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Melba Escobar desemnascara los valores de las mujeres y la sociedad

Las “violencias sutiles”, en eso pensaba cuando comenzó a escribir la historia que se cuenta en La casa de la belleza, un salón de belleza de un barrio rico de Bogotá, donde Melba pone a interactuar a sus personajes, mujeres de diferentes procedencias, edades y estratos sociales, que comparten la intimidad total, en un escenario aparentemente frívolo.

Al principio no sabía muy bien qué quería hacer, pero haber leído alguna vez que Colombia era el país con más salones de belleza por habitante le quedó dando vueltas en la cabeza. Y luego, al visitar uno como el que describe en la novela, se dio cuenta de que era el escenario perfecto para resaltar situaciones cotidianas que al ser puestas allí como ficticias, podían –según cuenta- reconocerse como extrañas, forzadas o injustas.

“Hay mucho sobre qué escribir. Pero un tema que me sigue interesando es ese de nuestro gusto por pertenecer: a un país, a una región, a una raza, a una iglesia, a una profesión, a un equipo de fútbol, a una clase social, a un género; y en ese pertenecer, la tendencia a descalificar al opuesto”.

En parte por eso, su novela se narra a partir de cuatro voces femeninas muy distintas que reflejan esa sociedad que no vemos de frente y que se construye a partir de conceptos como la belleza, y la interpretación que algunos hacen de ella como una forma de sobresalir y  ascender socialmente. Una sociedad donde algunas mujeres todavía se subordinan de cierta forma ante los hombres y en la que ellos también están perdidos, según como lo ve Melba.

“Los hombres acaban siendo víctimas de un ideal de mujer bella, perfecta y sin matices, a quien buscan para sentirse seguros entre otros cromañones como ellos. Del mismo modo, algunas mujeres necesitan de un hombre que las proteja, las mantenga, las cele o les diga qué hacer, como una confirmación de su belleza y su capacidad de conquista”.

En su caso tuvo el mejor ejemplo: una madre libre pensante que siempre tuvo los mismos derechos de su padre y que le enseñó que no había cabida para pensarse diferente por ser mujer. Y ahora, cuando ella es esposa y madre, sabe que su misión, en los dos casos, es promover un espacio donde su familia se sienta igual de libre al decidir cómo quieren ver la vida y andar su propio camino.

TAN REAL COMO LA FICCIÓN

- La casa de la belleza hace una reflexión sobre varios temas del universo femenino. ¿Por qué sentiste la necesidad de escribir el libro?
En mi proceso de investigación descubrí barrios muy pobres, en los que las mujeres pueden dejar de comer pero no de hacerse el manicure, de alisarse el pelo o ponerse pestañas postizas. Sentía que detrás de esta fijación con la belleza había algo oculto, algo más por develar.

Por eso quise sumirme en ese universo de tratamientos y de conversaciones íntimas en una cabina donde una de las mujeres está desnuda y la otra le hace una depilación, por ejemplo. En estos espacios se tejen complicidades, pero también rivalidades. En el caso de La casa de la belleza, la novela es una inmersión en el mundo del poder desde una perspectiva femenina; por eso quise situarla en el estrato más alto.

- Te interesa la belleza como una escalera de ascenso  social. ¿Cómo crees que se da esa dinámica?
La protagonista de la novela es Karen Valdés: cartagenera de 24 años, con un hijo de cuatro, que llega a Bogotá como tantas mujeres, en busca de un mejor futuro. Así como muchas madres con pocas posibilidades de darles una buena educación a sus hijos, confía en que su niño sea un ‘Falcao’, o  si es niña, reina de belleza, presentadora, actriz o mujer de un poderoso.

La belleza es considerada un atributo para el ascenso social en casos donde una buena educación, una profesión sólida o un talento evidente escasean. El problema de eso es que a veces las mujeres acaban ejerciendo la prostitución o siendo presa fácil de abusos por su falta de autoestima y de criterio para hacerse respetar y tener autonomía sobre su vida.

- ¿Crees que  esta visión que tenemos las mujeres sobre lo que nos define como bellas, obedece a lo que creemos que los hombres esperan de nosotras?

Sí. En gran medida. Pero sin duda, me parece que la belleza es algo importante; todas queremos ser bellas, o la gran mayoría, y no veo nada malo en eso. La belleza es algo maravilloso, exquisito, y estoy lejos de pensar que las mujeres bellas tengan menos atributos para ser brillantes. Lo que me preocupa es cuando la belleza se utiliza como un medio para lograr algo, cuando se convierte en un producto de consumo, o mejor, cuando la mujer se convierte en un producto de consumo. 

En los aeropuertos, por ejemplo, veo mujeres que parecen ‘producidas’ en una fábrica: tienen los mismos senos, los mismos traseros, las mismas cabelleras larguísimas, el mismo maquillaje exagerado. Me produce angustia tanta uniformidad, así como la idea de que en ellas hay mucha plata. No solo en accesorios, también en cirugías. La cultura traqueta se ha ido expandiendo a otros sectores sociales y casi que es un esquema frecuente en las relaciones entre sexos opuestos. 

- En el libro también hay una tensión permanente entre las clases sociales.  ¿Crees que esa subordinación  femenina frente a los hombres varía según los estratos?

‘En Colombia, la superioridad se impone con chequera’. La misma cultura mafiosa que se impone en las relaciones, marca una dinámica de dominación e incluso de hostigamiento de quienes tienen el dinero y el poder sobre quienes no lo tienen. Un ejemplo de esto han sido los sonados casos de ‘usted no sabe quién soy yo’.

Lo paradójico es que son precisamente quienes tienen mayores privilegios los que más deberían dar ejemplo, y tristemente son quienes constantemente abusan de su posición para saltarse la ley. De igual manera, con las mujeres se cometen abusos y se toman licencias que son aceptables socialmente, pero que no deberían serlo.

- ¿Para ti, qué es machismo? ¿Consideras que la sociedad colombiana –incluyendo a las mujeres- es machista?
Creo que vivimos en un país machista, pero también creo que es un país más consciente de su situación. Siento que estamos aceptando muchas de nuestras debilidades como cultura, como sociedad, y en esto hay un gran avance. Hay ahora una gran movilización de los medios en campañas que buscan generar una conciencia sobre la violencia contra la mujer.
Sin embargo, en medio de estas movilizaciones la educación es esencial, así como la generación de nuevos modelos de feminidad; que las chicas, las adolescentes, las niñas y mujeres se identifiquen con otros roles más allá de la reina, presentadora, madre o actriz. 

- ¿Crees que estamos lejos de empoderarnos a través de una herramienta diferente a la belleza? ¿Cómo podemos hacerlo?
Los cambios sociales suelen venir motivados desde la base cultural. El cine, la televisión, la literatura, el arte, la publicidad, los medios de comunicación tienen que ir construyendo otros modelos de mujer, otros modelos de realización en lo femenino, así como otras formas de relacionarse con los hombres.
El tema de género no está aislado de otros temas, como la desigualdad social, la falta de oportunidades, la falta de educación o los modelos culturales que se construyen en una sociedad. 

- Has vivido en otros países. De hecho, tu madre es española. ¿Crees que los planteamientos expuestos son una problemática exclusivamente nacional?
No. Hay toda una tendencia hacia la ‘híper-sexualización’ de la mujer en ciertos ámbitos, como ocurre con iconos como Kim Kardashian a nivel gobal. Pero al mismo tiempo tenemos otros iconos globales como Tina Fey, la misma Hillary Clinton o Ellen Degeneres.

En Colombia hay mujeres como la senadora Claudia López, la periodista Jineth Bedoya, la deportista Caterine Ibargüen, la líder afrocolombiana Paula Moreno, entre otras, que para mí representan una gran fortaleza; son mujeres valientes, luchadoras, disciplinadas, con un criterio y una autonomía clara.

MELBA EN LIBROS
La casa de la belleza es su cuarto libro. Antes publicó Johnny y el mar, Duermevela y Bogotá sueña, la ciudad por los niños. Hoy columnista del periódico El País de Cali, Melba fue becaria internacional del Departamento de Estado para Asuntos Culturales (Estados Unidos, 2012) y beneficiaria de una residencia de escritura en Santa Fe University of Art and Design, Nuevo México (Estados Unidos)

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