UNA FICCION TAN REAL

31/10/2021 - 12:02

Aunque no se crea, muchas historias parecieran repetirse una y otra vez en un vórtice interminable de luces multicolores, pero también la mayoría de veces se reiteran en blanco y negro. Esta historia es tan ficticia como tan cierta, que los creyentes se convertirán en incrédulos  y los incrédulos en creyentes; además, sé  que la disfrutarán con la fruición más voraz que se pudiera imaginar.

Desde pequeño Jesús Petrosky Watts sufrió la enfermedad más cruel que la humanidad del globo terráqueo haya padecido, el hambre. Hambre que llevó pegada en sus huesos y entrañas hasta cuando pudo valerse de sus capacidades como maestro de escuela. Entonces, comenzó a deleitarse de las mieles de sus esfuerzos. Un trabajo que no lo compensaba monetariamente en nada, pues su salario era miserable. Sin embargo, se sentía realizado, porque era lo que había soñado: ser maestro.

Jesús Petrosky Watts me comentó que allí, en las aulas de clases, se vio reflejado en muchos rostros y cuerpos famélicos que llegaban con sus sonrisas apagadas, pero con los deseos y las esperanzas de aprender y “salir adelante” y “ser alguien en la vida” como dicen siempre que se les preguntaba  por sus proyectos de vida, como si ellos no fueran personas respondían con esas expresiones. Frases clichés que se han convertido en gritos de combate de aquellos que llegan llenos de ilusiones a todas las escuelas en un país de injusticias. Me afirmaba con un dejo de tristeza que los estudiantes le decían que en medio de la incertidumbre del hambre, de la desesperanza y de la muerte que les asechaban en las calles de sus barrios, vivían con el miedo adherido a su piel.

Para Jesús Petrosky Watts o el ˝Profe” como le decían sus estudiantes, esta historia la  vivió nuevamente en carne propia, porque esto era su pan de cada día desde que tuvo uso de razón. Me recordó en aquella conversación, con lágrimas en sus ojos, que su madre tenía  que hacer de tripas corazón, puesto que si había desayuno en su casa no había ni para el almuerzo ni para la cena. Algo muy común en todos esos lugares de miseria que circundan las grandes ciudades de esta  sociedad cosmopolita llena por montones de exclusividad y de exclusión.

Esta historia quizás tiene mucho de particular como también algo  muy diferente; total, enseña aquella frase de que alguien de tu más entera confianza, a quien le has brindado todo tu empeño y trabajo, te dará la “puñalada trapera”; frase tan contundente como la misma realidad que agobia a la mayoría de nuestras gentes.

En ese diálogo que sostuvimos  me contó  que era hijo único, salido de las propias entrañas del pueblo, que nunca había disfrutado las oportunidades que tenían los otros niños del barrio donde vivió su infancia, pues su madre, engañada y abandonada por un extranjero al enterarse de su embarazo, fue madre y padre a la vez, pero que había sido feliz con lo poco que ella le daba. Casi  llorando desconsolado como un niño, abandonado en la habitación donde vivía desde hacia muchos años se le quebraba la voz cuando recordaba sus vivencias de infancia y ahora de maestro. No sabía cómo pagar sus deudas, había quedado sin trabajo como consecuencia del recorte de personal que hizo la universidad privada donde laboró durante diez años aproximadamente. Trajo a sus recuerdos, con una sonrisa muy imperceptible, la anécdota de cómo perdió su nombre de pila por el de “El profe”.

El Profe desde muy joven decidió lo que quería ser cuando tuviera la primera oportunidad de ingresar a la universidad, ser maestro. Enseñar a niños y jóvenes para que sus ideales de libertad se cristalizaran con sus enseñanzas. Terminó su pregrado con lujos de detalles, se especializó con tesis laureada y su maestría la finalizó arañando el caldero como dicen popularmente, pues quedó sin un centavo por lo onerosa que le salió. Se podría decir que este ser que estaba frente a mi hizo todos sus estudios con muchos sacrificios, debiéndole hasta el alma a esa entidad chupasangre de los estudiantes del país, el Icetex.

Me dijo que cuando terminó quería tragarse el mundo, transformarlo y combatir las injusticias a través de la enseñanza, que sus discípulos fueran libres, autónomos y que la igualdad fuera la constante en todas las actividades de esta sociedad colombiana. Era su gran sueño, contribuir en la formación de niños, niñas y jóvenes y, por qué no, también de los adultos. Se preparó para ser maestro.

De los pensadores de la didáctica, de la pedagogía, de la educación en general aprendió mucho. Quizás era tan iluso, pero tan convencido de que en la educación de calidad y ofrecida con amor estaba la solución a tanto desequilibrio social, económico y político.  Sus maestros no sólo fueron los niños, las niñas y los jóvenes, sino también aquellos  de los cuales bebió sus teorías y que le indicaron el camino para lograr la excelencia combinando la teoría con la práctica: Vygotsky, Piaget, Feurstein, Montessori, Freire, Zubiría, entre muchos otros hicieron parte de ese gran caudal de sabiduría que surgían de cada una de sus lecturas.

En estos momentos de afugias  y sinsabores se preguntaba: ¿dónde están esos saberes sobre la inteligencia como estructura que puede ser modificable y desarrollarse en los estudiantes para que vinieran a sacarlo de estas tribulaciones? ¿ o cuándo se podrían aplicar aquellas grandes ideas de que el aprendizaje se construía paulatinamente durante los primeros años, y con la ayuda del contexto social del niño? ¿o aquella gran idea de que el niño necesita estímulos y libertad para aprender, ya que el maestro tiene que dejar que el alumno exprese sus gustos, sus preferencias y algo más importante aún, dejar que se equivoque y que vuelva a intentarlo varias veces?  Pero no encontraba a ninguno que lo consolara ante tanta decepción. Su motivación estaba por el suelo. Un vacío existencial le invadía el alma y le hacía el ser más miserable que existiese sobre la tierra. No había motivos. Tanto estudiar y ahora tenía las puertas cerradas, porque había sido estigmatizado por pensar diferente.

Ahora, muy acongojado y desecho en su ser, recordó la célebre frase de quien enseña aprende al enseñar y quien aprende, enseña al aprender. Una sonrisa amarga brotó de sus boca y esos saberes  que eran un legado adherido a su pensamiento se aferraba a su ser y le hacía  un pesado bulto en su consciencia. Me recordó que entró a trabajar en el dos mil nueve con el ánimo más grande que un profesional de la educación le podía entregar a su labor. En ese momento buscó entre sus recuerdos las primeras clases que intentaban escapárseles por los resquicios de una memoria exprimida y adolorida por tanto sufrimiento, como intentando justificarse el porqué de su despido sin explicación. No encontró nada diferente a su labor magisterial. Me dijo que quizás  la pandemia y su manto de muerte entre los más adultos era la justificación más cercana; pero no, eso no era un motivo de peso, pues siempre creyó que dio mucho de sus saberes para que lo hayan sacado  sin causa justa. También creyó que todo había sido orquestado por sus ideas liberales hacia la formación del ser humano. Algunos de sus pocos amigos le habían hecho la observación de que no hiciera tanto hincapié en sus intervenciones de la clase de educación  que la universidad ofrecía por estar más pendiente del lucro que de la calidad en la formación integral de los estudiantes, le dijeron en aquella oportunidad que se cuidara de no expresar esas ideas contraria a los intereses de una universidad tan mercantilizada como esa. Sin embargo, creyó en la autonomía de las universidades y en la libertad de cátedra y de pensamiento que en toda universidad debían primar. Pero ahora se daba cuenta que muchas universidades con esos criterios de negocio no aceptaban esas revolucionarias ideas y que para ellas eran  afrentas y exabruptos conceptuales. Y hoy, en medio de su conversación, era uno más de los desempleados de este país donde las estadísticas de muerte por pensar diferente se acrecientan diariamente.

Ese día vi que se sacudía los pedazos de nostalgia que aún le quedaban de su profesión y comenzaba a buscar  algunos apuntes en una agenda donde escribía todas sus percepciones sobre los ires y venires de su hermosa vocación, pero tan degradada por los comerciantes de la educación.

Creo que aquel día él sintió que le invadía una rabia milenaria a su sindéresis. Vi en sus ojos una nube de presagios oscuros combinándose tal vez con malos pensamientos y posiblemente le surcaron el mar de sus pretéritos recuerdos. Seguramente esos pensamientos aciagos se desgajaron en una oleada de dolor  y zozobra y  mancharon con tinta roja los titulares de las páginas de sucesos que al día siguiente hablaban del suicidio de un maestro.

 


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