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Con nuestra propia pluma

Si tuviera que pensar en algunas reflexiones pa-ridas por los años escri-biendo esta columna, ten-dría que asegurar, sin temor a equivocarme, que el amor y el sexo pueden ser de muchas maneras.

Cuando inicié esta tarea, pensé que un día me que-daría sin temas y eso jamás ocurrió. Son escena-rios amplios y sus límites se confunden con la poe-sía, con lo político, la reli-gión, la salud, y con todo lo humano.

Nos han intentado de convencer que sólo existe una manera posible de amar y el sistema patriar-cal incuestionable nos ha enseñado que las relacio-nes deben ser heterose-xuales, monogámicas y centradas en la familia. Pues nos han mentido.
Si bien las familias son maravillosas, su carácter de sagrado es inmerecido para muchas. No es cierto que sea el único lugar donde florece el amor. La violencia contra las muje-res, los niños y las niñas encuentra en la familia un nicho perfecto. Desmitifi-car a la familia significa que allí también puede ha-bitar el odio y la maldad. Quizá sólo de esta manera podemos empezar a cons-truir un modelo de familia basado en valores más constructivos para todos sus miembros, sin sacrifi-car la felicidad de ninguno de ellos.
A la mujer se le ha re-ducido a su rol de madre y esposa servil, dicha reduc-ción no está determinada porque sea un papel con pequeños retos, sino por-que ha sido considerada tradicionalmente la única opción posible.
A los hombres se les ha confundido con máquinas de hacer dinero, su rol productivo les ha apartado de la vida privada, quitán-doles la posibilidad de dis-frutar de lo doméstico, del cuidado de los hijos y de ellos mismos. Los hom-bres sienten miedo, aman y sufren, y aquel macho que patea la mesa dejó de ser seductor.
La pareja tiene el desa-fío de replantearse su existencia, pues como es-tán las cosas no funciona. Salen al almuerzo del do-mingo, visitan a la suegra, pasean al perro, hacen mercado, se toman de la mano, pero se detestan. Con el paso de los años nos llenamos de rencores, de cuentas y reclamos pendientes, de desconfian-zas y de mentiras, nos mantienen unidos los hi-jos, el qué dirán y la hipo-teca, nos olvidamos del buen sexo y del amor, sin hacernos preguntas.
Pues tenemos que ha-cernos todas las preguntas del mundo y aprender a acompañarnos como hu-manos, eso quiere decir sin idealizaciones y sin esa larga lista de condiciones. Si fumas, te dejo, si sales con otra, te dejo, si te en-gordas, te dejo, si no tie-nes trabajo, te dejo, pero tampoco se dejan, y las condiciones sólo se vuel-ven razones para hacerse infelices mutuamente.
La mentira, por ejem-plo, aparece como muestra de lo mucho que nos cuesta vivir en pareja. Es evidencia absoluta de los equivocados que estamos y de todo lo que debemos replantearnos.
La heterosexualidad, por otra parte, no es el único camino normal para relacionarnos. Por más que algunos insistan en discriminar a los homose-xuales, son normales. Les guste o no. Lo son. Y son personas que merecen to-do el respeto, ni necesitan ayuda, ni irán al infierno, ni están enfermos. Pensar así sólo es muestra de que no somos capaces de caber en este mundo de huma-nos.
Y si en todo lo que he escrito estos años, tengo que pensar en el sexo, les diré algo: Caro tiene 7 años, y para decir la pala-bra sexo dice “equis E equis O”, lo deletrea, y asegura que se escribe “xexo”. Pues puede que algunos, aunque sepamos escribir la palabra, no ten-gamos ideas claras al res-pecto y nos quedemos sin preguntarlo, sin hablarlo, sin tocarlo.
No importan las medi-das, no importan los tama-ños ni el número de veces, lo que en realidad importa es que nos haga libres y felices, que nos permita entregar nuestro corazón y recibir el del otro ser hu-mano, y que nos ayude a conocernos a nosotros mismos.
No hay prisa por empe-zar la vida sexual, y des-pués que se empieza no hay prisa por acabar con toda la lista de hombres o mujeres que conocemos, debemos preocuparnos menos por el número de erecciones y más por to-mar mejores decisiones.
El sexo y el amor se pueden escribir de muchas maneras, somos dueños de nuestra propia pluma y son nuestros días y noches las páginas en blanco. Después de todo, puede que nos hagamos dueños de nuestra historia tam-bién y que los libretos que sigamos sean construidos por nosotros mismos, con humildad, sin egoísmos y con la certeza de que todos los días podemos aprender a ser mejores seres huma-nos.

*Psicóloga
palabrasdesexualidad@gmail.com
www.palabrasdesexualidad.blogspot.com

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