No importa la poderosa brisa de enero, que tumba techos, como decía Joe. Lo importante es llegar al barrio Pie de la Popa, comprar una vara de caña y ascender al cerro en dirección al convento.
Dicen que siempre ha sido así. En Cartagena, a la Virgen de la Candelaria siempre se le ha celebrado ruidosamente su aparición. Primero, con tambores, palmas y cantos; después, con enormes equipos de sonido que reemplazaron los cueros y las voces naturales, pero continuaron con el deber de perpetuar el ruido y el jolgorio en los pliegues de los siglos.
Ya casi nadie se acuerda de Luis Andrea, el mestizo que se adueñó de la punta del cerro organizando rondas en medio de las cuales se adoraba a una cabra de oro macizo, la que, según los curas españolas, era la representación del mismo demonio.
Uno de esos mismos curas dijo haber soñado que la Virgen de la Candelaria le ordenó que intervinieran la punta del cerro, mandaran a los calabozos de la Inquisición a Luis Andrea y sus secuaces, destruyeran a la cabra de oro y construyeran un imponente templo en donde ella sería el objeto de las subsiguientes adoraciones.
Busiraco le llamaban los infieles a la cabra de oro, cuyo material no terminó en las arcas del gobierno colonial, como hubiesen querido los gobernantes de entonces, sino que los sacerdotes católicos la arrojaron (eso declararon) por el lado escarpado de La Popa, que desde entonces comenzó a llamarse El salto del cabrón.
Dicen que la destrucción del monumento produjo tempestades que ennegrecieron el cielo, pero la Virgen de la Candelaria apareció para tomar control de todo. Y ese todo se celebra cada principio de año con el mismo ruido que produjo la caída del ídolo dorado.
La anunciación tiene olor a mesas de fritangas, a kioscos de cerveza fría, a música que se desparrama en todas las direcciones, mientras que turistas y nativos van subiendo por la carretera asfaltada que no siempre estuvo, que no siempre fue usada, porque los más avezados se internaban por los caminos tramposos y coronaban la romería con los cuerpos polvorientos y los rostros abrillantado por los chorros de sudor.
Arriba la brisa es salvaje, pero poco a poco empieza a ignorarse mediante el calor y el roce de los cuerpos, las velas encendidas en el piso y las instancias sagradas del templo a la Candelaria.
Desde arriba, la ciudad parece un pesebre de formas que se disputan la opulencia o la austeridad, pero mucho más dicientes son los espejos de agua que se riegan por todas partes y distribuyen los rastros de luz que el sol ha dejado sobre los caminos de su propia muerte.
Los vendedores de agua fría en bolsas plásticas hacen su agosto. Los mosquitos zumban su canción monótona. Algunos de los tramos de la carretera muestran recientes amenazas de destrucción del cerro, pero los turistas sobre todo, los aventureros parecen restarle importancia a lo que viene produciendo miedo entre los cartageneros.
Algunos vendedores de artesanías, elevan sus manos casi hasta los rostros de los devotos que montan caballos o burros, pero cada cual viene concentrado en lo suyo: algunos mordiendo cañas o saboreando fritos; otros, apurando recipientes de cuero en donde se esconde el whisky caliente que podría desafiar la brisa helada de la Ciénaga de la Virgen.
Y no son pocos los que creen que Busiraco sigue presente en estos días de alabanza a la Candelaria, sobre todo cuando observan los diabólicos traseros de las muchachas que parecen no temerle al frío, a juzgar por sus pantalones extremadamente cortos y las blusas que penosamente cargan imponentes colinas del deseo.
“Esas son cosas del demonio”, dirían los curas que dieron tortura y hoguera a Luis Andrea. Pero nunca dieron cuenta convincente sobre el final de la cabra de oro.