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La ruta de los padres amorosos

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“Quería ser músico, pero en mi casa hubo tanta conmoción que estudié Derecho”. “Yo soñaba con bailar en una compañía de ballet, pero acá en Colombia eso no tiene futuro”. “Me hubiera encantado ser diseñador de interiores, pero mi padre necesitaba un administrador que lo apoyara en la empresa”.

Escuchamos a diario tantas historias similares, que terminamos considerándolas como una situación normal, o por lo menos, sintiendo que hacer lo que otros quieren es un asunto natural a fuerza de costumbre. Sin embargo, todos somos diferentes y generalmente, detrás de tantos sueños frustrados producto de una vocación sin luz verde para salir al mundo, se entreteje una complicada red de inseguridades, baja autoestima y rabia.

Lo curioso, es que estamos en un momento de la historia en el que, como padres, nos negamos a repetir errores que identificamos cuando éramos hijos. Y eso, sin darnos cuenta muchas veces, nos lleva a cometer otros errores no menos fatales: complacer a los hijos en todo y permitir que los límites se esfumen, buscando no perder popularidad con ellos.

Si bien nuestro tema hoy es otro, lo anterior nos da mayor conciencia sobre lo complicado que es mantener un equilibrio a la hora de educarlos.  Nadie dice que es fácil, o que le enseñaron en algún taller a hacer lo correcto como padre o madre; pero dadas las problemáticas de depresión, consumo de drogas y otros extremos que estamos presenciando, es imprescindible analizar qué estamos haciendo para que estos problemas no se instalen en casa.

EL PERFIL DEL PADRE CONTROLADOR
A lo mejor a muchos les pasa que ni siquiera son conscientes de lo incisivos que son a la hora de controlar la vida de los demás. Y suelen escudarse en el amor y el deseo de protección a su familia, mientras erradican cualquier posibilidad de que en su hogar rija un modelo democrático.

Toman las decisiones y determinan el modo de hacer todo, pero nunca están satisfechos con la forma como responden los demás, una actitud capaz de crear un ambiente de frustración permanente. En estos casos, lo primero sería plantearse, ¿cuál es la necesidad de tener expectativas tan altas? ¿Acaso la educación de sus propios padres –la misma que tantas veces juraron no repetir- pesa tanto, como para no tener en cuenta el sentir de los hijos?

“Hay familias que creen que esto es lo correcto, y son absolutamente exigentes en todo: los horarios para levantarse, las tareas, los deportes, hasta en los tiempos de ocio. En ellas existe un deseo de perfección que deja ver personalidades controladoras, estrictas y demandantes, que quieren que todo funcione bajo su propio criterio - afirma la experimentada sicóloga Ana María Fonnegra-. Además, en el estilo de vida actual hay poco tiempo para compartir, así que muchos padres tratan de compensar con autoritarismo las carencias en cantidad y calidad de tiempo, cuando lo mejor sería generar espacios para el diálogo y la comunicación”.

UNA CAUSA DE DEPENDENCIA
Ya explicamos el perfil (por si acaso usted no estaba seguro de ser o no un padre/madre controlador). Ahora es muy importante que sepa cuáles pueden ser los efectos de dirigir todo en la vida de los niños.

Como saben los que han tenido hijos pequeños, los niños se esfuerzan al máximo para agradarnos y seguir las instrucciones que les damos lo mejor que pueden. Pero con el tiempo esto va cambiando y tanta exigencia puede producir efectos negativos. Por ejemplo, es muy común encontrar en este tipo de hogares niños poco espontáneos, pasivos, que no logran encajar con los objetivos.

Niños y adolescentes que siempre esperan instrucciones porque sienten que sus decisiones nunca son lo suficientemente buenas, y que por lo mismo, generan una dependencia particular con los adultos –y luego con cualquier persona con quien tengan un lazo-.

Generalmente, ellos aprenden que el control está afuera, en los demás; así que ni siquiera se esfuerzan por tratar de encontrarlo dentro de ellos. Por lo mismo, se acostumbran a pensar que nunca alcanzarán las expectativas impuestas por sus padres, y es entonces cuando estados de ánimo asociados a la frustración y el mal humor se vuelven comunes. 

“No se sienten valiosos desde adentro. De hecho, se vuelven agresivos con ellos mismos y con otras personas. Además, manejan altas dosis de ansiedad, lo cual hace que cualquier cambio de situación o nueva relación los angustie mucho. Sin embargo, así como se acostumbran a que no pueden alcanzar metas, tampoco reconocen sus propios errores… y aquí salta un tema central en esta problemática: la baja autoestima.

Los niños a los que les falta reconocimiento –continúa la doctora Fonnegra-, no son autónomos y terminan teniendo una mala imagen de sí mismos. Los papás, por lo general, no gratifican sus esfuerzos y se quedan viendo lo que no alcanzaron, lo que les faltó, alimentando esa sensación de los pequeños de que no sirven para nada y exponiéndolos, en casos extremos, a problemáticas de depresión, consumo de drogas y hasta suicidio”.

CÓMO RETOMAR EL CAMINO
- Primer paso, darse cuenta de que algo no funciona bien. Y en este proceso es clave que intervengan el colegio y los profesores, para identificar qué está pasando. En muchas ocasiones, es  a través de las escuelas de padres donde se identifican estos comportamientos. Por eso es vital mantenerse en contacto con el colegio y con otros padres de familia.

- Una vez identificado el problema, hay muchas estrategias para atacarlo. Una recomendada por los sicólogos es llevar un diario, tanto por los padres como por los hijos, donde serán evidentes las actitudes y decisiones que inciden de manera negativa en la relación.

- Intente, aunque sea por un periodo de prueba, bajarle a la exigencia mientras la reemplaza por comprensión y diálogo. Muchas personas se sorprenden de los resultados inmediatos que obtienen: los niños se sienten más relajados y responden positivamente a los espacios de comunicación. El mejor momento para conocer lo que en realidad son nuestros hijos.

- No importa cuántas ganas tenga de que su hijo sea bilingüe y un hábil empresario desde el jardín infantil. Debe ser consciente de que es más importante promover un equilibrio entre sus partes física, mental y cognoscitiva; que los niños son eso, niños, y también necesitan momentos para jugar y disfrutar –ojalá en familia- de espacios recreativos que los libere de tanta tensión.

- Muy importante esto: no se vaya al extremo. La crianza debe darse con tranquilidad en un terreno neutral, porque tampoco se trata de no establecer límites. Somos sus padres y no sus amigos; por eso siempre necesitarán de nuestra guía. Pero para ser efectivos en eso, debemos exigirles de acuerdo con la etapa que atraviesen y su nivel de madurez.

- Para terminar, nunca deje de promover una comunicación abierta. Es la única manera de saber cómo son nuestros hijos, qué quieren y cómo se proyectan hacia el futuro. Como padres, nuestra misión no es otra que guiar, y para hacerlo bien, debemos saber a ciencia cierta a quiénes estamos guiando.

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Asesoría: Doctora Ana María Fonnegra, sicóloga con amplia experiencia en problemáticas familiares. anamafonnegra@gmail.com

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