Mujeres y niños cargando agua

El día mundial del agua, sin agua

22/03/2018 - 05:24

Hoy, 22 de marzo, se celebra el día mundial del agua. A diferencia de muchos otros «días de...», que son esencialmente instrumentos propagandísticos para que los fabricantes de baratijas y corazones de azúcar se llenen los bolsillos, en este día nadie se llena los bolsillos de nada, simplemente porque a nadie le importa. El 22 de marzo es el día de la vergüenza de una época que con cinismo barato hemos llamado «sociedad de la información», «mundo globalizado», «era tecnológica». A muchos les sorprenderá saber que 750 millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua potable. Y que la mayoría de pozos que los más vulnerables de nuestros hermanos utiliza para extraer agua y llevarla a hombros hasta su casa para beber, cocinar, lavarse y asear a sus hijos, no es apta para el consumo humano. Les sorprenderá también saber que una buena parte de los casos de malnutrición infantil, de la cual en Colombia tenemos un récord, no se debe a la falta de alimentos sino al consumo crónico de agua contaminada.

Aunque yo siempre he sido un afortunado, toda mi familia materna viene de San Antonio Nuevo, un corregimiento de Sahagún, Córdoba en el que los grifos, las «plumas», las «llaves» sólo funcionan de vez en cuando, y el «acueducto» consiste en unas pocas tuberías conectadas a una motobomba y un pozo que no cumple con ninguna de las recomendaciones de salubridad de la Organización Mundial de la Salud. En San Antonio, me cuentan por información de doña Auxiliadora Márquez, hubo un primer pozo artesanal de 5 metros de profundidad construido en 1974 y luego, gracias a la gestión de un vecino, el señor Omar Cuello, se logró la construcción de un pozo mejorado en 1993, cuya profundidad desconozco, pero que sin duda sigue siendo insuficiente para las necesidades de la población. Fue construido con unos recursos exiguos provenientes de los rotos bolsillos de sus pocos habitantes. En cualquier caso, la mayoría de los sanantonieros tienen que ir cada día a otros pozos artesanales para extraer manualmente el agua, porque el acueducto sólo bombea por sectores y de vez en cuando. Durante el verano, ni eso.

Recuerdo que visitaba el pueblo de mi abuela durante las vacaciones, e incluso alguna vez trabajé en labores del campo para ganarme unos pesos que gasté casi todos en llamar por teléfono a una novia que tenía por entonces, como todo un snob de pueblo que visita un pueblo más pequeño. Pero lo que para mí era una aventura vacacional, para mi abuela, mis tíos, mis primos y todos los que habitan ese pueblo, era el día a día y la sólida verdad de sus vidas. Llevar el agua al hombro. Los más afortunados tenían un pozo cerca. Otros tenían un burro sobreexplotado para transportar los «tambucos» de agua. Pero nadie tenía la suerte de tener agua buena, dulce, corriente, accesible. Y muchos años después, todo sigue igual. No importa por quién voten y no importan cuánto trabajen.

Pero eso es sólo la punta del iceberg. El acceso al agua está directamente relacionado con el acceso a insfraestructuras de saneamiento que permitan un manejo seguro de los desechos orgánicos. Sin estas infraestructuras, las excretas y demás residuos van a parar a las fuentes de agua: ríos, arroyos y especialmente acuíferos, contaminándolos y convirtiéndolos en caldos de cultivo de enfermedades gastrointestinales, mosquitos y parásitos de todo tipo que reducen seriamente la calidad y la esperanza de vida, aumentan la mortalidad infantil y truncan la economía de muchas comunidades que dependen directamente del agua, la tierra y los cultivos. Todos sabemos que cuando estamos enfermos no somos productivos, especialmente si la producción depende del trabajo físico. Todos sabemos que los niños que tienen que ir a buscar el agua al pozo no pueden ir al colegio, y si van no pueden desenvolverse como deberían, porque estudiar y trabajar es muy difícil a los 8 años. Son principalmente las mujeres y los niños quienes suelen trabajar en la extracción y el transporte diario del agua. Y esto no sólo sucede en San Antonio: hay lugares en Colombia y en el mundo en los que las cosas están mucho, mucho peor y los niños mueren diariamente a raíz de enfermedades relacionadas con el agua.

El acceso al agua es un derecho humano fundamental. Es verdad que ante las cifras y los hechos que acabo de mencionar todo el discurso de los derechos humanos parece vacío. Pero hay quienes trabajan para que ese derecho sea una garantía de dignidad para todos y es verdaderamente catastrófico que ese trabajo no sea reconocido e impulsado por los gobiernos. Hay quienes dicen que las ONGs no sirven para nada. Yo digo: si los gobiernos sirvieran para algo, no necesitaríamos ONGs. Pero es todavía más grave que a nadie le importe el destino de miles de niños que cada día nacen sin la oportunidad de beber agua de calidad. El agua es vida. Negar el derecho al agua es negar el valor de la vida. Si a todos nos importase aunque fuera un poquito que hoy sea el día mundial del agua, quizás podríamos dar un paso hacia la victoria en esta lucha justa. La única guerra justa es aquella que propende por la dignidad de la vida. A nosotros ya no nos basta con estar vivos: queremos crecer, queremos educarnos, queremos tener una vida mejor y ofrecer una vida mejor a otros. De todos los recursos naturales, el más importante para que la vida florezca, crezca y se dignifique es el agua. Es nuestro deber trabajar coordinadamente y en el área en que mejor podamos servir para que todos puedan acceder a ella de manera segura. Señores gobernantes y representantes de las comunidades, les estoy hablando a ustedes.


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