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Como el aroma de un jazmín

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Generalmente cuando una mujer pierde un hijo o una hija, la gente puede de alguna manera aproximarse a la comprensión de su dolor. No hace falta ser madre o ser padre para imaginarse, aunque sea tangencialmente, la magnitud de una pérdida como esta.

Sin embargo, otra cosa ocurre cuando la mujer pierde un hijo que no ha nacido, pues existe una errónea creencia que los hijos se quieren de acuerdo a la edad y cuando un niño o una niña muere, entonces la gente se apresura a preguntar “Y cuántos años tenía”, como si la edad fuera de alguna manera un descriptor de la experiencia.
Los hijos y las hijas se aman, si se aman, independiente al número de hijos e independiente a la edad. Todas las pérdidas resultan dolorosas y la magnitud de la tragedia no se describe de manera tan simple. La pérdida de los hijos no nacidos, no son pérdidas menores, digamos que son pérdidas distintas que suelen subestimarse incluso, en ocasiones, por la misma mujer.
Cuando un niño, por ejemplo, muere; su madre estará llena de sus recuerdos…, llena en medio de un mar de vacíos que resulta insoportable. Lo recuerda vestido de reno en la presentación de Navidad, lo recuerda jugando en el patio, lo recuerda durmiendo, comiendo su helado favorito, recuerda su voz de consentido, su risa, aquella vez que se cayó de una mula en la finca del abuelo, aquel momento que estuvo muy enfermo, lo poco que amaba el colegio, pero lo enamorado que estuvo de su maestra en primer grado.
Cuando la pérdida de un hijo ocurre antes de su nacimiento, la madre - sobre todo ella, pero no sólo ella- enfrenta un dolor que parece no tener lugar frente a los ojos de nadie, pues no parece que doliera la pérdida de algo que no pudiera asociarse a tales recuerdos. La pérdida de los hijos e hijas no nacidos, son pérdidas que carecen de recuerdos que se puedan llorar, pero también son pérdidas que carecen de la posibilidad de aferrarse a lo que se tuvo el privilegio de vivir.
No estoy refiriéndome a abortos voluntarios, pues en esos casos, cobijados además por la ley, los duelos que se viven son otros e incluso pueden representar en la mujer la posibilidad de tomar una decisión sobre su cuerpo que le produce cierta tranquilidad. Me refiero a las pérdidas que ocurren en el curso de un embarazo, algunas veces por tratarse de abortos espontáneos, embarazos extrauterinos, pérdidas por accidentes o por otros eventos que no permiten que la gestación cumpla su curso normal.
Todas estas situaciones representan pérdidas que resultan en el cuerpo de la mujer y que poco son comprendidas por quienes la rodean. Se pierde un hijo que jamás se verá montar bicicleta, se pierde una hija que nunca se verá correr por el parque con sus largas trenzas agarradas con una cinta azul. Se pierde la posibilidad de tenerlo alguna vez en los brazos cantándole una canción de cuna, de permitirle que se alimente de nuestro seno y que se haga grande dentro de nuestros abrazos.
No resulta consuelo pensar que en otro embarazo será, pues el que se pierde es el embarazo que está en curso ahora, la ilusión que se sostiene hoy y el amor que empezaba a crecer a todas sus anchas por ese bebé y no por otro.
Sólo si se le da el verdadero lugar a ese dolor, si la mujer se permite llorar, y despedirse de su hijo sin haberlo siquiera saludado, podrá elaborar el duelo de – como dice Carmen Escallón- la pérdida de las vidas no vividas.
Y claro… algún día, puede volver la sonrisa y no quedamos inmersas en la tragedia, pues nos repararemos más pronto si nos atrevemos a sincerar con lo que sentimos y nos permitimos la posibilidad de llorar a gritos hasta que los ojos se nos vuelvan muy chiquiticos… pues sólo se puede sanar lo que se ha llorado.
Y claro… algún día también es posible que nos volvamos a enamorar de la idea, que intentemos otra vez otro bebé, pero la pérdida de aquel siempre será la pérdida de aquel, y ningún hijo viene a reemplazar a otro en este mundo y mucho menos dentro de nuestros corazones.
Las mujeres que pierden hijos o hijas antes de nacer, no deben temer sentirse tristes, no deben minimizar su pérdida y permitirse sentir simplemente el lugar que tiene dentro de ellas mismas. Tal vez siembren un pequeño jazmín en la puerta de su casa, para que el perfume les recuerde que la vida hace parte de la vida y que hay felicidades que se van antes de sentirse completamente, pero siempre bendicen aunque su presencia sea tan pasajera como la aroma inconstante que trae el viento.

*Psicóloga
palabrasdesexualidad@gmail.com
www.palabrasdesexualidad.blogspot.com

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