooperar.

De acuerdo con una investigación publicada el año pasado en la revista inglesa Nature, esta característica sería innata a nosotros, por lo menos en situaciones en las que contamos con poco tiempo para tomar decisiones. Porque, al parecer, cuando nos tomamos un momento para pensar, la mayoría de nosotros se muestra más egoísta.

De todas maneras, parece ser un hecho que la oxitocina, hormona asociada al placer sexual y al cuidado de los hijos, también nos predispondría a ‘dar’, en un porcentaje cercano al 80 por ciento.

Todo lo anterior adquiere sentido si queremos pensar que tal vez también nacemos diseñados para brindar –como lo hacemos para amar-, pero de nosotros dependerá qué tanto explotamos esa capacidad o con cuánta maestría la perdamos en el camino.

Vínculos más felices

Y así como lo vemos en un nivel meramente biológico, podríamos evidenciarlo también en el funcionamiento de los hogares. Hay varios factores que se la ponen realmente difícil a los vínculos afectivos, y la mayoría de ellos provienen del evidente individualismo que mueve, en algunos casos, a las parejas.

Al parecer, además del amor, el bienestar económico y la comunicación, la generosidad sería uno de los medios más exitosos para mantener la estabilidad en una relación. Lejos de lo que pensamos ver a primera vista, son los pequeños rituales de cada día lo que nos alimenta y nos hace sentir amados. Así que no resulta descabellado que sean lo suficientemente poderosos como para fortalecer y hacer feliz una unión.

Detrás de esos aportes que a menudo hacemos cuando compartimos un proyecto de vida, está la generosidad. Esa capacidad de mostrar un interés sincero por las personas que nos rodean, a quienes podemos ayudar y aportar. Y tal vez lo anterior no sea posible si no estamos dispuestos a entregar el suficiente tiempo para poder compartir actividades  y gustos.

“El desarrollo de la generosidad tiene mucho que ver con la relación que sostengan los padres con los hijos. Cuando los primeros están dispuestos a compartir su tiempo con amor, a darle un trato respetuoso a lo que les pasa, a mostrar una actitud amable hacia las personas que rodean la vida familiar, entonces potencian estos valores, y podremos lograr que los niños aprendan a dar y recibir de una manera noble.

De esta manera, los hijos conocerán la enorme satisfacción que da ofrecer sin estar esperando una retribución. Sentirse realizados por poder aportar algo de lo que son, de lo que saben o hacen a personas que lo necesitan –o no lo esperan-. Creo que quien se siente seguro y orgulloso de sí mismo, agradecido con lo que la vida le ha dado y que ha sabido proyectarlo, está en mayor capacidad de sentirse generoso”, afirma la sicóloga especialista en familia, Ana María Fonnegra.

Superar el egoísmo es una tarea que nos ha tocado a todos en la vida, pero incluso aprender a ser generosos con nosotros mismos es una actividad muy importante. La autoexigencia, sin duda será un buen motor de desarrollo para muchas metas profesionales, pero cuando hablamos de logros emocionales, la tendencia suele ser “exigirle” al otro. Y tal vez esto no pasaría si pudiéramos estar a gusto con mucho menos.

Los hijos, excelentes espejos

Algunas teorías advierten que lo que criticamos en otros, es probablemente el reflejo de lo que no soportamos de nosotros mismos. Y al ver algunos padres quejarse de las tendencias ególatras y poco ‘bondadosas’ de sus hijos, la situación muestra una gran verdad; el comportamiento de los últimos es un buen reflejo de lo que hacen los primeros.

Para la doctora Fonnegra, el ejemplo que damos como padres en este y otros aspectos es buena parte del trabajo que afrontamos al tratar de enseñarles a apreciar lo que reciben y conectarlo con los propios deberes y responsabilidades que tienen como parte de una sociedad. Es normal, por ejemplo, que personas que sufrieron de un autoritarismo extremo en sus hogares, más tarde se alejen tanto como puedan de ese modelo, cayendo sin quererlo en el otro extremo: un consentimiento total.

Librar a los niños de todas las responsabilidades, y con ello de la propia libertad, es una de las mejores formas de evaporar de su vista la posibilidad de que sean generosos. Si están ausentes de todos los trabajos de la vida cotidiana, ¿cómo van a poder apreciar la infinita fuente de amor que presiden los cuidados paternos (y de los otros)?

Por ello es necesario, ante todo, replantear el modus operandi. ¿Qué tan satisfecho se siente con la vida que tiene? ¿Cuál es la disposición de trascender sus propias necesidades para pensar en grupo? Madurar, en parte es alejarse de esa sensación de que ‘todo lo merecemos’, y como afirma la especialista, entrar en un equilibrio que nos permita centrar nuestros intereses, pero teniendo en cuenta las necesidades de quienes nos rodean, entendiendo que la felicidad también depende de la forma como nos relacionamos.

Se puede aprender

Es normal que los niños manifiesten su nivel de exigencia a través de los regalos, y que ya no se contenten tan fácilmente como lo hacíamos nosotros. Pero este hecho no está aislado de la dinámica con que se relaciona la familia.

Y por eso, precisamente, situaciones tan sencillas como hornear galletas navideñas será de utilidad para enseñarles a sus hijos a valorar más los momentos compartidos que los regalos abiertos.

“Los padres deben permitir que sus hijos participen en las actividades básicas del hogar y darles pequeñas responsabilidades. Por ejemplo, ayudar en la preparación de la comida. Esas rutinas hacen parte de convivir en comunidad y de entender las necesidades de los otros. Creo que hay que tener una clara intención al hablar con los hijos y explicarles por qué es importante ser generoso”, explica la doctora Ana María Fonnegra, sicóloga especialista en familia.

Cuando se les participa, los niños automáticamente sienten la retribución de sentirse apoyados por lo que hacen. Deles las gracias cuando colaboran, dígales que se siente orgullosa de ver cómo ayudan a sus hermanos. Es importante que así aprendan a valorar los beneficios que reciben”, asegura la especialista.

Si podemos enseñarles que ninguna de sus posesiones les pertenece completamente, lograremos que puedan regalarlas, además de cuidarlas, pues no se acostumbrarán a dañarlas o abandonarlas.

Los padres tampoco pueden ser egoístas con su tiempo libre. ¿Cómo exigirle generosidad y entrega a alguien para quien casi  nunca estamos disponibles? Cuando estamos en la disposición de descansar con ellos, ayudarlos con las tareas o simplemente jugar, la dinámica del ‘dar  y recibir’ deja de ser una imposición.

Para ello es mejor dejar a un lado celulares y tabletas, estar todo el tiempo conectado a estas les hará pensar a sus hijos que tienen más valor esas posesiones, y no será raro que en un futuro ellos también las prefiera sobre usted.

Navidad es una excelente época para recomenzar y si cree que  su actitud no ha sido la más incentivadora, está a las puertas de un nuevo año, el momento perfecto para redireccionar el camino acompañado de los suyos.

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