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Yolanda Durier de Paffen, cien años para celebrar

El sentido del humor es una de sus virtudes. También la memoria, algo que a los cien años es un verdadero tesoro y lo sabe, la aprovecha y hace alarde de todo lo que “guarda su cabeza”, como dice jocosamente. Yolanda Durier de Paffen acaba de cumplir un siglo de vida y está tan radiante que es imposible creerlo a simple vista.

Empieza la entrevista diciendo que le hagan buenas fotografías y que escriban que “quiere un novio” para estar acompañada, después advierte en medio de una risa pícara, que gracias a Dios su hija Yolanda la acompaña y la aguanta, porque la soledad es horrible y peor aún cuando se llega a la vejez.

Cuenta que tuvo cinco hijos, de ellos dos hombres que ya no están, Rudolf fue asesinado por la guerrilla y Paul, que Dios se lo llevó. Le quedan tres hijas, Yolanda, la mayor, con quien vive en Cartagena, Ivonne, residente en Montería y Patricia, que está en Bucaramanga.

En cada palabra de doña Yolanda es evidente el agradecimiento con la vida y con ella, todos los que se han unido para celebrársela. Para sus amigas sólo tiene las mejores palabras y una sonrisa, advierte que ya le quedan pocas y en especial admira la sinceridad de Blanca Román, quien siempre le dice “Yolanda, te quiero como eres”, una frase a su manera de ver sabia, también nombra con especial afecto a Carmencita Lemaitre.

Es normal que en conversación de mujeres no salgan a relucir las edades, este no es su caso, advierte que es la mayor del grupo, pero igualmente aclara que es la única que aún sale sola, cose, hace muñecas y las vende.

Yolanda Durier nació en Medellín, pero se trasladó muy joven a Cartagena; y aclara que desde los diez años ha sido una persona feliz, porque no ha deseado lo que no pueda conseguir, ha trabajado porque le gusta, algo que heredó de su madre, quien trabajó hasta los 85 años cosiendo a mano y elaborando unas lámparas muy bonitas.

En medio de sus historias recuerda a su hermana Amelia Durier, quien por su belleza destacaba, pero inmediatamente la gente las veía juntas, advertían la timidez de una y la vivacidad de la otra, que obviamente era Yolanda y se ganaba rápidamente el cariño de todos.

 

Una vida particular

Cumplir un siglo merece todas las celebraciones y se han cumplido en el caso de doña Yolanda. Tiene a la familia en primer lugar, que se reunió en torno a ella, seguido de las hijas de sus amigas, esas que ya no están, pero que la quisieron tal cual era, como lo dijo su amiga Blanca Román y personas del sector, como un gremio de comerciantes que la adora y que le llevaron una corona en medio de torta y globos, pues ella es asidua visitante del lugar.

Yolanda Durier contrajo matrimonio con el holandés Paul Paffen, dejando una gran descendencia, pues sus cinco hijos le han dado 18 nietos, treinta bisnietos y una tataranieta. Al referirse a su esposo advierte que vivió con él casi 30 años en Bucaramanga, después llegó a Cartagena y se convirtió en una de las mejores vendedoras de finca raíz y ha continuado con oficios más caseros que aprendió recientemente, pues no sabía coser ni bordar.

La cotidianidad de doña Yolanda es muy particular, a sus cien años tiene una vida social envidiable y la misma se compone de visitas programadas a sus amigas, una de ellas es Bertha Sierra, hasta donde va cada viernes en el sector de Los Morros y lleva las toallas bordadas y las muñecas para vender.

Con la sabiduría que se logra después de diez décadas, indica que pensó que su próspero negocio nunca se acabaría, y mucho fue el dinero que dejó en el casino y los juegos de azar, pero también, con una mirada pícara, acompañada de una sonrisa como la de cualquier adolescente, dice que no le gusta estar encerrada en casa y por eso llama un taxi y sale, aunque eso le haya dado más de un dolor de cabeza a su hija al no saber dónde se encuentra.

Aclara que no fue rezandera y advierte que si le hubiese gustado ser tan católica como lo es ahora, sin embargo le tiene fe a la Madre Bernarda a quien en medio de súplicas le pidió que le concediera seguir caminando sin necesidad de más ayuda que la de su bastón y en quien confía la recuperación de uno de sus ojos que ya está vencido por la edad.

Doña Yolanda también acude a las invitaciones de sus sobrinas y los fines de semana llegan sus “Sábados felices” en casa de Blanca Sanclemente, ese programa es fijo y Claudia, la hija de su amiga, la recoge y la regresa pasadas las 9 de la noche. Dice que sólo sale cuando la llaman, a lo que su hija y nietas agregan, “sale cuando la llaman y cuando no la llaman, mejor dicho, todos los días”.

Siente que ha vivido feliz y la llena de orgullo saber que casi nadie cree su edad, también porque las celebraciones no terminan, son cien años vividos y trabajados, como advierte, “he adorado el trabajo”.



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