A mis 40, veinte: Octavo Capítulo. Perfecta salvo por ser fascista.

13/06/2022 - 02:16

Perfecta salvo por ser fascista

 

-La manilla de la puerta la tienes un poquito más allá.

-Ah, sí. Muchas gracias.

Todo lo que viene a continuación es completa y absoluta falsedad. Nada sucedió. Absolutamente nada tuvo lugar. Y, salvo la anécdota de mi dificultad para abrir la puerta de un coche deportivo, todo es mentira. Así que no lo crean. No hagan caso de lo que les voy a contar. Y, por favor, ni por asomo piensen que alguna de las cosas que se narra aquí de verdad aconteció.

-No estoy acostumbrado a los coches deportivos. Recuerda que vengo a la universidad en bici.

-No te preocupes, le pasa a mucha gente. Como es tan bajo y va tan pegado al suelo, todo el mundo acaba por desorientarse.

Imaginen una muchacha de veintitrés años. Metro setenta y cinco. Piel blanca y tersa en la que no es posible encontrar defecto alguno. Larga melena levemente rizada y brillante como la caoba pulida. Ojos castaños oscuros. Cuerpo delgado, tonificado y hermoso. Una sonrisa sincera, cálida y honesta. Voz angelical, suave y dulce. Una mujer joven, guapa, alegre y sumamente agradable. Si, además, es la mejor estudiante de tu promoción universitaria y si te acaba de acercar a casa en su deportivo italiano último modelo, a ti, pobre desgraciado, que se te ha pinchado la rueda de una bici que, por no ser, ni es tuya, sino de un amigo que te la prestó y que varios años más tarde aún espera que se la devuelvas…

-Te agradezco que me acercaras.

-Ten un buen día.

Siempre pensé que era la mujer perfecta. ¿Cómo tener todas las virtudes, todos los premios de la naturaleza, todas las cartas que la sociedad puede darte y aun así ser humilde, sinceramente amable y educada? Ni una pizca de vanidad. Ni atisbo de orgullo de la que nació guapa, lista y rica. Al contrario, vergüenza cuando se la alaba, bajar la mirada cuando se le dicen cosas bonitas, excusarse e irse cuando se la enfrenta con su apabullante colección de méritos.

-Te compré este librito. Es de uno de mis autores ingleses favoritos. Espero que te guste.

Es lo que tiene ser un romántico. Que te tratan bien y te enamoras en un plis-plas. Ella coge el libro. Se emociona. Debe de estar acostumbrada a que le regalen objetos carísimos y, sin embargo, se emociona de verdad al recibir un librito sin valor alguno por parte de un compañero cualquiera de su clase universitaria.

-Toma, yo también quiero regalarte un libro. Te compré este. Puse una dedicatoria un poco larga. Espero que me perdones.

Apenas dos días después se sintió obligada a responder a tu gentileza. Sólo que su libro vale como el triple del tuyo y, frente a la ligereza del contenido del que tú le diste, ella te entregó una pesadísima novela centroeuropea escrita por un pedante monumental que se cree francés. Bueno, en algo tenía que fallar.

-La dedicatoria es muy especial. Gracias.

-El libro trata de cosas especiales. De lo complicada que es la vida. ¿Tú no tienes sueños?

-¿Sueños?

-Sí, sueños que se repitan a menudo.

-¿Tú sí?

-Sí… Suelo soñar que un hombre me ata y me somete por la fuerza.

Mirada perdida en las nubes. Silencio atronador mientras tragas saliva viéndola suspirar y deslizar soñadora una mano sobre sus pequeños y firmes pechos. Sí, la mujer perfecta, tu compañera de promoción, la de la voz de no haber roto un plato en su vida y las notas de ser la hija buena de toda familia tradicional, te está confesando con toda naturalidad que sueña con tener prácticas masoquistas mientras te regala un libro sobre relaciones extramatrimoniales en el que ha escrito una dedicatoria de la que cae la humedad y en la que, sorpresa, sorpresa, es ella la que manifiesta su admiración por ti.

-¿Puedo hacer un comentario?

Un par de meses después organizas una charla política en la que convences a un profesor despistado para que se dirija contigo a un auditorio de apenas media docena de personas entre las que, por supuesto, está ella, que alza la mano, que sonríe y que habla con un tono de voz que hace imposible que los pocos asistentes que la rodean, todos hombres, no se la queden mirando embobados ante lo insultantemente linda que es.

-Yo, sinceramente, creo que ese problema se solucionaría sacando los tanques a la calle y decretando la ley marcial. Y todo aquel que la incumpla pues o se le detiene o se le…

Tristemente, la mujer perfecta tenía un pequeño defecto. Su ideología no era tan dulce como su apariencia. Ante la cuestión objeto de debate, cómo resolver la violencia callejera juvenil en una región problemática del país, su respuesta fue sencilla, clara y directa: a palos. Por eso, no me sorprendió cuando, años después, tras salir de la universidad, seguir nuestras vidas y perdernos la pista, te encontré en una calle cualquiera, de una ciudad cualquiera, repartiendo publicidad de un nuevo partido de extrema derecha recién nacido.

-¡Cuánto tiempo sin verte!

-Hola…, ¿te presentas por este partido?

-Sí, al Congreso. ¿Me votarás?

De momento te ofrecí invitarte a un trago cuando terminaras tu labor de proselitismo. Aceptaste. Unas horas más tarde nos mirábamos sonrientes acodados a una mesa de un rincón oscuro de un bar en cuyo extremo opuesto tus compañeros de partidos gritaban consignas y se emborrachaban sin prestarnos mucha atención.

-¿Aun tienes esos sueños?

-¿Qué sueños?

-Aquellos de los que me hablaste cuando éramos críos en la carrera.

-¿Los de sumisión?

-Sí.

-Sí, aun los tengo.

-¿A crees que se deben?

-A que nunca he conseguido que se volvieran realidad.

Sonríes. Me miras burlona. Das un pequeño sorbo de tu bebida. Han pasado quince años y sigues siendo igual de atractiva.

-Y yo sigo siendo igual de idiota.

-¿Qué dijiste?

No dije nada. Lo pensé en voz alta. Decido hacer una locura. Qué más da. Coloco la llave de mi habitación de hotel sobre la mesa. Una tarjeta magnética. La empujo levemente hacia ti. El hotel está a unas pocas calles de aquí. Miras la llave en silencio. Alzas la mirada. Sonríes.

-Me casé hace no mucho…

-Yo tengo otra copia. En la parte de atrás pone la dirección y el número de habitación.

Ahogas una carcajada. Me miras de arriba abajo. Piensas si estoy bromeando. Cuentas hasta cinco para tus adentros. Abres un poco la boca. Te das cuenta de que no.

-¿Leíste el libro que te regalé?

-Sí.

¿Y qué te pareció?

-Que en él había muchos momentos como este.

Asientes llevándote el vaso a la boca y bebiendo despacio. No apartas tu mirada de mí. Tratas de saber quién soy. En el fondo, no me conoces de nada. Apenas un recuerdo de hace una década y media. Un muchacho inocente. ¿Quién es este hombre que me hace proposiciones tan descaradas?

-En mi habitación hay una mesa larga y en mi maleta varios cinturones de cuero que habitualmente uso para sujetar los pantalones y que esta noche podrían sujetar otras cosas...

Arqueas las cejas. Bajas la mirada. Sonríes sin decir nada. Miras al techo. Te giras atraída por el griterío lejano de tus compañeros de partido fascista. Miras de nuevo la llave de hotel que descansa rozando tu mano, sobre la mesa, junto a un leve charquito producido por las gotas que se deslizan y caen del vidrio de tu vaso.

-Ahora que puede que sea una figura pública no puedo permitirme…

Me levanto antes de que termines la frase. De un trago termino mi bebida. Dejo el vaso sobre la mesa, al lado de la llave, frente a tu mirada detenida en mis dedos empujando un ápice más la tarjeta magnética hacia ti. Me despido con una inclinación de cabeza. Me voy del local.

-Quizá fui muy directo…

Hacía años que no os veíais. Está casada. Eres un extraño para ella. Y le propones algo salvaje y explícito. En un lugar público. La primera noche que os encontráis después de tanto tiempo. Qué tipo de mujer aceptaría una oferta como esa. Ninguna. Tendría que estar loca. Y ella es de una de las mejores familias de tu ciudad. Ganó una de las oposiciones más duras del país. Ha tenido una carrera brillante y ahora tiene un futuro político por delante. ¿Cómo pudiste ser tan necio para creer que aceptaría tu propuesta y vendría a tu habitación de hotel? Tales cosas pensaba yo, tumbado en mi cama, cuando sentí unos pasos en la moqueta del pasillo. Una presencia detenida frente a mi puerta. Un trozo de plástico deslizándose por un lector de tarjetas. Una figura de mujer recortada contra la oscuridad de mi cuarto y con el pomo de metal de una puerta abierta en la mano.

-Viniste…

Se cierra la puerta tras ella. Escucho el susurro de sus ropas cayendo sobre la alfombra de la habitación. Distingo su sombra oscura, desnuda, delgada y perfecta, caminando hacia la mesa. Sentándose sobre ella. Tumbándose bocarriba. Separando brazos y piernas tanto como es capaz. Girando la cabeza hacia mí. Mirándome fijamente. Vocalizando tan despacio que aún recuerdo sus palabras clavándose en mi piel.

-No hagas que me arrepienta.

Esa noche pasó. Las elecciones a las que ella se presentó también. Me horrorizaron las ideas que su partido defendió. Pero fue elegida. Tomó posesión de su escaño como diputada en el Congreso. Empezó a hacerse popular al formar parte del núcleo duro del partido. Normal en alguien tan brillante como ella. Me empecé a fijar en que su vientre se abultaba mes a mes. Anunció que estaba embarazada. En sus redes sociales publicó una foto con su marido y su hijo recién nacido. El niño se llama como yo. Nació a los nueve meses de tener a la que quizá algún día llegue a ser Presidenta del Gobierno atada a las patas de una mesa con varios cinturones de cuero sujetándole firmemente muñecas y tobillos.


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