La etiqueta del robo en cuatro actos

13/08/2010 - 14:54

Después de haber presenciado y sido víctima de varios hurtos en diferentes zonas de nuestra geografía nacional me atrevo a plantear que aunque el acto de robar en la calle es el mismo, los mecanismos y rituales que lo enmarcan no.
Hay rateros más cultos y amables que otros (o por lo menos más preocupados por atender mejor a sus “clientes”), más temerosos, tímidos, cínicos, descarados y violentos. En cada ciudad del país priman algunos comportamientos. Quizá porque en medio de la necesidad de supervivencia y la prevención ciudadana, las estrategias al momento de robar tienen que cambiar.

I ACTO
Cartagena, Avenida Venezuela.

La conversación animada con una amiga fue interrumpida por un tipo de ojos enrojecidos y desorbitados. Su cara de “mírame y no me toques” nos anunció que una nube negra se posaría sobre nosotras. Con acento completamente golpeado le dijo a mi compañera “sabe qué mi vale, esas argollitas me gustan”.
Mientras señalaba sus orejas (con un dedo índice de uña negra y sucia), mostraba bajo su camisa lo que inferíamos era un arma (después del susto discutiríamos que tal vez era un platanito, porque su torpeza y afán no le hacían ver con la seguridad de quien porta un revolver o algo parecido).
Con una agilidad indescriptible se las quitó y metió en la boca – ¡las argollas que le dio la mamá el día de su primera comunión!- al tiempo que miraba temeroso a todos lados y corría musicalizado con nuestra frase a gritos “ojalá te las tragues y te tapes, ratero”.
El ladrón cartagenero es nervioso, pierde el control cuando una grita o discute, y siempre mira a todos lados con impaciencia mientras hace su fechoría. Creo que el cartagenero es algo inocente y torpe para robar.

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II ACTO
Medellín, barrio Pilarica.

Una salida a comprar a la tienda lo que en la costa llamamos “un tóxico” o “sancocho de tienda”, vino acompañada de un susto. El celular llamativo de Maryolis propició el hecho junto a una calle sola y un “papayazo”. Este robo fue práctico y rápido: Pistola a la vista, miedo que invade, cooperación que no falta, teléfono en mano y piernas que desean correr.
“Parce, deme la cartera también”, decía el ladrón mientras el tendero se percató de lo sucedió y salió a gritos con improperios y haciendo tiros al aire. Los ladrones emprendieron la huida en su moto (mientras uno cometía el ilícito, el otro esperaba con el motor encendido) no sin antes mostrar su “poder” respondiendo con balas al tendero.
Sobra decir que las caras de las víctimas estaban pálidas y las manos frías. El ladrón paisa va sin reparos por su objetivo.

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III ACTO
Cali, paseo peatonal de la Carrera Primera o Avenida Colombia.

Las recién inauguradas luces del alumbrado de Cali eran el espacio ideal para una caminata romántica. ¡Sí cómo no!
“Buenas noches, somos del frente X de las FARC y vamos a hacer un operativo en Popayán, pero necesitamos recursos para tomar un autobús. Les solicitamos su colaboración”.
Obvio, qué FARC ni qué nada, pensé. El atuendo del moreno y su actitud sospechosa no daban para tanto, sin embargo al pretender esquivarle nos salieron al paso dos personas más, dejándonos sin forma de huir y amenazándonos con frases como: “mirá, sangre y balas en pleno diciembre y frente al alumbrado… nadie quiere eso”.
-¿Me permite su dispositivo móvil de comunicación… por favor?
-Pero, déjeme la simcard, sin eso estamos fritos.
-Naturalmente señorita, estamos para colaborarnos, ¿cómo se le ocurre que la vamos a dejar sin contactos?
Sus secuaces huyeron, pero él nos acompañaba mientras caminábamos, como un amigo más hablaba del mundo y sus problemas. Estaba armado (aparentemente) y muy cerca de mí.
-… Y necesitamos registro de imágenes de nuestras labores allá… ¿me permiten su cámara fotográfica… son tan amables?
-Ay, estamos de vacaciones ¿nos vas a dejar sin recuerdos? Déjanos sacar la tarjeta…
-Claro que no, sáquenla, es que estamos para colaborarnos… este país está tan podrido que ya la gente ha perdido toda vocación de servicio, y la solidaridad, ya no respetan a nadie y abusan…
Lo interrumpimos, ya llevábamos varios metros caminando.
-Ya déjenos, no tenemos más para darle…
-Lo que pasa es que somos un equipo de trabajo, y tengo que cerciorarme de que los demás sepan que ya ustedes colaboraron, han sido muy cordiales y amables (o idiotas –pensé yo-) y no quiero que les hagan nada.
Varios metros después el ladrón nos tendió la mano despidiéndose.
-Hasta aquí los acompaño, muchas gracias por la compañía. Señorita, (me miró a los ojos), la felicito por su entereza de carácter: no gritó, no armó escándalos… el caballero supo proteger a su mujer… eso es lo que uno espera, la gente así es la que necesita nuestro país. Espero que tengan una buena noche (ya nos la había dañado). Mi nombre es fulano, y estoy a sus órdenes.
Se fue caminando muy rápido y a los metros corrió. Todo fue muy rápido. Casi le damos las gracias por robarnos y hasta pensamos en porqué no lo llevamos a casa a ver qué más quería. Ese ha sido el robo más protocolario que he visto o vivido, y sólo nosotros –hasta el momento en que corrió y gritamos llamando a la policía- nos dimos cuenta del ilícito.
El ladrón caleño es solapado, fingido, y cuando quiere se toma su tiempo, pero con altura.

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IV ACTO
Bogotá, bus articulado de Transmilenio.

Suavecito. Sin mucha notoriedad.
El único consuelo que uno puede tener en un “casi aplastamiento” en un Transmilenio, es no sentir tan duro el rigor de la fría mañana bogotana.
Sin embargo, en medio de tanta fricción, las manos sigilosas no fallan y el exceso de confianza a veces no colabora, es que ¿cómo no darse cuenta si te tocan y si el celular está tan metido en el jean?
El dichoso aparato en el bolsillo trasero del pantalón es mala idea, sobre todo en una ciudad donde hay manos tan sigilosas: ¡ni siquiera te permiten sentir el agarrón de nalga!
Y las caras serias de “usted no me importa”, no dejan si quiera saber quién pudo haber sido el ladrón.
Te bajas del bus en la estación que tenías prevista, pero con un fuerte ardor en el corazón.
Los ladrones bogotanos tienen manos mágicas, roban con dolo… y con anestesia.


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