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Por primera vez

La primera vez que lo vio pasar por el frente de su casa sintió que el corazón se iba a salir de su pe-cho. Guardó en las páginas de su diario la primera flor que le dio, fue aquella misma tarde que le pidió que fueran novios. Ella esperó quince días antes de decirle que sí, aunque se moría por aceptar.

Entre el grupo de niñas de su edad, era muy im-portante esperar antes de decir que sí. No podían mostrarse demasiado fá-ciles. Los chicos se interesaban más por las niñas difíciles. La expectativa era muy importante. Le llamaban “echar el cuento” a todo el discurso en el que se le solicitaba a una niña que aceptara un noviazgo. En algunas oca-siones toda la cuadra se enteraba que él le iba a echar el cuento y a ella le llegaba la información por un correo de brujas entre las otras niñas. Sin em-bargo, ella debía hacerse la sorprendida.
Los chicos daban vuelta para encontrar el momento perfecto, pero tenían que apresurarse considerando que otro adversario podía adelantarse. Ella sabía qué pasaría y eso le aumentaba la angustia. Las manos le sudaban y sentía que un tic le hacía temblar el labio superior, se acentuaba con el temor de que él estu-viese percibiendo lo asus-tada que estaba.
Esta historia podría ser de cualquiera. Es la historia de una mujer que algu-na vez fue niña. Es la historia de algún hombre que alguna vez tuvo 12 o 13 años. Es la historia de alguien y de todos los de-más también. Es la historia del primer amor.
Los años pasan y empe-zamos a envejecer desde que nuestro cerebro deci-de quedarse de un solo tamaño y resuelve que no es necesario expandirse más. Nos volvemos gran-des y el recuerdo del pri-mer amor va quedando en la trastienda en la que se acumula la memoria de los hechos que parecen poco importantes. Vamos creciendo y aquella colegiala falda de cuadros se trans-forma en una ilusión prestada y el primer beso representa la vergüenza de la torpeza inocente, de la inseguridad de niños que-riendo parecer grandes, de falsas posturas de autono-mía y experiencia cuando en realidad se quiere estar en el regazo de la madre.
Sin embargo, las mordi-das de las uñas, los besos robados, el balanceo en las piernas, las sufridas idas a comer helado, los paseos tomados de la mano con las manos sudando, las palabras que no se saben decir, el miedo, el pálpito en la garganta, el corazón fulminante, las manos que tiemblan, la lengua que se seca, la cara enrojecida, la mirada dudosa para fijarse, tímida, sufriendo el amor insolente, el temor frente al espejo actuando la si-guiente mirada segura, la blusa azul, no, mejor la falda corta, no, mejor aquel vestido…, todo aquel amor pueril, infantil, lleno de primeras veces, vuelve a suceder.
Una niña de 16 años se enamora por segunda vez y le dice a su abuela que ella pensaba que eso que se sentía con el primer amor no se volvía a sentir jamás. La vieja, bastante entrada en años, larga una risa feliz que se confunde con una decrépita tos… “Mijita, si te contara cuántas veces he sentido exactamente lo mismo”.
El primer amor se vive todas las veces que llega el primer amor. Llega en forma de hombre lento con anteojos, llega en forma de voluptuosa modelo, llega en forma de regordeta se-ñora con canas, llega en forma de plomero, llega en forma de gentil relojero, llega en forma de instruc-tor del gimnasio, llega en forma de compañero de oficina, de médico, de sa-bandija, del veterinario de las mascotas de la hijastra, el primer amor llega en forma de amante furtivo, de policía de tránsito, de prostituta, de hermana de la novia, del mejor amigo, del profesor del hijo e in-cluso de compañero de asilo de ancianos.
Cada historia de amor se vive por primera vez y cada vez que esto ocurre el corazón vuelve fulmi-nante, la cara enrojecida, el miedo, el pálpito en la garganta y las manos que tiemblan. Un amor no se parece a otro y cada rela-ción significa un nuevo descubrimiento, unas nue-vas palabras que nos ha-blan, una nueva boca que nos besa, un cuerpo que descubrimos por primera vez, que nos desnuda por primera vez, que toca por primera vez, el olor de la piel por primera vez y un sexo por vez primera.
Aquella vieja mujer que le habla a su nieta, aquella abuela que larga su risa a carcajadas, guarda en su memoria todas las veces que se enamoró por pri-mera vez, porque el amor es lo único que sucede por primera vez cada vez que vuelve a pasar.

*Psicóloga
palabrasdesexualidad@gmail.com
www.palabrasdesexualidad.blogspot.com

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