María Lucía Fernández cuenta su historia

17 de agosto de 2013 04:08 AM

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El set de Caracol que la recibe a diario está casi tan lleno de libros como su memoria. En ellos se refugia, se entrega y pasa las pocas horas libres dejadas por dos de sus ocupaciones: el periodismo y la maternidad. También es esposa hace 12 años, pero precisamente la literatura es uno de los puntos de encuentro con Ricardo Alarcón –su “futuro compañero de vejez”-, e incluso ahora aprovecharán las vacaciones en Londres para conseguir ediciones únicas y libros antiguos, buscando aumentar la  colección iniciada hace ya tiempo por él.
La música es otra necesidad en la vida de Malú, otra parte cotidiana ignorada por el telepronter leído a diario. De hecho, sus hijos son músicos. Y mientras la media de padres se siente como mártir en un calvario adolescente ambientado al son del rock y el metal, para ella es una delicia sentarse a escuchar canciones de Metallica con Juan y Lorenzo.
Su forma de hablar es potente, cantarina y portadora de ‘verdad’ –eso dicen los colombianos que le adjudican gran credibilidad-. Tal vez cantaría formidablemente si se lo hubiera propuesto, pero en cambio toca la guitarra acústica de vez en cuando.
Sin embargo, parece más probable ‘leerla’ que oírla cantar. Como lo decíamos antes es madre, y ha plantado árboles, así que para completar la famosa lista de propósitos, ansía pronto escribir su primer libro. También quisiera crear o dirigir una revista, pues la prensa escrita es el único medio que no ha explorado, y cree que su experiencia cubriendo distintas fuentes le ha formado un criterio ideal para ofrecer una buena publicación.
“No importa si la noticia es política o de entretenimiento, debe abordarse con la mayor seriedad posible y confirmar las fuentes, porque las dos son igualmente importantes. Eso me lo enseñó el mejor periodista de este país,  Yamid Amat”…; el mismo que la enviaba a eventos de todas las especialidades y calibres cuando trabajaron juntos en 7:30 Caracol.
De todas maneras, María Lucía tendrá que lidiar con la historia de siempre: conseguir tiempo aparentemente inexistente para emprender cualquier nuevo proyecto. Pero hasta el momento lo ha sorteado muy bien y a pesar de tener una agenda maratónica,  se las arregla para estar radiante y dispuesta tiempo completo.   

Las dos caras de la moneda
Ahora mismo es la imagen femenina más fuerte en la franja informativa del Canal Caracol. Y eso es un hecho confirmado por su participación en el noticiero de las 7 de la noche y por la libertad periodística que tiene al dirigir y planear Código Caracol, su propia sección de cápsulas políticas y culturales (emitida dentro del mismo informativo).
También ocupó el lugar dejado por Silvia Corzo en Séptimo Día, un programa de investigación periodística que le permite denunciar atropellos y visibilizar a muchas víctimas, una función social de la profesión que pone en práctica a diario.
Si algo conoce el país de ella, es precisamente su hoja de vida. Es claro que su primer set como presentadora fue el de Panorama –programa dirigido por Julio Sánchez Cristo- y que de allí pasó a los noticieros QAP, 7:30 Caracol, y en 1998, cuando se abrió el canal privado, a Noticias Caracol.
En total son más de 20 años de trayectoria profesional, tiempo suficiente para tropezarse varias veces en el camino y resolver una que otra encrucijada. Tiempo para vivir cíclicamente el dilema femenino tan propio de estos tiempos: encontrar la forma de ser una madre ejemplar y una profesional realizada.
Como las historias que nos cuenta, la suya está precedida por un ‘tras bambalinas’ conocido por pocos. Ha sorteado un camino lleno de retos tempranos, probablemente responsables de la madurez y seguridad que proyecta en el ahora. Su madre murió años antes que su padre (los dos, víctimas de cáncer), este último mientras ella cursaba Comunicación Social en la Universidad Javeriana, lo que se convirtió en factor influyente para tomar la decisión de modelar mientras terminaba la carrera.
Se casó muy joven, y dos años después de haber debutado en Panorama nació Juan, su primer hijo. Como es de imaginarse, la rutina no fue nada fácil; la televisión es un medio absorbente y ser tan inexperta en los dos temas la ponía constantemente en duras pruebas.
En un matrimonio no muy estable, concibió a su segundo hijo y solo un mes después de dar a luz, Malú se separó definitivamente de su pareja. No hubo tiempo para sufrir de más o para proyectarse en una dirección distinta a la que veía más cercana a su propósito: asumir con valentía y sin ánimos de victimizarse el reto de sacar adelante un hogar mientras sonreía todas las noches frente a la audiencia.
Entonces, y gracias a la experiencia directa, ella conoce el dolor producido por no presenciar los primeros pasos de los hijos, lo complicado de administrar el tiempo de forma tal que no se quede nada por fuera y la imposibilidad de elegir estar presente porque la realidad  no la ofrece como alternativa.

El comienzo de una nueva vida
Como a menudo narran las historias, el protagonista debe sortear una serie de obstáculos para dejar atrás el sufrimiento pasado y entregarse a una nueva vida. Y mientras la tormenta no parecía tener ganas de ceder, apareció Ricardo en su camino. El momento era muy propicio, pues él atravesaba una situación similar y decidieron unirse bajo un único contrato: “hacerse la vida más fácil”.
Cuatro años después de estar juntos se casaron (2002) y desde entonces su rutina adquirió una nota más dulce; se puede decir que el complemento perfecto para lograr el hogar que tanto había querido. Lo cierto es los hijos de cada uno ya están grandes, mantienen excelentes relaciones con ellos, se admiran como padres y profesionales, y por demás está decir, que ambos comparten la sensación de haber encontrado a su ‘viejito’ respectivo.
Pero queda todavía trecho para que alguno de los dos decida jubilarse, así que mientras llegan los tiempos en que puedan viajar sin tener itinerario de turista, se reconfortan planeándolo y viviendo el día a día de la forma más feliz y tranquila posible.

 

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