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Fugas contra la rutina

Tal vez recuerden aquella historia de dos ni-ños alemanes que decidieron escaparse de sus casas para irse a África. Mika y Anna Lenna no superaban los 7 años y acompañados de la hermanita de Anna, de tan sólo 5, decidieron darse a la fuga.

Aquella pequeña pareja confesó estar enamorada y admitió que llevaban a la hermanita de Anna para que sirviera de testigo en su boda. Escogieron el continente africano porque Mika aseguraba que allí hacía calor. En sus peque-ñas maleticas llevaban tan sólo unas gafas de sol, algo de comida y sus vestidos de baño.
Llegaron en tranvía a la estación central de Hannover y allí abordaron un tren que los llevaría al aeropuerto. La policía los encontró y los persuadió de volver a casa, teniendo en cuenta lo difícil que se-ría llegar a África sin pa-sajes y sin dinero.
Es posible que aquellos pequeños niños, con una inocencia maravillosa, se-pan desde ya que el amor necesita una dosis de locu-ra. A veces, en las rela-ciones de los adultos eso se pierde, dejándose caer en un manto de pereza amatoria, que mata la se-ducción y asesina al ro-mance en medio de las ta-reas de todos los días.
El primer requisito para darse a la fuga con la pa-reja, es un toque de clan-destinidad o privacidad. Un carácter casi secreto que requiere una enorme precisión. Es algo así co-mo buscar irnos donde sa-bemos que no podemos ser encontrados, porque obviamente no queremos que nos encuentren.
Las fugas de amor rom-pen con la rutina normal y esperada. Contra todo pronóstico se lucha por abrirse paso para el en-cuentro. Se asumen ries-gos y se pagan altos pre-cios, que necesariamente tendrán que ser motivados por la certeza de que todo lo vale.
Constituyen un acto de rebeldía contra la rutina de todos los días y requieren una dosis alta de creativi-dad. Pueden durar minu-tos o días. Aquella pareja que se busca en el patio de atrás sólo para arrinconar-se con un beso, escapa unos instantes del abru-mador pulso de todos los días y de las otras voces. Se escapa viajando en un bus, en un tren o tomando un avión y se escapa en una pequeña embarcación en medio de los mangles.
Ocurren en un tibio cuarto de hotel de mala muerte en medio de una ciudad que los ignora o durmiendo desnudos en una hamaca colgada en cualquier lugar desierto. Puede ser a miles de kiló-metros o a metros de la propia cama, pues los ver-daderos amantes fugitivos son los que saben perder-se en sus propios abrazos.
Resultan ser planes perfectos con champaña y caviar o son improvisacio-nes bajo las estrellas to-mando un vino malo, no importa si es una cama, una estera o una colcha de retazos, si se es libre con quién se ama, las huidas son retornos al romance, a la primera vez, a la inocen-cia. Implican de cualquier manera concentrarnos en los ojos de ese otro sólo para recordar que aún nos amamos.
La pareja se construye como una estructura sobre la que se cimienta la fami-lia, pero poco a poco se vuelven más importantes las conversaciones sobre la vida de los vecinos que los sueños propios. Los hijos en la cama, la suegra al teléfono, la comida para el perro, todo se vuelve un torbellino que arrastra los momentos íntimos.
El trabajo, los recibos por pagar, los sueños prestados, la televisión, el celular, bienes y males de la vida moderna, se roban los espacios que son pro-picios para disfrutar en si-lencio de la compañía, para tener sexo sin interrup-ciones, para hablar sin sa-ber a dónde se llegará, y sobre todo, más impor-tante aún, para reírse jun-tos.
En ocasiones lo más di-fícil es escapar de nosotros mismos, de nuestra única forma de hacer las cosas, de nuestros rituales de ca-da mañana, de nuestra crema facial y los saludos de siempre. Para escapar-nos no basta dejar en casa al resto de la familia y los amigos, es necesario tam-bién dejar nuestra neuro-sis con el firme propósito de saber que aún seguimos vivos y que podemos ha-cernos absolutamente feli-ces.

*Psicóloga
palabrasdesexualidad@gmail.com
www.palabrasdesexualidad.blogspot.com

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