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Yo viví una verdadera pesadilla

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Vivía feliz en mi casa, pero el dueño ya me había dicho que quería remodelarla así que debía conseguir otro lugar. Mi hija estudiaba cerca, y como me gustaba mucho la zona por ser campestre y a las afueras de la ciudad, decidí buscar por aquella misma zona. Con esa idea en la  cabeza salí un día a comprar algunas cosas a la tienda, camino abajo me fui imaginando cómo quería que fuera el nuevo hogar. Unos metros antes de la tienda vi un letrero que decía: “Se arrienda casa". Inmediatamente llamé y pude confirmar que era muy cerca de allí, podría pasar ya mismo a verla si me quedaba fácil.

Al llegar al lugar se me atravesó en el alma que eso era una señal, que cambiar de casa era lo mejor para nosotras dos. Y era tan real, que ahora tenía ante mis ojos la casa que había imaginado.

En dos días empaqué, firmé contrato y me mudé. Recuerdo que la primera noche pensé: “Vivir aquí va a ser un sueño". Qué lejos andaba de imaginarme que en realidad estaba por comenzar una pesadilla.

Con el paso de los días, el entusiasmo inicial comenzó a desaparecer. Lo hermoso de la casa seguía estando, pero con la rutina empecé a darme cuenta de que alrededor de ella todo era un poco raro y deshabitado, las pocas personas que me encontraba por los alrededores eran calladas, misteriosas e incluso hostiles.

Mientras tanto, en el interior de la casa empezaron a pasar cosas raras: sombras que pasaban de un lado a otro, objetos que se caían, presencias muy fuertes. Claro, en ese momento pensé que eran producto de mi imaginación. Pero más adelante el panorama se puso peor: no solo empecé a sentir que me observaban constantemente sino a enfermarme y a sentirme triste y desdichada todo el tiempo. Y eso no es todo: mi pequeña hija se quedaba viendo “a la nada”, un poco asustada; cuando le preguntaba qué estaba mirando, siempre me respondía lo mismo: “una mano en la ventana" o “alguien que pasó por la cocina"... ¡No puede ser –pensaba yo- le estoy contagiando la neurosis!

Cuando ya me había acostumbrado a esa idea, me encontré a una antigua vecina. Me preguntó dónde estaba viviendo y yo le di las señales. Tras dudar un instante quiso confirmar si era la casa blanca de dos pisos que estaba al lado de unos eucaliptos grandes. Así era. Sonrió nerviosamente y me preguntó: ‘¿¡Por qué te metiste a esa casa!?’. Y enseguida me contó la historia del lugar.

Inicialmente habían vivido en ella sus dueños: el señor con quien firmé el contrato, sus dos hijos –a los que también conocí- y su esposa, que según mencionaron ese día, había fallecido hacía unos años. Por supuesto, no pregunté detalles. Y mi exvecina me contó lo que pasó. Al parecer, el esposo le estaba siendo infiel con su mejor amiga, y abatida por esa pena había decidido lanzarse de cabeza desde el techo de la casa al jardín. Eran más o menos las tres de la tarde, y su hijo menor –que tenía en ese momento los mismos tres años que mi hija- tomaba la siesta en su habitación. Al despertar empezó a buscar a su mamá, a quien encontró muerta afuera… con ella se quedó solito hasta que llegó su papá y su hermano, a las siete de la noche.

Al ver esta escena, el padre cogió a sus hijos, unas cuantas mudas de ropa y se fue para no volver en cinco años. Llamó a su hermano para que hiciera lo pertinente con la Policía y Medicina Legal. Se trataba de un suicidio, así que no había mucho qué investigar.

Al quedar deshabitada, la casa empezó a ser saqueada y usada por todo tipo de personas. Una de ellas, un hombre que acumulaba perros callejeros enfermos. Pero cuando no lograba curarlos, los enterraba en el mismo jardín que hasta hace pocos días yo cuidaba con tanto esmero. Esto, sumado al suicidio y a las demás calamidades que allí pasaron, creaba una estela de muerte difícil de asimilar.

La cereza del pastel: mi vecina también había vivido en esa casa, y su salida de allí fue en medio de una tragedia que por suerte terminó en final feliz: su hijo -también de tres años-, en circunstancias muy extrañas, había perdido el equilibrio en una ventana que se abrió con su peso. El niño sobrevivió, pero la casa quedó sentenciada.

Por supuesto saqué a mi hija y mis cosas de allí esa misma noche, y nos fuimos donde una amiga. Era cierto que la angustia por mudarme me había complicado un poco la vida, pero gracias a esta experiencia entendí que una cosa son las verdaderas pesadillas y otra muy diferente, hacer de la vida por decisión propia una de ellas.
 

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