CUSTODIO VELÁSQUEZ

08/02/2019 - 08:40

“Y ellos me habían enterrado

como a un perro, metido en un ataúd,

común claveteado, y arrojado a lo

profundo, en lo profundo y para

siempre, de alguna tumba ordinaria,

anónima”.

EDGAR ALAN POE

 

Custodio Velásquez es un tipo moreno, bajito de estatura, más bien gordinflón, de unos bigoticos medio ridículos, guajiro de nacimiento y dedicado desde hace años al cultivo y al tráfico de la marihuana. Con afán acomoda cinco mudas de ropa en un maletincito de cuerpo, se sienta al volante de su poderosa Ranger azul, y así, sin más ni más, abandona las hermosas tierras de la península de la Guajira; a más de ciento veinte kilómetros por hora pasa por el puente Pumarejo en esta noche majestuosa, de lejos observa a los curramberos bailando extasiados las verbenas premonitoras del próximo carnaval, medio escucha las conversaciones de los fanáticos cartageneros sobre los cuadrangulares o los ponchados en el campeonato de béisbol profesional, y se viene a Sincelejo a parrandear a las fiestas del veinte de enero.

Custodio Velásquez se hospeda en el 301 del Hotel Marsella, y una vez instalado se va en busca de Rodolfo Aljure para que le consiga una buena chica. “Pero eso sí, viejo Rodo, que sea bacana en todo”: le advierte a Rodolfo, traficante de drogas que oculta su verdadero oficio tras las popelinas y las sedas y los demás enseres que vende en un almacencito de telas y encajes, allá en la calle La Pajuela.

Es el anochecer plenilunar del dieciocho de enero de mil novecientos ochenta, brillante y fresca noche propicia para calentar motores, para poner en forma el organismo y prepararse de una vez por todas para gozar lo que se avecina. Custodio, emocionado con la rubia que ha conocido y en compañía de Rodolfo y de otra hembra, ha estado de rumba en un bailadero por los lados de Tolú. Regresan apretados en la cabina de la Ranger, en el pasacinta moliendo y moliendo vallenato tras vallenato a todo timbal, echando velocidad de la buena por la tortuosa carretera, tomando y tomando whisky, en fin, gozando de lo lindo.

Cuando el reloj que está en el pasillo le recuerda al portero que son ya las cuatro de la madrugada, se detiene bruscamente frente al hotel, Custodio Velásquez en su Ranger. De un ágil salto baja del carro, cierra de un golpe la portezuela, se pasa una mano por la cabellera revuelta y se encamina al hall del Marsella. El somnoliento empleado abre la puerta y al segundo sobre su mano le colocan un billete de cien pesos. “Allí tienes viejo man, para que la goce con su pelada”: es lo que escucha. Cuando voltea, ya Custodio Velásquez, en la habitación, se está tirando descuidadamente en la cama, se sopla fuertemente la nariz, se duerme y llena la pieza con un ronquido agudo y ensordecedor.

Ha pasado el tiempo y está todavía acostado de bruces, dormido, roncando y sin saber que son cerca de las diez de la mañana. Ahora que la sed lo corroe por dentro y por fuera, ahora que la saliva espesa y salobre se le amontona en la entradita de la garganta asfixiándolo, ahora que la sofocación es intolerable; despierta y se estira cuan largo es, se levanta de un golpe, se desviste, se va al cuarto de baño y se mete bajo el chorro de agua fría que fluye por la regadera, después de abrir la llave.

Está radiante la tarde del diecinueve de enero, y en medio de este fulgor se han prendido las incomparables fiestas en Corraleja. Custodio Velázquez enardecido “guapirrea” y “guapirrea” en los palcos con su amigo y las dos chicas, ingiriendo whisky que para comodidad han envasado en un garrafón de ron Tres Esquinas, y se ríen sin consideración de un carajito con una cicatriz en un cachete que se atrevió a preguntarles:

─ Oigan. ¿Y ustedes por qué toman Tres Esquinas revuelto con orín?

La tarde de Corraleja está en su punto y arde inclemente. Todos bailan acompasadamente las notas de los fandangos y los porros, con los brazos abiertos como intentando abrazar el mundo, moviéndose así, así, con cadencia, suavemente la cintura de un lado al otro, bamboleándose y bamboleándose, mientras las manos cerradas, empuñadas para no dejar escapar a la alegría, o abiertas, con las palmas hacia el cielo para que el sol se mirase en ellas y sonriese de emoción. Y en los rostros felices de las hermosas mujeres sabaneras, sus mejillas se ven pletóricas de la dicha que trae por dentro la tradición y el folclor. Es en medio de la fiesta que un toro negro y grande de cuernos puntiagudos y largos, empitona en la barriga a un escuálido descamisado de pelo rojo y lo sacude furioso de un lado a otro, mientras Custodio Velásquez con la botella en las manos gesticula y danza en los palcos al ritmo de María Varilla. La gente grita histérica cuando el muchacho de pelo rojo sale por los aires y cae revolcándose en la arena. Al tanto el ganadero exclama a boca llena, empapando su guayabera blanca con un espumarajo amarillento, que “ese toro es mío, carajo, que se meta otro”; y su hijo, a su lado, agita en el aire un sombrero sabanero y enloquecido se abraza a una botella de ron mientras baila y baila, y entre más baila más apresurada le corre la sangre, haciéndole sentirse macho y poderoso porque son los toros de su papá los que están que cogen a todo el que se mente. Sintiéndose feliz les grita a los integrantes de una banda que está a sus espaldas:

─ No joda, muchachos. Toquen el Arranca teta. Y “guapirrea” con un grito sonoro que sale de lo más profundo de su ser, y canta con emoción antes que empiecen los acordes: “...que tiene un toro que se respeta, y que hace la fiesta, a ese toro lo llaman famosamente en todas las plazas, el Arranca teta. Ay juepa jeeee, ábranle la puerta, ay juepa jeee, al Arranca teta”. Aplausos de todos los cercanos, y al instante y a lo lejos, en otro palco, una banda deleita a muchos con los acordes de un porro pelayero.

La tarde avanza desenfrenada y la fiebre de goce sube y sube, y se sueltan en la Corraleja más y más toros, y los manteros emocionados y en tropel se pasan las panchitas de aguardiente de mano en mano, y toman a pico de botella, y tragan el líquido quemante y anisado, y se lanzan a darle tres o cuatro buenos trapazos al toro, a ponerle un excelente y vistoso par de banderillas, a cogerlo por el rabo, a agarrarlo por los cuernos, a dejarse corretear por el redondel de la plaza, a fregar y a vacilar hasta que Dios no lo quiera, el cacho rompa la piel y abra las carnes y la sangre brote a borbotones mojando la tierra amarillenta. Esto es así toda la tarde.

Afuera de la plaza las tristes y lánguidas putas de esquina se pasean tratando de asegurar cliente, por doquier las fritangueras de toda una existencia preparan masa de maíz y la convierten en arepas y empanadas, algo más allá las carpas están atiborradas de gente comiendo carne con yuca y suero, mientras beben espumosa cerveza bien fría, y más allá aún, un parque de diversiones lanza al aire por su ronco y vetusto altoparlante un vallenato de los Hermanos Zuleta, y mientras los niños gozan y gozan dando vueltas y vueltas, vueltas y vueltas en carritos de colores y caballitos de madera y cohetes espaciales y sillas voladoras.

La tarde de toros llega a su fin. La gran mayoría, con el cuerpo hinchado de licor, se dispone a esperar que la noche entre en pleno para que se abran receptivas las casetas y los bailaderos, o empiece de una vez por todas el remolino celestial de la rueda del fandango, impregnándose el aire con el aroma de las velas, para que sea la noche envuelta en la vaporosidad de las amplias y pomposas polleras. Los infortunados reposan en los pabellones de caridad del Hospital Regional, después que los médicos los sometieron a una cirugía para repararles los daños hechos por los toros, o les aplicaron unturas en los moretones y raspaduras.

Custodio Velásquez, Rodolfo Aljure y las dos chicas, esta noche se reunirán a las nueve para ir a bailar al Club La Selva, un restaurante convertido en caseta donde va a tocar el Binomio de Oro. Puntuales todos se encuentran en el sitio acordado, se encaminan para La Selva, pagan la entrada, se ubican en una mesa cercana a la pista y piden una botella de whisky. El mesero ─ un morenito, bajetón, con la cara llena de huellas de acné juvenil ─, les coloca en la mesa un tanquecito plástico de color rojo lleno con pedazos de hielo, cuatro vasos pequeños y cuatro grandes, dos de Coca Colas y una botella de Ballantine. De allí en adelante es beber y bailar, bailar y beber, hasta que con sus dedos estampe pinceladas de amarillo en el borde del horizonte, un tierno sol a punto de brotar.

Es ya el mediodía del caluroso veinte de enero, y Custodio Velásquez acostado boca abajo siente una pesadez en los párpados, un piar de pollos recién nacidos en los oídos y una sensación de movimiento en los objetos que lo rodean. Como puede se pone de pie y avanza bamboleante al baño. La ducha medio le alivia el sopor gris del guayabo. Se bebe de un solo tiro el agua que llenaba una jarra metálica, que encontró en una mesa. Se mira en un espejo, se pone una pinta limpia, con una peinilla se organiza el cabello y se dirige al restaurante del hotel para almorzar.

Ahora que son las dos de la tarde, ahora que unos rayos ardientes de sol recorren implacables las calles y rincones de Sincelejo, con las pilas bien puestas se encarama Custodio Velásquez en la Ranger, acelera a fondo y con estrépito se va a buscar a su amigo y a las chicas para asistir a la Corraleja. Avanzando por la avenida Las Peñitas recuerda que Rodolfo Aljure le dijo la noche anterior en La Selva:

─ Hay que ir bien temprano, porque los palcos se llenan por ser veinte de enero. Además, hay expectativa ya que la torada no es de Arturo Cumplido, como es la tradición. La gente quiere ver si los toros de Pedro Juan que se van a jugar, son mejores que los de Arturo. Algunos temen que algo malo pueda pasar por eso de dañarle la manda al ganadero, pero la gente al final a esos cuentos no le para bolas.

Con las dos parejas a bordo se detiene el auto en la misma plaza de Mochila, frente a la Corraleja. Con el jolgorio acostumbrado, con un calor tropical que quema hasta calcinar los huesos y bajo la brillante luz de mediados de enero, se inicia el segundo día de toros. Todo está maravilloso: alegría, risas, entusiasmo, las bandas tocando al máximo y el aire empapado de ron. La tarde se devora a sí misma, efervescente y grandiosa. En los palcos y en la plaza, la muchedumbre inmersa en la esencia de las fiestas, no ha notado que el sol se ha marchado, que negras y densas nubes se han detenido sobre sus cabezas y no ha sentido las gotas de agua lluvia que han empezado a caer. Ya llueve a chorros, pero la gente sigue disfrutando las fiestas. Parece que las bandas tocaron con más bríos ya que la música choca y estalla explosiva sin alternativas contra el firmamento, y suenan excelentes los acordes de los porros “La Seca”, “El toro Balay” y “Montería”, y se pone la piel de gallina y se erizan los vellos cuando se grita el “Juiii pi-piii”, y al sonar de los compases de los fandangos “El Perro Negro”, “La Macoca”, “Fandango Viejo” y “Veinte de enero”, nos desbordamos de emoción todos, y es cuando se “guapirrea” con más fortaleza, y se toman los tragos grandes y seguiditos para darle más calor al cuerpo. Todos hacen parte de un torbellino descomunal que gira y gira, y en ese girar desenfrenado es que se van cayendo, para desgracia de todos, varios palcos de la Corraleja.

Custodio Velásquez, apresado por una gruesa viga de madera y con una gran herida en el cuero cabelludo, yace desmadejado y tendido en el suelo. Siente en su garganta los tragos ingeridos durante toda la tarde, y revive las imágenes de los manteros y los garrocheros tras los toros, y recuerda a los hombres agarrados del rabo de los animales deslizarse veloces por la plaza, mientras lo toros desesperados brincan y patean y tratan de librarse agitando la cabeza con furia o tratando de enganchar en sus cuernos carne humana, y escucha el sonido candente y rítmico de las trompetas y de los bombardinos y de los platillos y de los trombones de vara y de los clarinetes y de los bombos y de los redoblantes, dando origen: a porros y fandangos y mapalés y puyas y cumbiones y butacas, y se siente soportando la oleada vaporosa de la gente engrandecida que se apretuja en los palcos, y lo invade el sudor de la costa, se derrama de alegría mientras la fiesta lo inunda por dentro, y antes de entrar en los terrenos de la muerte siente que todo eso es lo que son en sí las Corralejas. Custodio Velásquez se escucha maldiciendo con ganas, hijueputiando a la lluvia que vino a arruinar este glorioso veinte de enero, y precisamente en el día del santo patrono. Sabe que de la herida en la cabeza brota sangre a montones desde que una estaca de madera le golpeó violentamente, en el instante justo en que una banda iniciaba los acordes del Conejo Pelao, y recuerda que al caer al suelo un tronco grueso le apresó las piernas y sintió sus huesos traquear y estallar en múltiples pedazos.

A su alrededor mueren muchos. Del cuerpo de Victoria, su rubia compañera, se escapan parte de los intestinos y nadan en el barro. Llena de espanto está su mirada, con la boca abierta espera la oportunidad para hablar, la oportunidad que no llega, que no llegó.

Ahora que Custodio Velásquez siente sobre sí la muerte, ahora que se percata que Victoria ha quedado inmóvil, por su memoria pasan al unísono los hechos de su niñez, adolescencia y su adultez, la siluetas de los familiares y amigos de la Guajira, el aroma de las noches de parranda, y ve la claridad de los días de goce en estas fiestas del veinte de enero, que vino la lluvia a dañar y a rematar la caída de los palcos, y lo último que observa es su Ranger azul parqueada algo más allá. Para Custodio Velásquez se detiene el tiempo, ha muerto, y no llegó a saber que a estas mismas horas Rodolfo Aljure y la otra chica han muerto también, ni se imaginó que será enterrado en una fosa anónima, ni que sus familiares esperarán informaciones suyas, horas y días y semanas, y ano recibirlas soportarán con dolor su desaparición y supondrán su muerte en medio de la Corraleja, lamentarán su entierro en el anonimato, y ni sentirá él, Custodio Velásquez, el acongojamiento y la tristeza de sus amigos.

Una Ranger azul permanecerá abandonada en la plaza de Mochila, esperando las cuatro personas que ha traído. Esperando a Custodio Velásquez y a sus amigos, pero al cuarto día cuando el personal del tránsito la retire, ya Custodio Velásquez estará llenándose de gusanos en una fosa anónima.