Justicia

09/08/2019 - 09:34

Con lo que pasa cada día en Colombia nos queda difícil hacer un lugar para el significado de la palabra justicia. Normalmente sale a relucir cuando hay un caso judicial de renombre. Para no ir más lejos, acaban de absolver a los hermanos Catalina y Francisco Uribe Noguera de ser cómplices del asesinato de la niña Yuliana Samboní del cuál ya fue juzgado y sentenciado el otro hermano, Rafael, como autor material. Dado todo lo que leímos, vimos y escuchamos con los medios de comunicación es bastante complicado no creer que hubo mano negra. Pero, ¿quién es el albañil, el contador, el plomero, el ingeniero, para juzgar algo de lo cuál el Poder Judicial ya dictó sentencia? Zapatero a tus zapatos, dice la justicia colombiana. Ante la duda, abstente, responde el transeunte. Y si hay plata...

Ya lo dijo también el bloguero Rafael Garrido en este sitio: Colombia es un país de bandidos. Claro pues, que no está bien meter a todos en el mismo saco pero ha sido más fácil como sociedad acostumbrarnos a la cultura traqueta y barriobajera de tomar justicia por nuestra propia mano porque quienes nos defienden no hacen nada. Hace poco ocurrió en Bogotá un caso en el que un campero se vio involucrado con un bus de servicio público. El chofer del bus se puso delante del campero para evitar que su dueño huyera y evadiera su responsabilidad. Acto seguido, el dueño del campero embistió al primero. La mejor explicación de lo ocurrido, en opinión de quien escribe, la dio el tuitero Andrés Borges:

El episodio del man del jeep es el ejemplo perfecto de lo que vale una vida en Colombia. Un conductor la pone como garantía porque cree que es un precio alto y el otro la cobra sin pensarlo porque cree que es un precio bajo.

— Andrés G. Borges (@palabraseca) August 8, 2019

Nuevamente, el concepto de justicia distorsionado e incluso, hasta desbordado.

Quien haya presenciado en su barrio cuando atrapan a un bandido que se le ocurrió robar a alguien en una calle concurrida, habrá visto la golpiza que se llevan antes de que llegue la policía. Es un secreto a voces que los uniformados a veces ralentizan su acción porque el caquito si acaso duerme la noche en la comisaría pues al no existir denuncias -por miedo o por pereza, lo que valga más- es liberado. De nuevo a la calle a hacer lo que la vida le enseñó. "¡Pero su trompera se llevó!", dirá un vecino. Realidad que se volvió cotidiana, al menos en el Caribe donde las esquinas son iguales en todos lados.

Familias enteras lloran a sus muertos y antes que dar perdón, claman justicia. Están en todo su derecho pero tristemente ven cómo ese mismo derecho se transforma en agonía cuando el proceso se dilata hasta un fatal vencimiento de términos. Ya lo sabrán los Colmenares que ven cómo cada 31 de octubre los medios ridiculizan la tragedia de su hijo y aún no se determina quién fue el verdadero culpable.

* Foto del encabezado tomada del tuit: https://twitter.com/jorgelopez59/status/1159474792300462090

SORBO FINAL: Ayer mientras esperaba el turno pa' la motilada escuché a una señora que se quejaba porque la peluquera no le respetó su turno. "Ella atendió primero a otra señora... ¡Me voy!", exclamaba indignada. Su marido en su amor y sapiencia le responde: "Mija, qué te vas a poner en eso... Si aguanté ocho años de Uribe ahora que no esperes un ratico más. ¡Déjate de eso!". Señores, si eso no es budismo costeño, no se qué más lo sea.


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