Ramón Chaverra es el autor de clásicos de la música caribeña como "Patacón pisao", "La chismosa", "Hoy no fío", "Mi suegra", "Triste lamento", "Sobres las olas" y "Enamorado", entre otros.

Ramón Chaverra: “Sólo hay que aplaudir lo extraordinario”


El nombre de Ramón Chaverra comenzó a hacerse popular en Cartagena y en toda Colombia a partir del éxito radial que se ganó su canción “Patacón pisao”.
Ya antes había incursionado en el mundo discográfico con canciones de diversos estilos, de las cuales la más recordable es “Triste lamento”, que le grabara Joe Arroyo, cuando el apodado “Hijo mayor de Cartagena” apenas presentaba en sociedad su recién fundada orquesta La verdad.
Pero fue con “Patacón pisao” cuando las campanas de la fama y el reconocimiento repicaron en honor de  Chaverra, para muchos un desconocido que había llegado desde tierras lejanas a ayudar a colorear el lienzo de la llamada música tropical, que se estaba elaborando en Cartagena a finales de los años 70 y a todo lo largo de los 80.
Por la sintonía y las ventas que estaba produciendo su patacón, Chaverra aparecía cada semana en los diferentes  programas musicales televisivos de esa época, casi siempre acompañado de Víctor “El Nene” del Real, su compadre y mentor musical, quien no solo grabó la canción sino que hizo los arreglos inigualables que aún la sitúan como una curiosidad musical del siglo XX en el Caribe colombiano.
Como consecuencia de esa explosión de alegría caribeña, la presencia del compositor chocoano en la escena musical cartagenera rebasó los linderos de la escritura de canciones, para abrirle un espacio como cantante. Fue así como salieron a la palestra tonadillas como “Papel por plata” y “Planificación”, grabadas por él mismo con el piano y los arreglos de El Nene.
Su presencia en las tarimas también fue casi que permanente. A cada momento, las estaciones radiales anunciaban sus presentaciones en los exiguos espacios para espectáculos que tenía la Cartagena de los años 80.
Solo una vez tuve la oportunidad de verlo en el desaparecido Centro Recreacional Comfenalco, del barrio Crespo, con el marco musical del también fenecido Grupo Güiro, otra de las creaciones orquestales que surgieron del Colegio Inem, de la mano del santandereano Eugenio Giraldo Barco.
Allí vocalizó no solo las canciones que había grabado con su viva voz, sino también las que agrupaciones oriundas de otras regiones del país le habían plasmado en acetatos que corrían de mano en mano y de fiesta en fiesta, como un inagotable río saleroso en medio del ambiente carnavalesco que se respiraba en la capital de Bolívar por aquellas fechas.  
Después, se le veía de la mano del alcohol y de las malas compañías. Él mismo define ese episodio como “una época terrible de mi vida”, producto de la nula preparación para la fama, dado que el dinero le llegó de pronto y a raudales, lo mismo que las solicitudes de orquestas y cantantes que querían grabar sus canciones. El asedio fue demasiado. Emoción inconmensurable, que solo podía solventarse en los caminos de la bohemia y con torrentes de bebidas que dieron al traste con todo lo bueno que le estaba aguardando en el futuro.
De un momento a otro, desapareció del panorama. Unos pocos de sus colegas daban noticias sobre su paradero. Por boca de El Nene del Real supe que Chaverra se había trasladado a Bogotá, desde donde súbitamente me hizo una llamada telefónica para cantarme una de sus últimas creaciones y para anunciarme que estaba formando una orquesta con que  abrir una nueva página de actividades musicales en la sección andina colombiana.
Nunca más supe de él, hasta que mi hermano Marco, en Medellín, hizo contacto con Ramón  Fernando (Ramoncito), uno de los hijos de Chaverra, quien proporcionó un número telefónico, por medio del cual se podría saber de la vida del autor de “Hoy no fio” y “A mi suegra”. Varias veces conversamos, siempre finalizando las pláticas en una promesa de visita mutua, que solo se dio cuando el cronista Juan Carlos Guardela localizó su apartamento en Suba, una de las zonas populares de Bogotá, en donde Chaverra convive, desde hace cierto tiempo, con Juana Mosquera, una joven “que hizo que mi vida cambiara y me encaminara para siempre por los caminos de Dios”.
Con esa misma parsimonia, pero con notable entusiasmo, trata de contar los pormenores de su vida, a veces entrelazando segmentos del pasado que amenazan con huirle; o haciendo largas pausas, como escogiendo las palabras para capturar los cromos que deberán concretar y vislumbrar el futuro.
Aún conserva el habla de los naturales del departamento del Chocó, sur occidente colombiano. Y no solo eso: habla de la cultura de su tierra como uno de los factores que le ayudaron a atornillar el engranaje de su obra musical desde mucho antes de que el mundo supiera que existía Ramón Chaverra.

A mí me ran mi pescaro guisaró…

—¿En cuál sitio del Chocó nació Ramón Chaverra?
—En Las Mercedes, Bocas de Neguá, un corregimiento de Quibdó, la capital del Chocó, sobre el Río Atrato. Neguá también es un río afluente del Atrato.
—¿Había mucho ambiente musical por esos lados?
—Por lo menos, en mi familia sí lo hubo. Por eso creo que me gustó la música desde que estaba pequeñito. Mi padre, Francisco Palacio, despedía la tarde en la puerta de la casa silbando un pasillo, una danza, una contradanza, una polka y tocando sobre una tabla. Aquello era maravilloso. Mi madre, Eusebia Chaverra (a quien no conocí mucho, porque murió muy joven), también cantaba muy bonito. Yo tendría unos 8 años cuando ella falleció, pero aún conservo ese recuerdo de su canto.
—¿Y por qué lleva el apellido materno por delante?
—Por dos cosas: en esa época los curas católicos determinaban que si una pareja no estaba casada, los hijos no debían llevar el apellido paterno de primero, sino el materno. Y ese era el caso de mis padres, no estaban casados. Sin embargo, tengo algunos hermanos mayores (yo soy el último de todos) que llevan el apellido paterno por delante, pero nadie me explicó por qué, ni yo lo pregunté jamás. Lo segundo: como casi no conocí a mi mamá, entonces decidí conservar su apellido de primero como para remediar mi nostalgia y eternizar su recuerdo.
—¿Cuál otra experiencia musical recuerda en su familia?
—La de mi hermano Jorge, quien tenía un conjunto de sexteto, como los que se conforman en el Palenque San Basilio, en el departamento de Bolívar. Era percutivo, con un cajón dotado de alambres llamado marímbula, una especie de bajo, que, a la vez, da ciertos dejos melódicos. Jorge tocaba las maracas, pero también componía canciones que nadie jamás grabó, tal vez porque él nunca quiso salir de la zona rural, del monte.
—¿Y usted se descubrió músico de qué manera?
—Te decía que desde muy pequeño tenía el presentimiento de que yo también podría hacer música, y ese deseo me persiguió hasta bien entrada la adolescencia. Tenía unos 11 años cuando mi papá se comprometió con otra señora, y a mí comenzó a fastidiarme la rutina del pueblo. Quería hacer otras cosas, conocer gente nueva, etc. Y un día decidí salir de ahí. Me fui para Cartagena en un barco que se llamaba “Tomás Domingo”. Eso fue en 1964. En esa época era común que los barcos viajaran de Chocó a Cartagena y atracaran en el Muelle de los Pegasos en donde descargaban madera y plátano.
—¿En cuál sitio de Cartagena se estableció?
—Me quedé viviendo en el barco. Allí trabajaba en lo que me ordenaran, y por eso me daban mi comida y todo lo elemental que necesitara para subsistir. También me interesé mucho por la labor de los maquinistas y por la mecánica. Gracias a eso comencé a trabajar en otros barcos como tercer maquinista, pero ya me pagaban con dinero, tenía mi sueldo fijo. Además, en esos barcos logré conocer Panamá, Aruba y demás islas del gran Caribe. Pero lo mío seguía siendo la música. En mis ratos libres cogía una llave de media y un destornillador y me ponía a tocar y a cantar con los tanques del barco, hasta que los compañeros me gritaban, “¡deja la bulla!”.
—¿Recuerda cuándo empezó a componer?
—En el Muelle de los Pegasos, en uno de los barcos donde trabajé después de haber salido del Tomás Domingo. Ya tendría como unos 17 años; y recuerdo que la primera canción que me atreví a componer se la dediqué a Antonio Cervantes Kid Pambelé, quien ya era el ídolo de Colombia en ese instante. Escribí la letra sobre la melodía de “Quítate de la vía perico”, de Cortijo y su combo. Más tarde compuse una salsa que se llamó “La fe en Dios”, que nunca la he grabado, ni se la he presentado a alguien para que la grabe.
—¿Cómo logró meterse en el ambiente musical de Cartagena?
—Gracias a que el Muelle de los Pegasos era muy frecuentado por John Jairo Murillo, un cantante de Turbo (Antioquia), quien años después haría mucha fama con la orquesta caleña The Latin Brothers, con canciones como “Dale al bombo”, “Son del tren”, “Las cabañuelas”, “Los obreros”, etc.
El caso es que, en ese momento, John Jairo cantaba con una orquesta que hacía furor en Cartagena. Se llamaba Los chicos malos. Algunos de los compañeros del barco le hablaron de mí y, a través de él, llegué a Los chicos malos, que trabajaban de miércoles a domingo en un estadero del barrio El Bosque, que se llamaba Las pampas. Ese sector era un especie de zona de tolerancia en donde había varios establecimientos nocturnos, pero Las pampas era el mejor. 
Allí llegaban personas de todas partes del país y del exterior. Pero también de ahí salieron grandes músicos, como Víctor “El Nene” del Real, John Jairo,  Víctor “El Guachi” Meléndez y otros que no recuerdo ahora. A mí me pusieron a tocar el timbal, cuyo titular era El Nene, pero yo lo tocaba cuando el pianista, un señor de edad a quien llamaban Pipe, se enfermaba. Entonces, El Nene cogía el piano, y yo el timbal.
—¿Para esa época ya habían grabado?
—No, pero para el momento en que llegué al grupo estaban planeando una grabación para Discos Fuentes, que tenía sus estudios en el barrio Manga. 
Uno de los  funcionarios de Fuentes en esa época era el compositor Isaac Villanueva, a quien se le presentó el material que iban a grabar Los chicos malos, que en realidad eran dos canciones de mi autoría llamadas “Don Ramón” y “Regresa”, que los compuse en ritmo de guaguancó, que era el ritmo de moda en ese momento.
Tengo que anotar, además, que mis primeras canciones fueron escritas sobre melodías de canciones ya conocidas, pero fue El Nene quien me sirvió de guía para que fuera componiendo mis propias melodías. Él se sentaba al piano y me iba indicando cómo podía hacer para que los temas me salieran simultáneamente con la melodía. Por eso, y por muchas cosas más, le debo bastantes agradecimientos.
Después de eso, compuse otra canción que, varios años después, fue grabada por la orquesta de Fruko, cuando el cantante era Joseíto Martínez. Se llamó “Sufrimiento”. 
—Ahí se dio cuenta que componer canciones era su destino…
—Sí. Recuerdo que después de la grabación de Fuentes, El Nene se fue a trabajar en la orquesta del venezolano Nelson Henríquez, quien me grabó la canción “Baila mi bomba” y otra que no recuerdo, pero que no fue grabada con la voz de Nelson sino con la de Leo Pacheco, otro venezolano, quien años después se hizo famoso cuando grabó con Oscar D’ León.
—Cuando ya no estaba El Nene en Cartagena, ¿qué derrotero tomó usted?
—Me fui para Maicao, porque era ese el momento de la llamada “Bonanza marimbera” (tráfico de marihuana), pero yo no iba detrás de eso, sino del comercio, que se había incrementado de forma exorbitante. Tenía como unos 20 años de edad y convivía con una mujer tan joven como yo. 
Apenas llegamos, me las ingenié y empecé a vender pasteles de cerdo y de pollo entre los comerciantes. Me tocó eso, porque allá nadie le prestaba atención a la música tropical. En Maicao había una sola orquesta, pero yo me enteré de eso mucho tiempo después. 
Después de cierto tiempo vendiendo los pasteles, los comerciantes empezaron a decirme que estaban buenos, pero que lo que más necesitaban eran almuerzos completos. Entonces le dije a mi mujer que pusiéramos una fonda, y así lo hicimos. 
El negocio se popularizó de tal manera que allá llegaba a comer el director de una emisora llamada Radio Península, que se oía hasta en Venezuela. Esa estación tenía una radionovela los domingos que se llamaba “Casta de valientes”. Un día le dije al director que yo podía hacer una novela mejor que la que ellos estaban presentando. Y me dijo que la escribiera y se la llevara.
Pero resulta que ese libreto ya estaba listo, porque desde antes de tener la fonda ya yo lo estaba escribiendo.
—¿Y se lo grabaron enseguida?
—No. El hombre me dio varias vueltas, hasta que salió inventándose un viaje a Paraiguaipoa (Venezuela), pero dejó orden de que me grabaran un capítulo. Eso era como para no vérselas con el gerente, en caso de que las cosas salieran mal. Como a las 5 o 6 de la tarde, el hombre regresó a la emisora y enseguida pidió que le pusieran lo que grabamos.
Se emocionó mucho y me dijo, “viejo Chaverra, siga escribiendo que yo dirijo lo que usted nos traiga”. Y así fue. Grabábamos con locutores de allí mismo y con gente que tal vez había hecho teatro en la época del colegio, pero lo hacía muy bien. La radionovela se llamaba “Yo soy la maldad”.
Con esa historia quise salirme de los relatos tradicionales, en donde siempre hay un personaje bueno y uno malo. El personaje mío era bueno, malo, agradable, desagradable, tenía de todo un poquito. Y esa ha sido la filosofía de mi vida de artista, salirme de lo común. Creo que uno tiene que aplaudir  lo extraordinario, lo que se sale de lo corriente. 
—¿Cuál fue la respuesta del público?
—La sintonía fue tan buena que después de que se acabaron los capítulos tenía que escribir en la mañana, grabar en la tarde y presentar la novela en la noche, haciendo también las veces de actor. El negocio de las comidas lo apartamos un poco, porque la emisora me pagaba por cuñas, y el ingreso era bueno.
—¿Y en qué quedaron las canciones?
—Seguí componiendo. Recuerdo que me grabó Lisandro Meza una canción llamada “El Mañe Barrera”,  un homenaje a un amigo. Era como un agradecimiento para él. Después, Joe Arroyo, quien estaba estrenando su orquesta La verdad, me grabó “Triste lamento”, que tuvo muy buena acogida ese año, gracias al boom de las emisoras Olímpica, que estaban haciendo furor en toda la Región Caribe.
—Para esta época, ya usted era un compositor maduro. ¿A cuáles autores admiraba?
—Siempre he sentido una gran admiración por Calixto Ochoa y por José Barros. El primero hace lo que me gusta a mí, que es salirse de lo común. Creo que obras como “El compadre Chan”, “El compadre Menejo”, “Remanga”, etc., no son tan fáciles de hacer, porque se trata de relatos que hay que hablar,  musicalizar y lograr que gusten. El otro ídolo es José Barros, por su versatilidad, que es otra de las cosas que he pretendido desarrollar. Trato de componer de todo un poco, de acomodarme a todos los estilos.
—¿Y cree que lo ha logrado?
—Sin falsas modestias, puedo decir que soy un compositor privilegiado. Puedo componer al estilo de la Región del Pacífico y de la Región Caribe. Claro, reconozco que esta última me ha dado más popularidad, porque fue acá en donde desarrollé mi carrera musical. Pero eso no me impide componer y cantar un currulao, un cumbión, un andarele, etc. como deben hacerse.
—¿Hasta cuándo estuvo con la radionovela?
—Hasta que se agotaron todas las expectativas en Maicao y decidí que debía regresar a Cartagena.
—¿Qué encontró a su regreso?
—Que El Nene estaba conformando su orquesta El Nene y sus Traviesos, con Juan Carlos Coronel como cantante. Ya Juan Carlos era un poco más conocido por su trabajo en el Hotel Caribe, en donde cantaba boleros y baladas todas las noches. También porque había grabado con Fruko unas canciones con las que no había pasado gran cosa. Así que cuando me volví a ver con El Nene enseguida me pidió canciones y le di tres, pero la que más le gustó fue “La chismosa”. Ese fue el éxito del L.P. Empezaron promocionando una canción de Hugo Alandete llamada “El micrófono”, pero a la gente le gustó más la mía.
El éxito de esa canción fue tan desmesurado que aún tengo amigos de toda la Región Caribe quienes me comentan que en Barranquilla y otras ciudades hubo problemas entre los vecinos, porque todo el que tenía una vecina chismosa le ponía el disco. Si la gente amanecía parrandeando con un equipo de sonido, la serenata que le ponían a una vecina chismosa era mi canción.
­—¿Qué sucedió con los temas que no escogió El Nene? 
—Se fueron conmigo para Medellín en un viaje que hice para ver si lograba entrevistarme con directores de casas disqueras y con otros cantantes y músicos.
Estando hospedado en el Hotel El Samaritano, pedí que me prepararan un plato con pescado guisado, pero dijeron que  había pollo frito. Entonces les dije a los de la cocina que saldría a la calle a comprar un par de pescados para que me los hicieran como a mí me gustaba. Los compré y se los entregué, pero después no recuerdo cuál fue el cuento que me echaron que los pescados se embolataron y de nuevo me ofrecieron pollo.
Esa misma tarde compuse las primeras estrofas de la canción “Patacón pisao”, en donde menciono a Josefina Urrutia, la señora que vivía conmigo en ese momento.
Esa canción terminé de componerla en la sala de espera de la disquera Fuentes, en donde también me estaban esperando para que llevara temas. Después me fui para la disquera Sonolux y presenté “Patacón pisao”. A los productores les gustó mucho, pero querían que lo grabara yo. Total es que no nos pusimos de acuerdo y me regresé para Cartagena.
­—¿Ya El Nene conocía esa canción?
—La conoció en cuanto nos encontramos. No dejó que se la terminara de cantar. Se volvió loco. Enseguida se sentó al piano, la esposa me prestó una olla y me puse a tocarla como si fuera tambor, y así le hicimos el primer montaje.
Después de todo eso me dijo que no se la presentara a más nadie, pero yo le comuniqué que la había dejado en Sonolux y que no sabía qué determinación tomarían con ella, porque no logramos ponernos de acuerdo.
Entonces, El Nene llamó a Rafael Mejía, subdirector de la disquera Codiscos, y consiguió que me llevara a Cartagena un anticipo de 80 mil pesos (que era un dineral en ese momento) para tener la exclusividad del tema.
—¿Qué hay de cierto en que ya casi la iba a grabar Lisandro Meza?
—Es posible, porque él era artista de Sonolux, pero no recuerdo si en realidad se la dieron a él. La cuestión es que yo terminé haciendo mi trato con Codiscos para que solo la grabara El Nene.
—¿Hablemos de la canción en sí?
—Yo creo que es la más excepcional de mis canciones. Primero que todo está compuesta de vivencias, porque todo lo que dice pertenece a la vida real. A mí me gusta mucho el pescado guisado. En ese momento yo vivía con Josefina Urrutia, quien cocinaba muy bien de todo, pero yo siempre le pedía mi pescado.
Eso de que el hombre se paró emberracado porque no le trajeron pescado es cierto, porque yo estaba acostado en la cama del hotel cuando me llamaron para decirme que solo había pollo. Entonces me paré disgustado y exigí que me dieran mi pescado guisado.
Lo otro es que la canción tiene unos apartes que son tomados de los modismos que usaban los ancianos chocoanos cuando yo estaba pequeño. Ellos, cuando hablaban, solían cambiar la “D”, por la “R”. Por ejemplo, decían “rápiro”, por decir “rápido”. Por eso, yo digo en la canción “a mí me ran mi pescaro guisaró, a mí me ran mi pescaro oh, oh…”
En ese tiempo yo andaba para arriba y para abajo con una grabadora marca Silver. Y recuerdo que la tenía en los pieceros de la cama del hotel cuando de pronto me llegó la melodía. Prendí el aparato y comencé a silbarla. Después, compuse las primeras estrofas; y al día siguiente, la terminé.
—Al principio, la gente pensó que se trataba de una canción extranjera…
—Yo creo que es porque tiene una cadencia extraña para el momento en que salió a la palestra. Todavía es la hora en que tengo dificultades para montarla, porque me cuesta conseguir al conguero, al pianista, al bajista; incluso, al cantante que le dé la cadencia que tiene la grabación. Ese tema tiene de todo un poco: ingredientes del folclor chocoano y de la Región Caribe.
—¿Qué noticias le llegaron a nivel de ventas?
—A nivel de ventas nunca supe cuáles fueron las cifras reales, porque las disqueras en ese momento informaban las cosas a su acomodo, si acaso  las informaban. Pero sí sé que tuvo más de 20 versiones. Una de esas versiones fue la del dominicano Johnny Ventura, quien la grabó, pero no me dio el crédito.
Por eso se armó un rollo tan bravo, que la disquera Codiscos se enfrentó con  Ventura y terminaron recogiendo los LP y reeditándolos con mi nombre debajo de la canción. Entre otras cosas, debo reconocer que la versión de Johnny Ventura fue la que internacionalizó a “Patacón Pisao”.
—Y empezaron a llover las solicitudes…
—Sí. Uno de los primeros fue Fruko. Me encontré con él en una discoteca de Cartagena, que se llamaba El templo de Cleopatra. Allí me pidió canciones, porque estaba pendiente de hacer una producción con Joseíto Martínez. 
Yo acababa de componer la canción “Sobre las olas” y fue esa la que le canté. Le gustó enseguida y se la llevó. El éxito también fue tremendo. Con decirte que “Sobre las olas” fue una de las primeras canciones colombianas nominadas a Premio Grammy. Claro, yo no me había dado cuenta de eso. Me enteré porque alguien me mostró el periódico El Tiempo, en donde había una noticia que mencionaba lo del Grammy. La disquera no me había dicho, como para que me mantuviera ignorante y no cobrara más de lo que me enviaban.
Otro que me grabó fue Juan Piña. A él le entregué la canción “A mi suegra”. A la orquesta Los caribes les entregué el tema “Hoy no fio”.
—Otros que se pegaron al éxito fueron Los Tupamaros…
—Sí, claro. A Fernando Jaramillo, el director, lo conocí en Bogotá, una vez que me invitaron a grabar una entrevista en el programa musical El show de Jimmy. El hombre se enteró de que yo estaba por allá y se me presentó al hotel, me regaló una guitarra y me pidió que le cantara algunas canciones.
El tipo me pareció muy chévere y comenzamos a trabajar. La primera canción que me grabó fue “De todas formas”; después me grabaron “Enamorado”, “Te necesito”, “El baile de la quebradita”, entre otros.
—Hablemos de Ramón Chaverra, el cantante…
—Después del éxito de “Patacón pisao” y las demás canciones que vinieron, la disquera Felito Récord, de Barranquilla, me invitó a grabar como cantante dos temas que se llamaron “Planificación” y “Papel por plata”. Esas canciones se convirtieron en clásicas de la música tropical allá por 1987.
A partir de ese momento tuve un bache en mi vida, que creo que lo han tenido todos los artistas que no han estado preparados para la fama. Hubo mucho alcohol, mucho desorden, mi hogar con Josefina Urrutia se desintegró, a pesar de que ella es una excelente mujer. 
En esa época, recuerdo que estaba en lo mejor el pleito por la autoría de “Patacón pisao”, que Johnny Ventura no me había reconocido en su LP. Entonces, el abogado que me estaba representando en Nueva York consiguió una audiencia con los tribunales para que fuera a discutir ese tema con los representantes de Ventura. Me mandaron los pasajes, la visa y todo lo necesario para que me fuera. Salí de mi casa con maleta y todo, pero recuerdo que cuando el taxi iba pasando por el Sanandresito del Mercado de Bazurto, le dije al taxista que se detuviera para bajarme y tomarme un trago, porque le tenía mucho miedo al avión. El resultado fue que seguí tomando hasta el día siguiente y se perdió la oportunidad de conocer a Estados Unidos y de regar mis canciones por allá. Cuando quise reaccionar y llamar a mi representante, ya era tarde. La audiencia la cancelaron y nunca más me volvieron a citar.
—¿Y cómo superó esa crisis?
—Cuando me encontré con Juana Mosquera, la mujer que ahora es mi esposa. Ella ni siquiera me habló de Dios. Solo comenzó a darme buenos ejemplos de cómo debe ser una vida correcta, forjada sobre principios espirituales. Y es así como hace 15 años no me tomo un trago de licor, y tengo una vida tranquila.
—En los años 90, ¿cómo se desarrolló su carrera?
—En esos años me uní a mis hijos Ramón Fernando, que es un excelente músico, bajista, pianista y arreglista; y Eduardo, que es conguero. Juntos le hemos hecho producciones a la disquera mexicana Humpa Récord. Todas las canciones de esas producciones son de mi autoría y están en formato de reggaetón, balada, ranchera, salsa, etc. Gracias a Dios, tengo la habilidad de poder componer en todos esos ritmos.
También les estuve dando canciones a Los Diablitos, Los Gigantes, Luis Mateus. Incluso, había dialogado con el difunto Rafael Orozco para que El binomio de oro me grabara, pero al fin no llegamos a ningún acuerdo y la cosa se quedó así.

Mayo de 2013