Entre el cine y la literatura: el lenguaje de lo absoluto

31/03/2019 - 16:58

El cine y la literatura, dos lenguajes distintos, pero que se urden con un elemento que les da el sentido de lo absoluto, la imagen.

La imagen es mágica y el cine es sucesión de imágenes, por lo tanto también es un arte mágico, en cierto sentido.

He decidido estructurar este texto en una serie de trazos que traten de dibujar la imagen como piedra angular del lenguaje literario y cinematográfico. Cada trazo develará un poco, un pedazo, de las entraña y los misterios de esa forma que llamamos imagen.

 

Trazos:

Imagen y plenitud: prehistoria, historia y posthistoria

El devenir del hombre se divide en varios periodos que definen su visión de mundo. El primero de ellos es la prehistoria, donde prima la imagen y el sentido es de plenitud. El segundo periodo es el histórico, donde prima la visión de mundo lineal y rige el concepto. Y el tercer periodo es el posthistórico, donde vuelve a primar nuevamente la imagen enmarcada en la visión tecnológica, y la pauta la marca la cámara fotográfica y la filmadora.

En este breve ensayo nos interesa la imagen y su presencia en dos grandes territorios, en el de la literatura y el cine. Sin embargo, la imagen antes de estar tanto en la literatura como en el cine está en su propia realidad y el hombre la visualiza o la percibe en su imaginación, pero antes que el hombre perciba una imagen alguien la imaginó para que pudiera estar allí, lo que acredita un Creador, lo que indica que la imagen está en su Creador, y, a la vez, se puede proyectar desde él hacia una pantalla, y ese holograma se hace posible a través de los rayos de luz. Lo anterior indica que todo parte de un Creador que imaginó una serie de imágenes que constituyen un universo y el hombre está en el orden de quien las percibe; empero, también adquiere la condición de creador de un enorme flujo de ellas. Cuando el hombre toma las imágenes preexistentes o crea las suyas busca los medios para plasmarlas, ya sea el cine o la literatura. De la calidad de artífice o artista depende también la calidad de la imagen concebida. Un artista puede concebir imágenes nítidas y bien definidas o imágenes vagas, poco consistentes en su forma y estructura. La imagen portentosa y nítida es la que aspira al sentido de lo absoluto.

La vida en la tierra no es más que un calco del mundo espiritual, por eso Trimegisto postula el principio “como es arriba es abajo”, y somos como afirma el principio bíblico, que el hombre es a imagen de Dios. Para reconocernos en estos principios se debe tener lucidez y conciencia, lo que nos llevará al conocimiento del asunto.

 

La película del sueño

¿Es consciente el hombre cuando se sumerge en el río de imágenes que fluyen en el sueño?

Nos atrevemos a afirmar que no. El sueño tiene su lenguaje, el lenguaje del arquetipo. Por lo general, la gran mayoría desconoce ese lenguaje. El sueño se expresa en lenguaje arquetípico y existe la necesidad de conocer el código para comprenderlo, ese lenguaje lo constituye la imagen, muchas veces acompañada por el verbo que se vuelve discurso y le otorga cierto contexto. Y sí, el sueño es lenguaje en imágenes, imágenes en movimiento: cine. Películas y películas en nuestra pantalla mental. Algunas, comedias románticas, otras, realismo mágico... Dramas, muchos drama, y hasta cine te terror, pesadillas que sobresaltan al espectador.

 

La película de vida en el Tribunal de Justicia

El Cristianismo llama Purgatorio al Tribunal de Justicia Divina, el que juzga las almas por lo que hicieron o dejaron de hacer. En ese Tribunal se proyecta la película de cada persona que desencarna. Allí se le muestra toda su vida y se juzga acto por acto u omisiones. Por eso a Anubis, que es el juez supremo del Tribunal de Justicia, se le representa con la balanza que pesa los actos: los buenos pesan poco y los malos pesan mucho. El poco peso mantiene la balanza en equilibrio y el mucho peso hace que uno de sus extremos se incline hacia abajo.

¿Quién filma esa película?

Inquietante pregunta. Al parecer somos nosotros mismos, que desde el momento que iniciamos nuestra andadura en la tierra activamos el botón de nuestra voluntad y ponemos a rodar la película.

De mi infancia guardo un recuerdo inolvidable. Un amigo de mi barrio, Robert, estuvo a punto de ahogarse en uno de los tantos pozos y lagunas a las que iba a nadar, y siempre nos contaba lo que vivió en ese trance. Vio una serie de imágenes que inventariaban su vida. Curiosa experiencia que transcurre en cuestión de segundos. No obstante, este corto fílmico no es aún la película de vida que se proyecta en el tribunal. Años más tarde leí a Quiroga, que nos entrega un relato en donde el protagonista, el muerto, ve en cuestión de segundos lo que ha sido su vida, su entorno y las medidas precisas de los términos de su faena. Todo esto es puro cine que visualizamos en nuestra pantalla mental.

 

 

La imagen en el Mythos, el cine y la literatura

Como la imagen funda el mito y es la piedra angular del cine y de gran parte de la mejor literatura, entonces aventurémonos  a diseccionarla.

En la memoria subsiste la imagen de Perseo asiendo la cabeza de la Gorgona, y nos surge una pregunta: ¿cómo hubiese sido ese mundo de no habérsele presentado la oportunidad a un hombre, a Perseo, de decapitarla? Y nos respondemos: hubiese sido una inagotable orgía de sangre y una permanente situación de pavoroso miedo. Por eso la condición heroica que encarna Perseo, y por lo que, de otro lado, se vuelve inobjetable el hecho de que el desenfreno también tenga sus límites.

Solo a través de la imagen se hace posible la subsistencia de esa estampa en la memoria y lo que le potencia su fuerza de permanencia. Tal es la razón de que el Mythos sobreviva a las distintas edades, porque se sustenta con el poder de la imagen.

Percibimos luego, que si la narración literaria se consolida con la materia poética, mayor es la fuerza, porque la poesía nace del vislumbre de la imago, y toda imagen naciente se proyecta de forma imperecedera.

 

El poder de la imagen

La imagen connota poder, el poder de la presencia, el de su forma. Si se está se es y se puede. Si no se está se pierde el poder  de ser, el poder de la imagen. (Perelman, 1997) en El imperio retórico sustenta una premisa argumentativa con el poder de la imagen cuando una oveja se salva de ser sacrificada porque era precisamente la oveja que todos los días veía pasar el rey, y este pidió que sacrificaran otra. De esa forma, por el poder de su constante presencia ante los ojos del rey pudo salvarse de ser sacrificada.

De igual forma, la imagen tiene el poder de impactar emotivamente –de asustar– si no se entiende el porqué de su presencia o si no se espera dicha presencia. Y no hay un ejemplo más indicado que el susto de los espectadores del filme de Los Lumière, cuando, en una sala oscura, vieron la imagen del tren venírseles encima en La llegada del tren a la estación de la ciotat.

 

El carbón y el diamante

La misma materia sustenta dos imágenes, una en su edad primera y otra después, y es el poder del tiempo y su implicitud de maduración quien las cambia. La primera imagen es negra y sucia, la segunda transparente y pura. El carbón es inmadurez e inicio, el diamante plenitud y aspiración. El ser es unidad y convoca ambas imágenes.

El devenir del ser se proyecta desde la imagen del niño que se es y culmina en el anciano que se ha de ser. Dos extremos, dos imágenes.

 

La ruleta de las imágenes

Y podemos hilvanar en imágenes todo Borges, Hugo y Balzac, o a Fellini, Visconti y Buñuel. Entonces nos encontramos con todo ese universo de Beatriz Viterbo y Carlos Argentino, y todos los momentos y lugares que compendia el Aleph, y continuar con las aventuras de Jean Valjean y Eugénie Grandet, y luego hacer un fundido donde veamos las representaciones de Mastroianni, Catherine Deneuve y la decadente vida de ídolos en La caída de los dioses. Sería ver, igualmente, un mundo oculto, en las paredes de nuestras casas, en las acciones que se dibujan de dromedarios y dragones, lobos y serpientes, y furtivos rostros, todo un fabulario que solamente podría explicar Jean Paul Sartre con sus imágenes hipnagógicas. Y ahora, sí amigos y amigas, ya tienen licencia para imaginar, delirar o fantasear y empiecen a dibujar sus personales  e íntimas imágenes, y ¡LUCES, ACCIÓN, CORTEN!

 

Fin.


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