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Fetiches: objetos impregnados

En clase de psicopatología todos nos creíamos locos. Algunos descubrimos la severidad de nuestro trastorno de ansiedad, las crisis de pánico que alguna vez habíamos vivido.

Catalina fue consciente de su trastorno de estrés post traumático que al parecer había sido originado cuando secuestraron a su hermana en una finca en Anapoima. Hombres armados se la llevaron frente a los ojos angustiados de sus familiares y amigos.
Algunos otros descu-brimos la depresión con la que cargábamos la vida. Daniel, por ejemplo, se dio cuenta que había estado deprimido por años y que por eso le costaba tanto trabajo levantarse en las mañanas. Unas niñas fla-cas descubrieron sus trastornos alimentarios, aunque lo negaron. Otra descubrió su trastorno de control de impulsos: trico-tilomanía. Se arrancaba el cabello tirando de cada he-bra, especialmente cuando estaba angustiada. Con ra-zón estaba medio calva.
Unos pensaron en sus trastornos del sueño, en los terrores nocturnos, pe-ro problemas menores los de la mayoría. No sé cuántos hayan descubierto síntomas psicóticos, aun-que los locos nunca saben que lo están… o que lo estamos.
Sin embargo, hubo si-lencio cuando en clase empezamos a abordar los trastornos sexuales, todos estábamos muy interesa-dos, pero sobre todo calla-dos. Siempre tuve la duda si también nos identifica-mos con la misma ligereza en cada uno de los trastor-nos que el profesor iba de-finiendo.
Jania, que era una estu-diante promedio, siempre tuvo mi admiración por ese halo de independencia que la caracterizaba. Fue la única que habló. Su historia dejó al resto de la clase perpleja frente a una descripción que intentaré repetir de la mejor mane-ra:
“Hubo un hombre en mi vida muy especial para mí. Con él tuve mi primer orgasmo. Después de él, me excito con ciertas co-sas inanimadas. La más fuerte son los objetos de madera, en especial si tie-nen betas”. Jania contó que su primer orgasmo lo había sentido haciendo el amor en una mesa y que mientras su cuerpo era in-vadido por todas esas in-tensas emociones, desco-nocidas para ella hasta el momento, Jania fijaba su mirada en las betas de la madera. Desde entonces, advertía excitación sexual cuando se encontraba es-tas hermosas betas en me-sas, en puertas y otros objetos de madera.
El Fetichismo se define como impulsos altamente excitantes y fantasías se-xuales asociadas a objetos inanimados como ropa in-terior femenina, zapatos del tacón alto, camisas de hombres, pañuelos, apa-ratos diseñados para esti-mular los genitales o cual-quier otro objeto por ab-surdo que parezca. El feti-che es un objeto sustituti-vo de un otro que se per-cibe faltante, es la dimen-sión simbólica que vela la carencia. Es un objeto que asume una enorme carga erótica.
Jania fue valiente al dar su declaración en medio de la clase. Cuántos otros se-ríamos unos fetichistas clandestinos. Unos feti-chistas silenciosos, tal vez, reprimidos, amando algu-nas cosas inanimadas en secreto. Cuántos habrán callado aquella mañana.
El Manual diagnóstico de trastornos mentales, por suerte, asegura que el trastorno fetichista debe producir malestar en la persona o en las personas que le rodean. Esto quiere decir, si la persona es feliz con sus síntomas fetichis-tas y si no le produce in-comodidad ni malestar a nadie, entonces no se pue-de hablar de un trastorno como tal.
Los objetos se impreg-nan de las personas que los usan, se impregnan de las historias de amor, de los olores, de los miedos, de los buenos momentos. Los objetos narran las vi-das de las personas que los tocan, se llenan del dolor, de la angustia, de la pasión. Los objetos se cargan del sexo, del erotismo, de la intensidad de los cuerpos que se aman, de las risas y los gritos de amor, de la luz de las velas que ilumi-naron aquella noche, de las lágrimas de la nostalgia por no tenerse, del miedo a perderse y del miedo a encontrarse.

*Psicóloga
palabrasdesexualidad@gmail.com
www.palabrasdesexualidad.blogspot.com

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