Nando Pérez, el cantor de Marialabaja

Nando Pérez, la tierra es un son caribeño


Entrado el nuevo milenio, muchos cartageneros volvieron a acordarse del cantante Nando Pérez, gracias a la aparición de un video realizado por el cantautor Boris García, en compañía de otros artistas locales, quienes rindieron homenaje a la canción “Samba en Palenque”, del compositor Joaquín Torres Caballero. 
El homenaje no pudo ser más acertado, pues, en los años 80, Hernando Pérez Guardo —su nombre de pila— logró que el grueso público colombiano supiera de su existencia mediante ese son caribeño que le granjeó grandes reconocimientos y le abrió todas las puertas del espectáculo, para terminar convirtiéndose en uno de los grandes clásicos de la canción popular de la región.
Antes de tal suceso, Nando Pérez era un tanto conocido por canciones como “Fidelina” y “Taconazo”, que le fueron erigiendo un nombre en el ambiente musical costeño. Mucho antes, se le veía acompañando al Combo del Inem y a la orquesta Inéditos de Colombia, que, al decir de él mismo, fueron sus escuelas en eso de dominar la orquestación, las tarimas y los grandes públicos.
Varias veces lo vi en las celebraciones pre novembrinas de la Plazoleta Telecom o en la Plaza de Toros Cartagena de Indias, acompañando a Los Inéditos; y, para esas calendas, Nando Pérez lucía sin complicaciones su escasa estatura, su delgadez y su peinado afro, pero también la eterna sonrisa con la que se ganaba la simpatía de quienes asistían a sus presentaciones.
Después del estruendoso éxito de “Samba en Palenque”, Pérez sembró expectativas en sus seguidores, quienes esperaban que su nueva producción discográfica triunfara en las mismas proporciones que la anterior, idea que, al parecer, también circulaba en la cabeza del cantante. Tal vez por eso acudió de nuevo a los buenos oficios de Joaquín Torres, quien le entregó la canción “El ribereño”, que, a decir verdad, logró escucharse en las emisoras, pero jamás alcanzó los niveles de popularidad de la canción dedicada a Palenque.
Nacido en el municipio de Marialabaja (Bolívar), a hora y media de Cartagena, Nando Pérez es aún considerado uno de los mejores cantantes de música tropical que ha dado el ambiente musical cartagenero, pese a que lo suyo no son las interpretaciones con altas tesituras, sino las melodías exquisitas y los ritmos más contagiantes asumidos con sutileza, afinación y buen gusto.
Ejemplo de ello son canciones como “Chica de caramelo”, de Víctor Méndez, que publicara al final del boom de las orquestas cartageneras; “Tras las rejas”, de Tomás David Puello; y “La primera vez”, de Reinaldo Mora, que hiciera parte de un disco compacto que Pérez Guardo concibiera en el formato de la salsa romántica, como una forma de sobrevivir aferrándose a las tendencias de los nuevos tiempos.
Pero nada positivo sucedió con esa producción. Contó con los mejores arreglos, composiciones inmejorables y, desde luego, la excelsa vocalización que exige ese formato, pero nada extraordinario sucedió, salvo que Nando Pérez desapareció de los escenarios cartageneros y de los estudios colombianos de grabación, sumado a que muy pocos percibieron en qué momento arregló maletas y voló hacia Bogotá, y luego a Estados Unidos.
Al momento de escribirse esta entrevista, Nando Pérez ya completaba diez años de estar viviendo en el país del norte --en Los Ángeles, para más señas-- en donde ha hecho parte de agrupaciones latinas de música tropical, ha sido docente de música y conformado una agenda de compromisos tan apretada que ya son incontables las veces que le ha tocado aplazar su regreso a Cartagena.
Por esa razón, entrevistarlo no fue tan fácil. La última vez que lo vi y conversamos fue durante un episodio funerario que sobra detallar ahora, pero en ese momento el cantante me contó algunas cosas de sus orígenes musicales en Marialabaja, en Cartagena y, sobretodo, en el boom de las orquestas cartageneras de los años 80, fenómeno del que fue sin duda uno de los grandes protagonistas.
Catorce años después, cuando las fotos del facebook lo muestran  maduro y calvo —a lo Ruby Pérez— intentamos reanudar la conversación mediante las redes de la internet, pero Nando Pérez aceptó que detesta conversar a través de correos electrónicas. Así que decidió gastarse una llamada telefónica para seguir dialogando acerca de su presencia en la escena musical cartagenera.

Taconazo, un taconazo me dio...

—¿Cómo era el ambiente musical en el Marialabaja de su niñez?
—Bastante intenso, porque yo nací en El Chumbún, un barrio muy pintoresco de ese municipio. A toda hora había gente tocando algún instrumento, cantando o bailando. Uno de esos músicos era mi papá, Juan Alberto Pérez Narváez, quien tocaba los timbales, la trompeta y también cantaba. Mi bisabuela,  Marcelina Gutiérrez Julio, era cantadora de bullerengue. Mi mamá, Carmen Guardo, también cantaba muy bien, aunque nunca lo hizo de manera profesional. Creo que todo ese ambiente hizo que poco a poco me fuera atrapando el gusto por la música. Por eso no perdía oportunidad de participar en cuanto acto cultural hubiera en el Colegio San Luis Beltrán, donde hice la primaria y di mis primeros pasos cantando o tocando algún instrumento. Recuerdo una vez que me invitaron a la semana cultural de otro colegio y encontré un público como de 1.500 alumnos, lo que me pareció una experiencia maravillosa para ser mi primera vez ante el llamado monstruo de las mil cabezas. Después de eso, mi nombre quedó sonando en todas las escuelas del pueblo.
—Y fuera del ámbito escolar, ¿cómo fue la experiencia?
—La experiencia comenzó con mis primos Dagoberto, Rafael y Edgardo Guardo. Con ellos hicimos un conjunto, cuyos instrumentos eran utensilios de cocina y una quijada de burro. Con esos elementos íbamos a tocar a diferentes partes del pueblo, interpretando las canciones de Alfredo Gutiérrez, Enrique Díaz y Joe Arroyo.  Una que me aprendí muy bien fue “El negro chombo”, que más tarde cantaría con el Combo del Inem, y me aplaudieron mucho.
—Y ¿cómo empezó la experiencia en Cartagena?
—Tenía unos 10 años de edad cuando terminé la primaria en Maríalabaja y mi familia se trasladó a Cartagena, a la Calle Lozano y Lozano, del barrio Bruselas. Fue entonces cuando me inscribí en el Colegio Inem, aunque también me presenté en el Liceo Bolívar; pero mi deseo era entrar al Inem, porque allí estudiaba un primo mío llamado Olmedo Jiménez, quien es músico profesional. Ahora  vive en México, pero empezó en el Combo del Inem. Por fortuna, pasé, y casi enseguida fui buscando las maneras de integrarme al grupo y lo logré, pero como percusionista, porque ya como cantante estaba Ángelberto Barboza, más conocido como “El Chambacú”, un excelente cantante al que no era tan fácil pasarle por encima. Yo tocaba el güiro y me tocaba hacerlo con ganas, porque las canciones que interpretábamos eran demasiado fuertes para mí, pero lo que yo quería era cantar. También toqué el trombón, y me dicen que lo hice bastante bien, porque a menudo estábamos amenizando eventos en el Centro Histórico. Pero un día alguien me dijo que el trombón me podía dañar la voz, y eso bastó para que abandonara el instrumento.
—¿Cómo se presentó la oportunidad de cantar en el combo?
—Fue una vez que nos invitaron a los carnavales de Mompox. Para ese momento, sugerí que montáramos la canción “Recuerdos del Magdalena”, que era mi único repertorio; y, como era la única, yo le ponía todo el corazón, el alma. Los músicos me felicitaban y hasta terminaron hablando con Eugenio Giraldo, el director, para que me dejara como uno de los vocalistas de la agrupación. Lo que pasaba era que yo hacía el trabajo con tanto entusiasmo que no me importaba si me pagaban o no. Recuerdo que esa vez en Mompox nos llevaron a tocar en varias partes, y yo me conformaba con comer de las grandes comidas que ofrecían, la pasaba bien y gozaba interpretando la única canción que tenía montada.
—Estando en Cartagena, ¿cambió a sus ídolos del canto?
—No. Mi ídolo siguió siendo Joe Arroyo. De hecho, me di el gusto de cantar “El negro Chombo” con la gente del Inem, pero también andaba pendiente de las canciones de Rubén Blades y de otros artistas, aunque siempre he tratado de mantener mi propio estilo. Pero te cuento otra cosa: una gran influencia para mí fueron los picós de Bruselas, mucho más porque yo era presidente de la Junta de Acción Comunal del barrio y me la pasaba organizando tómbolas pro pavimentación de calles. Esas fiestas eran amenizadas por picós que tenían todo lo nuevo que iba llegando de Puerto Rico, de Cuba, del Caribe anglófono y francófono, y eso me contagió bastante, cosa que creo se nota demasiado en  mi música.

Fidelina, Fidelina ya me dijo la verdad...

—¿Qué vino después del Inem?
—Antes, me gustaría destacar que la experiencia con ese grupo se me convirtió en una buena escuela, en donde aprendí a dominar la tarima, a mejorar mi canto, a enfrentar al público y todo lo que implica hacer parte de un espectáculo musical. Con esas herramientas se me presentó la oportunidad de integrar una orquesta llamada Grupo Casanova, cuyos cantantes éramos Juan Carlos Coronel y yo, pero también estaban otros instrumentistas que habían hecho parte del Combo del Inem. 
En ese periplo empecé a hacer contacto con personas que ya tenían experiencia con las casas disqueras, como Víctor “El Nene” del Real, Michi Sarmiento y Wady Bedrán. Con ellos empecé a conversar sobre la posibilidad de hacer una grabación, pero también me ofrecieron hacer parte de la mejor orquesta que tenía Cartagena en ese momento, la Orquesta del Terminal. El problema era que me querían como integrante fijo y eso reñía un poco con mis deseos de abrirme en la música, por eso preferí quedarme como estaba.
—En ese momento, ¿cree ya tenía un estilo consolidado?
—Sí lo creo, porque siempre procuré asimilar muy bien lo que era cada cosa. Es decir, si debía interpretar una salsa, esa canción debía sonar a salsa. Si iba a cantar un tema del folclor, ese tema debía saber a folclor. Si debía cantar un son caribeño, ese son debía tener todo el colorido del Caribe, etc. Eso, al final, se convirtió en una fortaleza, porque aprendí a diferenciar toda la gama rítmica y melódica del Caribe, pero sobre todo nuestra música costeña. Pero creo que lo principal es que logré una mezcla de aires caribeños, que es lo que he venido ofreciendo hasta el día de hoy.
—¿Cómo llegó la primera grabación?
—Esa oportunidad me la dio Wady Bedrán, quien había visto en mí un buen cantante. Un día, estando en su residencia, me comentó que apenas se presentara la ocasión iba a hablar por mí para que me permitieran grabar. En ese momento, El Nene, además de un gran corazón, tenía muy buenas relaciones en la disquera Codiscos y ya estaba preparando una grabación para Michi Sarmiento, quien llevaba 13 años sin pisar un estudio. El cantante de Michi era Felipe Sembergman, pero El Nene ya había pensado en mí, y comenzamos a buscar las canciones. Incluso, él tenía algunos temas que había recogido para otra producción y los incluyó en mi repertorio.
Por esos mismos días, Wady me había sugerido que asistiera a unas pruebas en Discos Fuentes, pero me recomendó que no firmara ningún documento. Fui a la prueba y quien me atendió fue Isaac Villanueva, quien me puso a grabar una canción como si estuviéramos en una tarima, sin cortes ni nada. Pero yo pensaba que estábamos practicando y resulta que esa iba a ser la grabación definitiva. Esa es la primera y única canción que he grabado de esa forma.
Después de eso, Villanueva se me presentó con un contrato y yo le comuniqué lo que me había dicho Wady. Entonces, me echaron una mentira: me dijeron que me iban a pagar lo mismo que a Joe Arroyo; y, por supuesto, no lo creí, porque Joe era una super estrella; y yo, apenas un principiante. Lo que hice fue regresarme a Cartagena y a la semana siguiente ya estaba preparado lo de El Nene con Michi y nos fuimos para Medellín, a la disquera Codiscos. Esa producción tuvo dos tremendos éxitos: “Taconazo”, de Olmedo Jiménez, mi primo; y “Fidelina”, de Antonio María Peñalosa.
—¿El maestro Peñalosa compuso “Fidelina” pensando en usted?
—No. Esa canción la tenía El Nene en su casa. Se la había grabado en un casette Lucy Peñalosa, la hija del maestro Antonio María. Recuerdo que era un pedacito de canción. En ninguna parte decía, “pa’ Maríalabaja se va, pero yo sé que volverá”. Tampoco mencionaba otras ciudades. Solo hablaba de raspadura. Pero El Nene y yo nos dimos cuenta que había que meterle algo más; y fue así como mencionamos a Marialabaja, Santa Marta, Barranquilla, etc. Y eso fue lo que creo que ayudó para que fuera un éxito en los carnavales barranquilleros.
—Desde un primer momento hubo la impresión de que esa producción fue orientada sobre el estilo de Los Blanco de Venezuela...
—Claro. Ese estilo se orientó de pronto cuidando un poco lo que El Michi hacía. Por eso se grabó con dos trompetas y un saxofón. Es eso lo que le da el sello de Los Blanco, una agrupación que admirábamos tanto que no dejábamos de incluir sus canciones en nuestras presentaciones.
—A nivel de presentaciones, ¿cómo fue el impacto?
—Después que comenzó a sonar el disco, Wady Bedrán me conectó con el empresario Marcos Barraza, quien estaba en Barranquilla, y allá empezó a diligenciarnos presentaciones, pero no teníamos grupo en sí. Yo le comunicaba la buena nueva a Michi y éste decía que todavía no íbamos a conformar el grupo, sino al año siguiente. Y yo veía que eso no era lógico, viendo la demanda que tenía  nuestro disco y había bastante trabajo. Sin embargo, logré hacer algunos contactos y realicé unas cuantas presentaciones en Barranquilla, pero seguía sin grupo. 
Ante esas circunstancias, tomé la decisión de diligenciar mi propia grabación, contando siempre con el apoyo de Wady Bedrán. A él le pedí que hiciera gestiones para que incluyeran en la nómina de la disquera Codiscos a Los Inéditos, quienes ya habían grabado el tema “Camarón” en una disquera menos importante. Hecho eso, nos íbamos para la casa de Eugenio Giraldo y allá practicábamos ambas producciones, la mía y la de Los Inéditos. Recuerdo que hacían unos calores tan agobiantes que teníamos que quitarnos las camisas para ensayar con más comodidad.  

Si tú vas a bailá en Palenque...

—¿Cómo terminó la aventura de las dos producciones?
—Bueno, cuando terminamos las dos grabaciones, dijimos que seguiríamos la producción que más pegara. De modo que salieron ambos discos, pero “Samba en Palenque” fue un éxito extraordinario desde que salió. Por esa canción me conocieron dentro y fuera del país, pero también sucedió que no pude trabajar con Los Inéditos, porque cada cual tomó su rumbo, sobre todo yo, porque me surgieron muchos compromisos. 
—¿Llegó usted a prever el éxito de “Samba...” o le pareció un tema más en el repertorio?
—La verdad es que todas esas empresas se llevaban a cabo bajo la sombra de Wady Bedrán, porque a su casa llegaban los compositores, los intérpretes, los productores; y era él quien definía cómo y cuándo se iba a hacer cada cosa. Uno de esos compositores era Joaquín Torres. Un día llegó con “Samba en Palenque” y nos la cantó varias veces tocando con las manos en una mesa o en la pared. Nosotros decíamos que, a pesar de ser una canción sencilla, tenía algo que la hacía muy pegajosa. Enseguida comenzamos a ensayarla con los muchachos de Los Inéditos y entre todos creamos los arreglos. Ya en los estudios contamos con la participación de Carlos Piña y Jorge Gaviria en los pitos. El LP fue titulado como “Aquí sí hay”.
—Pero parece que Samba... opacó al resto de canciones del LP... 
—Eso parece, pero también se oyó la canción “Calla, calla”, de Bonifacio Pérez, aunque no quedó como clásica.
—“Samba...” estaba súper pegada en todas partes, pero usted casi no hacía presencia en los espectáculos...
—Porque me fui para Marialabaja un poco abatido, ya que los médicos me habían descubierto un pólipo en la garganta, que no me dejaba cantar. Si lo intentaba, a los pocos minutos me ponía disfónico. Resolví entonces irme a casa de mis padres en el pueblo, pensando que tal vez el descanso y el relajamiento podrían aliviarme, pero nada de eso sirvió. Ahí fue cuando empecé a relacionarme con un médico llamado Faustino España, quien había sido decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cartagena. Me dijo que debía operarme, pero me negué en el acto, porque pensaba que podía perder la voz. Por eso el proceso demoró, porque yo me le perdía tratando de eludir la operación, pero llegó el momento en que me decidí, porque el médico me dijo que había muchas posibilidades de que siguiera cantando.
—¿Y cuál fue el resultado?
—Todo salió bien, pero duré quince días sin pronunciar una sola palabra. Todo debía escribirlo. Después me recomendaron a la fonoaudióloga Gloria Chalá Pérez, quien me ayudó muchísimo. Mientras tanto, me impuse como tarea monitorear las emisoras con varios radios y así me di cuenta de cómo “Samba en Palenque” iba ascendiendo en popularidad, mientras que yo debía estar casi que encerrado. Eso fue lo más traumático de ese proceso.
—Pero el tema duró muchos meses en los primeros lugares...
—Gracias a Dios. Por eso, cuando los médicos me dijeron que ya podía volver a mis actividades, me fui para Barranquilla y allá rearmé mi grupo con el pianista Chelito de Castro; y Nando Barrios, como director de la orquesta. Con ellos tuve la oportunidad de visitar los clubes sociales y las zonas rurales del Atlántico. Precisamente, para los carnavales de ese año nos invitaron al Festival de Orquestas, pero ya nos habíamos comprometido con unos empresarios de Sabanalarga. Marcos Barraza, quien era nuestro representante, decidió que era más importante cumplirles a los sabanalargueros.

Soy de arena, mar y sol

—¿Cómo asumió el compromiso de superar a “Samba...”?
—Desde que percibí el éxito desmesurado de “Samba en Palenque” me dije que al año siguiente había que hacer algo igual o mejor. Seguí de la mano de Wady Bedrán y empezamos a recoger los temas de lo que sería mi tercer LP. Al primero que, como era de esperarse, le solicitamos fue a Joaquín Torres, y él nos entregó la canción “El ribereño”, que sonó en la radio, pero no alcanzó la popularidad de “Samba...”
—Se dice que “Tras las rejas” es su mejor interpretación...
—Estoy de acuerdo. Esa canción tiene mucho cuerpo, es bella, guarda un buen mensaje y se identifica con el ritmo guajiro cubano.
—Hablemos de la etapa con el maestro Rey Arturo González...
—Con él venía trabajando desde la época de Los Inéditos. Incluso, fue él quien hizo la transcripción de los arreglos de “Samba en Palenque”. Pero después de mis éxitos anteriores, nos unimos para conformar la orquesta Rango 5 y grabar el LP en donde está “Va pa’ esa”. Esa canción nació de una idea que Rey Arturo me tocó en la guitarra. Me pareció muy buena y comencé a hacerle la letra y creo que nos quedó bien. Cuando la estábamos grabando se me ocurrió incluirle la frase “!es que da cola!”, porque me acordé de una vecina que le decía eso a unos sobrinos que molestaban mucho. También le agregué la frase “échate pa’ acá, cosa buena” y la voz que imita a la mujer negándose a bailar. En fin, Rey Arturo y yo tuvimos una excelente amistad que no solo floreció entre nosotros sino también entre nuestras familias. Pero nos separamos, e hice otra producción en donde pegó un poco “La chica de caramelo”, de Víctor Méndez.
—Entre esta producción y su CD de salsa romántica hubo un silencio, ¿por qué?
—Después del trabajo con Rey Arturo me puse a trabajar con las orquestas haciendo presentaciones esporádicas, pero la verdad es que para ese momento ya todo se estaba poniendo quieto en Cartagena, no estaba pasando nada. El boom de las orquestas estaba disminuyendo. Mientras tanto, organizaba grupos con músicos jóvenes del barrio, pero siempre pensando en regresar al disco, porque me parecía que era importante grabar para tener vigencia en el mercado. 
A mediados de los 90 me llegó una propuesta del pianista barranquillero Hugo Molinares, quien me había visto en uno de los últimos festivales de música del Caribe. Yo estaba representando a Cartagena y ahí en la Plaza de Toros Cartagena de Indias estaban unos ejecutivos de la disquera BMG, a quienes les gustó mi presentación. Ese mismo día conversamos y acordamos que trabajaríamos con Hugo, y me pareció una muy buena idea grabar salsa romántica, porque era lo que estaba haciendo furor en ese momento.
—¿Cómo enfrentó el fracaso de esta producción?
—Creo que el fracaso comenzó desde antes que saliera el CD, porque la disquera se demoró demasiado en publicarlo. Eso me desesperó un poco, porque en Cartagena ya no había nada qué hacer. Entonces debí presionar con rigor a BMG para que publicara la producción. No obstante, cuando la producción salió al mercado el apoyo de las emisoras fue muy escaso y se oyó muy poco, por no decir que nada.
—¿Fue allí cuando tomó la decisión de irse al exterior?
—Ese fracaso ayudó un poco a pensar en salir de la ciudad, pero la oportunidad surgió con un viaje a Bogotá. Allá me encontré con el conguero Rafi Montes, quien había hecho parte de El Nene y sus Traviesos; pero también estaban Jorge Gaviria y Francisco García, quienes habían trabajado con el Grupo Niche y Guayacán Orquesta. En ese encuentro, le comuniqué a Rafi que tenía una visa vigente para Estados Unidos y le pedí que si se presentaba alguna oportunidad de ir a tocar por allá, me avisara. Rafi se fue para Estados Unidos y allá no sé qué problema hubo que varios músicos se salieron de la orquesta, entonces me llamó y me preguntó que si quería irme para Los Ángeles a hacer unas presentaciones. Acepté la propuesta y, a los pocos días, me enviaron los pasajes. Al día siguiente estaba en el aeropuerto. Cuando llegué, me tocó cantar con un grupo de músicos que había hecho parte de La sonora dinamita, del difunto Lucho Pérez. Ellos tocaban una cumbia muy diferente a la colombiana, pero que en Centro América y México tiene mucho mercado.  Noté que la parte delantera de la orquesta era un poco fría. Y yo, con ese hambre de éxito que tenía, me ponía a hacer números y a buscar que la gente bailara y brincara. El director de la orquesta quedó encantado y me dejaron trabajar con ellos durante un buen tiempo. Después vi la oportunidad de hacer mi propio grupo, con el que he trabajado durante estos diez años.
Enero de 2012