La amarga serendipia del Alcalde


Todo lo acontecido estos últimos tiempos políticamente en la ciudad de Cartagena, podría tener dos destinos, uno, sería el frasco gordo de la vergüenza, y otro, el mismo balde repetido de la angustiosa historia. Siendo dentro de la adversidad un tanto optimista, se podría valorar un tercer camino, el que se encontraría enterrado en un manojo áspero de filosos alambres y oxidados clavos, el que estaría siendo destripado por los perversos fantasmas detrás del ambicioso poder; ese rumbo, esa dirección, podría ubicarse en el obligatorio progreso de esta metrópolis. Estamos viviendo una coyuntura en la ciudad, donde nace el punto de inflexión que pueda enderezar todo esto, o definitivamente estaríamos arrojados a la ruina, a ser los inminentes ciudadanos destinados a la desgracia.

Detrás de la Política pueda que existan cualquier cantidad de definiciones, es posible que hayan nacido a través de la historia nuevas e interesantes interpretaciones de la misma; incluso, estamos siendo víctimas de tan mal manejo de ella, que podríamos sacar propias conclusiones en vista de nuestra experiencia, en vista de nuestros fracasos o aciertos políticos. Podríamos otorgarle una nueva tesis a esta amplia vocación que muchos, pero muchos, en esta sociedad, desafortunadamente, han mal utilizado.

Es obvio que todo este complicado tejido de poder y sociedad va mucho más allá que algunas letras organizadas o un sentido discurso de garganta enrojecida. Aquellos que han sentido el llamado del actuar político, vocación visceralmente ligada a los valores, no podrán entender su verdadera razón, si siempre van a mirar por el mismo objetivo del bienestar individual. Seguramente, cada uno de nosotros, tendría otros intereses en el hablar o en la práctica, pero es claro también, que la política, como ciencia que rige a las sociedades, debe ser, en el grado que cada persona lo decida conveniente, un tema de profundo interés.

De Manuel Vicente Duque Vásquez se ha hablado de todo, bueno, malo, pésimo, mordaz; respetuosamente, irrespetuosamente; lo han tildado de varios calificativos de delicada procedencia; con su nombre han rasgado hasta las últimas fibras de la buena conducta y respetables maneras hasta más no poder. Gran parte de la sociedad, usa como deporte el cuchillo afilado que revienta cada filamento del músculo, otra parte, hace gala de una finísima hoja cortante que ornamenta la mohosa crítica; a fin de cuentas, todos realizamos tal acción. Queda entonces, escoger el estilo en que puedas realizarlo, si con una tosca y burda forma de ejecutarlo, o con un distinguido talento.

A mí realmente me cuesta creer que Manuel Vicente, desconozca el gran abismo que posee el mal y deshonesto actuar político. La Política nunca había sido ajena a él, como profesional de la Comunicación, sabe perfectamente de todas las triquiñuelas politiqueras existentes que en toda su carrera haya podido conocer o investigar; en su familia existe un ente bastante señalado por su ejercicio que han de relacionarlo como la mente maestra de todo este holocausto politiquero, y de los antecedentes en otros escenarios de los cuales se ha hecho acreedor –creo que lo palpable en la heroica hace gala de su astucia-.

A Manuel Vicente, siempre se le había visto relacionado en el sector deportivo, radial, televisivo, periodístico; tablas perfectas para el accionar de las telas politiqueras aquí, en Antofagasta, o en cualquier suburbio diminuto de algún planeta de la Vía Láctea.

Si seguimos ahondando en la razón del porqué Manuel Vicente conocía –y conoce- el ácido poder destructivo que posee la politiquería, a lo mejor en algún momento hubiese replanteado bien su candidatura; conocimiento de su total comprensión y lucidez. Sería algo bastante ocurrente, que manifieste en estos momentos que su raciocinio no hubiese llegado hasta tal punto, y que tampoco hubiese sido consciente de la responsabilidad que ésta conlleva.

Pero como ya es sabido, la politiquería aparta un poco las raíces de la moral, y como es lógico, dañar una imagen que ha costado tanto instaurar. Para nadie puede ser un secreto, que Manuel Vicente Duque Vásquez, gozaba –o goza- de una supremacía popular, que mal llevada sería –como ya había acontecido en mandatorios anteriores en la ciudad- en una muy mala combinación. Lamentablemente para algunas personas, y no precisamente Manolo Duque -como popularmente es aclamado- la ambición es mucho más fuerte que su talento, y cuando esa masa espesa de codicia se desata, se roza el rudo pavimento del infortunio.

Todos estamos expuestos a la serendipia, todos, en algún momento de la vida podríamos ser escogidos por ella, esta acción casi misteriosa no es más que el hallazgo afortunado y fortuito que ocurre cuando se está buscando alguna cosa diferente. Está claro que el alcalde suspendido no buscaba toda esta tragedia, no creo, la verdad, que el hombre haya realizado una campaña –con todo lo populoso que es- para que después de ser elegido tenga que nadar ahora en el barro de la desdicha; lo anterior, es algo que se puede poner en el mazo de la discusión, ya que se ha demostrado hasta la fatiga las posibles implicaciones que el regidor impedido de la ciudad haya tenido en este hundimiento politiquero.

Los hechos, los actos, las consecuencias y las responsabilidades, son los que están en el patíbulo, y por básica lógica se podría discernir, que aquel que no sea culpable de algo, pueda alzar su mano para defenderse. La justica, esa guadaña selectiva, pueda que llegue en términos físicos, o declinada de forma divina, pero de que esta arriba sobre sus protagonistas, es más segura que el sol de mañana.

Qué amarga serendipia le ha acontecido al alcalde, que si bien se puede valorar la tesis de que en su interior incubó siempre el beneficio para la ciudad, criaturas externas –sin o con la aprobación de él- han provocado tragos tan amargos que ya las manos no dan abasto para un posible consuelo a tan calamitoso hallazgo.

Cada quien en Cartagena, este corral de intriga permanente, deberá tener una conversación con sus espejos, y guindar en la cuerda del patio las creencias (falsas o verdaderas), los pensamientos (malos o buenos), las actuaciones (penosas o acertadas) que todo este embrollo politiquero ha ocasionado. Sería un ejercicio muy edificante para esta ciudad, que todo aquel que se sienta preparado y quiera untarse un poco de razón y verdad, hiciera una catarsis de su actuar y pensar, y se de cuenta, si ha ubicado bien el pie ante toda esta hecatombe, dispersando y dejando muy lejos el bienestar propio o la defensa de su función laboral, así sea consciente de que los superiores no hayan hecho en lo posible una gestión liderada por la honestidad y el bien absoluto para la ciudad; lo que en muy resumidas cuentas sería uno de los tantos guiones que pueda interpretar la política.

El engaño, así sea propio o inducido, es un acto realmente funesto. Hay algo que se está haciendo mal en toda esta sociedad, que sabiendo las dañinas consecuencias que trae, se siguen realizando. Cartagena, seguramente tendrá otra oportunidad, ya sea para seguir cavando el hueco de la devastación, o tapar los que la han tenido enterrada toda su existencia.


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