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Privándolos de la gran cosa

La Corte se abstuvo de pronunciarse frente al reconocimiento del derecho al matrimonio entre las personas homosexuales y la decisión sigue aplazada. He intentado comprender a la Corte.

Si la Corte hubiese fa-llado a favor, hoy correrían rumores sobre la orienta-ción sexual sospechosa de los magistrados. Les in-ventarían novios, los ridi-culizarían con fotos en Fa-cebook, en las que posi-blemente saldrían todos en la cama o quién sabe qué. Sus enemigos políticos ca-pitalizarían muy bien todos esos comentarios y segu-ramente aprovecharían pa-ra restarles simpatía. Se inventarían, por ejemplo, que vieron al presidente de la Corte en Teatrón, y con unas fotografías ten-denciosas asegurarían que estaba vestido de Drag Queen.
Aunque en Colombia se ha avanzado mucho desde la Constitución del 91, uno puede ponerse en los za-patos de los magistrados fácilmente. Porque en el país del Sagrado Corazón de Jesús, estamos acos-tumbrados a defender solo nuestros propios derechos, si es que se defienden. Si a alguien se le ocurre decir algo medianamente inteli-gente sobre el reconoci-miento de los derechos de un homosexual, es fácil asegurar que se trata de una “loca encubierta”.
Los colombianos, que se la pasan con la camán-dula en la mano juzgando al prójimo, olvidan que nuestra carta magna es la Constitución Nacional, que es el documento que debe regir las decisiones de la Corte.
Y en todo caso es ex-traño, porque como bien anota Lucas Ospina en su blog de La Silla Vacía, es sospechoso que en la sala de la Corte tengan colgado un crucifijo. Y no porque un crucifijo sea un símbolo cuestionable, sino porque Colombia, aunque algunos despistados no se hayan dado cuenta, es un Estado laico.
En fin, se salvaron los magistrados de ser calum-niados, me perdí la posibi-lidad de ir a un par de ma-trimonios, y vimos nues-tras debilidades para reco-nocer derechos. Triste.
A la final se vulnera el derecho de los homose-xuales a tomar como op-ción la vida matrimonial, camino tradicionalmente recorrido por los hetero-sexuales y frecuentemente fracasado. Sin embargo, algunos seguimos opti-mistas frente al papel de la Corte y a su decisión final. Lo sorprendente es que por este mundo aún tran-siten seres que se quieran casar y otros que no los dejen, como privándolos de la gran cosa.
El matrimonio, como lo conocemos, es una institu-ción bastante cuestionable, que requiere propuestas que lo renueven. Muchos siguen siendo el escenario de reproducción de discur-sos de poder y de la priva-tización del cuerpo ajeno. Los heterosexuales lo se-guimos atesorando como si se tratase de un privilegio y luego se nos ve por ahí con las caras aburridas y los ojos tristes.

*Psicóloga
palabrasdesexualidad@gmail.com
www.palabrasdesexualidad.blogspot.com

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