Plaza Santo Domingo, en el Centro Histórico de Cartagena.

Plaza Santo Domingo, luz repleta de alas


Desde las 6 y 30 de la tarde, un fotógrafo callejero camina entre las cuatro esquinas que componen la plaza Santo Domingo.

Se trata de un tipo gordo y de gran estatura. De su cuello pende una cámara de color negro. De su hombro derecho, un maletín de lona oscura. De su cara, un aburrimiento parecido al que se apodera del lugar cuando está terminando la tarde.

Pero el tedio de la plaza, a diferencia del que muestra el fotógrafo, es solo un instante. Un momento en el que parece que todas las cosas estuvieran esperando las siete de la noche para empezar a cobrar vida. Es como si una mancha de zancudos aguardara ansiosamente a que el sol se apagara detrás de las murallas, para empezar a revolotear en torno a las luces mortecinas que le dan el aire bohemio al espacio vigilado por la antigua iglesia, que comparte el mismo nombre.

El fotógrafo sería algo así como un escarabajo en busca de su bolo alimenticio. Las muchachas, morenas y ágiles, que atienden en los nueve restaurantes que rodean la plaza, simulan una nube de mariposas que se interpone —menús a la mano— en el camino de los extranjeros que a esa hora salen de los hoteles a penetrar la noche caribeña.

“Eso es lo que cabrea a muchos turistas”, dice otro fotógrafo, señalando la escena del acoso en contra de una pareja rubia y sonriente. Mientras, él también acecha sobre una de las paredes de la iglesia, pero robándose un cupo en la misma acera en donde compiten un pintor de cuadros de abalorio, un dibujante de retratos súbitos, un conjunto de acordeón y dos señoritas expertas en transacciones genitales para visitantes.

Una abundante presencia de sillas y mesas de madera barnizada y espaldares de tela amarilla, ocupa lo que podría ser un setenta por ciento de la plaza, mientras que el treinta por ciento restante es utilizado por los vendedores de artesanías, músicos, bailarines, pintores, fotógrafos, vigilantes cívicos, vendedores de tinto y cigarrillos, emboladores, policías y caminantes que sólo frecuentan la plaza para tomarse fotos al lado de “La gorda”, la escultura famosa de la ciudad.

El primer golpe de música que se oye desde que empezó el agitación de los insectos, está a cargo de un grupo folclórico provisto de dos llamadores, una tambora, un guache y un clarinete grandilocuente con el que dos hombres y dos mujeres, ataviados con faldones y bombachos carnavaleros, desarticulan sus cuerpos bajo el estímulo de mapalés y puyas que pretenden encender la sangre de los espectadores.

Ellos pertenecen a una de las cuatro asociaciones que operan diariamente alrededor de la plaza. Las tres restantes están integradas por artesanos, ejecutantes de cuerdas, músicos de acordeón y miembros de brigadas cívicas, quienes desde unos años atrás decidieron organizarse con la intención de dignificar el trabajo y reducir significativamente las competencias desleales.

Mientras los chandés del grupo folclórico impregnan el aire de la plaza, rivalizando al mismo tiempo con el olor de la mierda de los caballos cocheros, los artesanos gastan sus mejores palabras ofreciendo collares de pepitas vegetales o sintéticas, pulseras de caña flecha y de totumo, réplicas de las esculturas de Botero hechas en yeso, telas bordadas en hilos dorados, una telaraña de figuras diminutas y preciosas que adornan los pies de un almendro sembrado en el centro de una reata, a un lado de la plaza.

Al otro extremo, en el corazón de la Santo Domingo, brilla otra escultura, pero forjada en hierro: es una torre de color negro de cuyos extremos superiores cuelgan cinco lámparas macilentas, como el rostro del embolador que acaba de llegar a la plaza, que observa detenidamente por unos minutos y remata su inspección con una frase que se presiente lapidaria: “aquí están los mismos con las mismas”.

Hace pocos minutos se silenció el grupo de música folclórica. Pero antes, mientras sonaban las tamboras y el clarinete, un acordeonista iba caminando de mesa en mesa, sacándole notas al acordeón, interrogación de pitos y fuelle para los distraídos comensales: “¿quieren música, señores?”, parece decir con sus lamentos, hasta que alguien levanta una mano por el horizonte de la calle Santo Domingo.

El acordeonista también levanta su brazo izquierdo en dirección a la iglesia en donde están sus compañeros, esperando el primer toque de la noche. Son cinco descendientes de africanos vestidos con guayaberas blancas y pantalones de azul profundo. La compañera del cliente en potencia está cumpliendo un año más de vida y los recién llegados le ofrecen varias piezas que celebran ese tipo de ocasiones.

De todas formas, el conjunto empieza a sonar. Las caras somnolientas de los integrantes se truecan en entusiasmo, cuando aparece nuevamente el fotógrafo gordo y aburrido para tomar una escena de discusión entre un policía, un miembro de la brigada cívica y un gamín. Por el ruido de la música, se desconoce la temática de la pelotera, pero el callejero señala hacia las muchachas que permanecen en la esquina de la iglesia, absorbiendo cigarrillos y en espera del primer postor.

Desde que empezó el agite de las luciérnagas, varios turistas se han extrañado por la ausencia de las señoras que vendían velones de colores para los feligreses de la parroquia vecina. También extrañan la esquina abierta y generosa de Lucho Colombia, quien ahora se sienta en la puerta de uno de los locales que funcionan en la misma acera del templo.

De pronto sonríen cuando lo ven salir de su aposento, pero sin el atuendo que lo caracteriza. En ese momento, sólo su cabeza calva y brillante puede dar testimonio de que se trata del Lucho Colombia que todos conocen, aunque no tenga encima sus vestiduras de combate.

“Esta plaza es como el ombligo de Cartagena —dice Lucho— y la vitrina de Colombia. Los turistas y los mismos cartageneros pueden visitar todos los sitios del Centro Histórico, pero siempre terminan la noche en estas sillas. Igualmente, aquí puedes encontrarte desde el indigente hasta el presidente de Alemania. Puedes también escuchar cualquier tipo de música, porque los viajeros de otros países y del resto de Colombia, que hacen música, traen sus instrumentos, tocan, cantan, recogen monedas entre los comensales; y esas ganancias les sirven para proseguir el viaje”.

“Piel Morena” se llama el conjunto de acordeón que acaba de celebrarle el cumpleaños a la compañera del turista que los contrató de hecho. Llevan seis años tocando en la plaza, pero, al igual que el dúo de cuerdas “Tras la maya”, necesitan de todas sus energías y disposición para pescar clientes, “porque aquí el que no se mueve se jode”, dice Elber Espinosa, uno de los guitarristas, quien junto con John Henry Beltrán aseguran tener el grupo más polifacético de la plaza.

“Uno tiene que saberse vender —dicen—. Hace unos años era fácil llamar la atención de los turistas, pero ahora, con tanta competencia y tanto acoso, lo más probable es que te roben la atención. Entonces, hay que saberse ganar a la clientela. Lo otro es que ya tenemos un repertorio que abarca todas las tendencias musicales. Así que no hay cabida para que un posible cliente nos rechace”.

El olor de la cerveza, el azul de las nubes de cigarrillo, el aroma de la comida recién hecha, ríos de gente caminando por las cuatro calles que circundan la plaza, música que emerge desde los establecimientos que compiten con los nueve restaurantes de la Santo Domingo, todo se conjuga en una hora en la que el rumor de las alas amenaza con hacer estallar la luz agonizante que lo envuelve como un edredón de puntos brillantes.

Los primeros en llegar son los artesanos. Pero también pueden ser los primeros y los últimos en irse, según el comportamiento de las ventas. Quienes más tarde llegan son las muchachas y muchachos que cargan sobre sus cuerpos todo un anaquel de preferencias carnales para los turistas que salen de las discotecas, en medio de la madrugada, buscando alguna gruta en donde apaciguar la barbarie de sus incontinencias.

Mariposas sombrías, tal parece que son los jóvenes comerciantes de la lascivia los que mejores jugos le sacan a la plaza.