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El tamaño sí importa

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Cuando empecé a escribir para esta columna, sostenía un temor en la mano…, tenía la idea de que un día se me agotarían todos los temas.

No ha si-do así. La sexualidad es tan generosa que es capaz de traernos los temas que menos nos imaginamos, está llena de anécdotas, de fantasías y de todas las ideas del mundo. Ha sido tema de discusión a lo lar-go de la historia, ha llevado estigmas, condenas y jui-cios.
Ha representado el amor y la creación, así co-mo ha sido el escenario de la destrucción. Pasa por el cuerpo, por el corazón, por el cerebro. Ha sido tema inagotable de filósofos y poetas, y una misma histo-ria sexual se cuenta de mil maneras dependiendo de quién la viva y cómo la vi-va.
Me he puesto a revisar viejos recortes de periódi-co que a veces guardo, vi-cios que le anuncian a uno que está envejeciendo. He encontrado, entre ellos, una columna que escribí hace algunos años que ti-tulé “¿El tamaño sí importa?”. En aquella oca-sión conté una experiencia que trataré de evocar.
Una noche, sentados en un muelle, veíamos un enorme buque entrar a la bahía. Desde entonces no he vuelto a ver uno tan grande. Con espectacular maestría, una pequeña embarcación dirigía a la inmensa nave hasta el puerto. Nos quedamos ab-sortos por la inmensidad de aquella máquina carga-da de contenedores que hacía ver incluso pequeña la inmensidad de mar que cruzaba. Entonces, con cierta inocencia alguien preguntó, ¿será que el ta-maño sí importa?
No lo escribí en aquella columna, pero después de esta pregunta vino un alu-vión de risotadas. Nadie pensaba en sexo cuando perplejos observábamos la maniobra de las dos em-barcaciones, pero la pre-gunta sobre el tamaño vol-có la discusión sobre algo que definitivamente estaba mucho más allá de lo que ocurría en la bahía, era al-go que ocurría en todas partes y se parecía a todo, simplemente el sexo está en cada rincón de la vida humana.
Tampoco escribí en aquella columna que una de las presentes dijo que el tamaño del pene no era para nada importante y sé que todos pensaron que su novio debía ser dueño de un pene muy pequeño. Otro intentó confesar que su pene era casi tan gran-de como el impresionante buque que ingresaba en la bahía, pero también sé que muchos pensaron que todo alarde es mentiroso. Una mujer dijo que ella sim-plemente prefería tener relaciones con hombres que no tuvieran el pene tan grande, habló de dolor, de miedo y mencionó toda una serie de razones para preferir algo menos os-tentoso en las medidas.
Otra mujer confesó que ella a todos sus amantes les decía que tenían el pe-ne más grande que ella ha-bía visto, pues era la única manera de hacer sentir a un hombre seguro y feliz. La mayoría de las veces le tocaba mentir. Incluso otra expuso teorías sobre la relación entre el pene y la etnia del personaje en cuestión. Aseguró que los hombres negros tenían un pene más grande y que el de los orientales era muy pequeño. Un hombre ho-mosexual que hacía parte de la conversación, apoyo esto último, diciendo que quien prueba negro no vuelve a blanco. El alu-vión de risotadas volvió con mayor fuerza y luego se guardó un silencio en el que creo cada quien apro-vechó para sumergirse en sus propios recuerdos.
Supongo que el tamaño del pene sí es importante, pensé, sólo que un hombre no es un pene. Si alguien piensa en el hombre que ama y cuánto le gusta, es poco probable que la pri-mera idea que venga a la cabeza sea su pene. Un hombre, por suerte, no sólo tiene un pene grande o pequeño; un hombre tie-ne brazos, ojos y tiene una sonrisa. Reducir el sexo a la genitalidad es una triste pérdida de tiempo.
Desde luego que el ta-maño sí importa, pero en realidad el único tamaño imprescindible es el de nuestra posibilidad de to-carnos, de cantarnos en la mañana, de besarnos en los rincones ocultos de nuestra alma, de hablar de todas las cosas hasta que se haga de noche y se haga de día, y de tomarnos de la mano en horas de silencio.

*Psicóloga
palabrasdesexualidad@gmail.com
www.palabrasdesexualidad.blogspot.com

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