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Pechos en libertad

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El pecho de una mujer en el sentido estricto carece de una palabra que sea capaz de nombrarlo en su compleja dimensión. Decir tetas no sólo resulta vulgar sino políticamente incorrecto. Decir senos es acudir a una palabra demasiado general, puesto que hace referencia tanto a la mama de una mujer, como el cateto opuesto a un ángulo y la hipotenusa.

En los días de colegio, en clase de trigonometría, los niños de la banca de atrás se ponían eufóricos y hacían sonidos imitando animales cada vez que el profesor Joel decía la palabra seno.
Era la adolescencia, apenas empezábamos a crecer y nuestros pechos con nosotras. Sin querer caminábamos medio encorvadas para evitar que el mundo nos clavara la mirada.
Aunque a mí me parece poético decirles tetas, es demasiado mamífero para una sociedad que se paraliza en las noches frente al televisor para ver algo que se llama Sin tetas no hay paraíso. Son símbolo de poder, de maternidad, de seducción, casi todo en un pedacito de cuerpo.
Nos pasamos la infancia deseando tenerlas, rellenando con hojas del cua-erno y papel higiénico brasieres que tomábamos sin permiso. De repente aparecieron en la pubertad y nos avergonzaba su crecimiento, nos incomodaban, nos resultaban demasiado evidentes. A unas porque les crecían muy grandes, otras porque sus pechos quedaban planos como el tablero.
Cuando nos hicimos mujeres, descubrimos que los hombres se morían por tocarlas. Algunas administraron ese poder a su antojo, otras se sentían intimidadas y acosadas. Las hicimos parte de la sexualidad y encontramos en ellas una fuente de placer. Tristemente para algunas también significó tener que soportar que se las tocaran sin permiso o más perverso aún, con permiso pero sin querer.
Durante el embarazo crecen casi tanto como la barriga y cuando el bebé nace, nos damos cuenta del parecido tan sublime que tenemos con otros animales. Nuestros bebés se prenden en ellas y el pezón se torna oscuro y grande como indicándoles el camino. Mamar a veces marca la diferencia entre la vida y la muerte.
Para cumplir con el canon de belleza, de vez en cuando los torturamos. Les abrimos el pezón con un bisturí y le metemos bolsas de silicona. Los metemos en fajas, en brasieres worder cup, magic cup, water cup, perfect bra, brasier con realce alto con arco, con tecnología air bra – que son unas almohadillas de aire-, brasier tipo push up, y escote profundo para las más atrevidas.
Ducha de agua fría para endurecer, crema para las estrías, láser y dormir boca arriba hace parte de todas las estrategias cosméticas. Como si fuera poco, tenemos también que pensar en detectar a tiempo el cáncer de mama.
Nuestros pechos son compañeros de aventuras hasta que envejecemos. Tantas historias por contar. Tetas o senos, pocos tienen la fortuna de descansar sobre el pecho del ser amado. De vez en cuando, una mujer debería darse el permiso de dejarlos descansar, de hacer una huelga para que se tomen un tiempo de libertad. Sin nada que los hostigue, sin nada que los comprima. Pechos libres y felices, que dejen de estar al servicio de los demás.

*Psicóloga
palabrasdesexualidad@gmail.com
www.palabrasdesexualidad.blogspot.com

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