Los pescadores de tortugas debieron abandonar su oficio por orden del Gobierno Nacional.

En Punta Canoa, los últimos pescadores de tortugas


En el corregimiento de Punta Canoa, zona norte de Cartagena, hay 70 hectáreas de tierra que en otro tiempo pertenecieron al mar.

Los lugareños le llaman “El Playón”. En una parte de ese terreno construyeron un pequeño estadio de béisbol e instalaron dos arcos de hierro en lo que, se supone, es un campo de fútbol. Pero el territorio casi siempre permanece húmedo, ya sea por las lluvias o por los repentinos brotes de agua marina que el suelo todavía llora.

El algunos sectores, El Playón está poblado de arbustos de zarza y hierbas gruesas y filosas, mientras que en aquellos todavía cubiertos de agua cenagosa crecen promontorios de mangle entre los que aún se esconden algunos camarones, cangrejos o peces pequeños que podrían servir como carnada en las jornadas de altamar.

Hace más de 50 años El Playón era el embarcadero de los pescadores del poblado, pero especialmente de quienes se dedicaban a un oficio ya–prohibido por las autoridades ambientales: la pesca de tortugas.

Esos primeros pescadores fueron los padres y abuelos de los actuales. Los de ahora, resuelven la vida atrapando peces y mariscos para vender en el mismo pueblo, en los restaurantes del vecino corregimiento de La Boquilla o en los establecimientos turísticos de Cartagena.

Dicen tener unos de 20 años de haber abandonado la pesca de tortugas, pero sin saber que antes de que ellos lo decidieran ya el Gobierno Nacional, a través del desaparecido “Instituto Nacional de Recursos Naturales” (Inderena), había emitido la prohibición.

Algunos ex pobladores de barrios cartageneros como Chambacú, Getsemaní, San Diego o Torices, recuerdan que en los años cuarenta y cincuenta, en los sectores de venta de pescado del desaparecido mercado de El Arsenal, se veían las mesas llenas de tortugas despresadas, cuyos principales compradores eran los propietarios de las fondas que funcionaban en la misma central de abastos; y los proveedores eran los habitantes de los corregimientos de la bahía y de Chambacú.

“En esas fondas —dicen— los platos preferidos eran el bistec de tortuga, la tortuga guisada, tortuga frita y el chicharrón de tortuga. Este último se hacía con la manteca de la tortuga, que era muy fina y servía también para aliviar a los asmáticos”.

Los últimos pescadores de tortuga que tuvo Punta Canoa actualmente sobrepasan los cincuenta años. Se llaman Emérito Gómez, de 75 años; Luis Alberto Leal Núñez, de 61; Carlos Eduardo Leal, de 54; y Eusebio Leal Núñez, de 59.

Los cuatro son descendientes de pescadores de tortugas. Asumieron el oficio desde la adolescencia, pero desde muy niños aprendieron a desafiar al mar, piloteando canoas de madera con canaletes del mismo material y varas de más tres metros que hundían en el corazón del ciénaga para impulsar las embarcaciones.

Luis Alberto, por ejemplo, recuerda que tenía 13 años de edad cuando fue invitado por un grupo de amigos a instalar las redes con que se pescaba a las tortugas.

“Esas redes las hacíamos nosotros mismos con hilo grueso de nylon. Podían medir entre 30 y 40 metros de largo. En la parte que debía quedar tocando el fondo, le poníamos piezas de plomo que se llamaban ‘potalillas’. Y en la parte superior les poníamos piezas de icopor con pedazos de un árbol llamado ‘balsa’, que es muy liviano. Las redes duraban instaladas de tres a cinco días. Las poníamos en la tarde o en la noche y después las retirábamos en la mañana, con unas tres o cuatro tortugas; o posiblemente vacías, pero instalábamos una limpia, mientras aseábamos la que habíamos quitado.”

Al mismo tiempo recuerda que “las tortugas podían pesar entre 40 y 70 kilos, pero a veces podías encontrarte con una de cien, como la que pesqué con mi papá, Eusebio Leal Carmona. Pesaba tanto que cuando la subimos al bote, lo volteó, pero no se escapó porque la teníamos bien sujeta, además de que una de las manos la tenía carcomida por la mordida de un tiburón; y pudimos sacarla a la playa con la ayuda de unos compañeros que llegaron en otro bote”.

En el pueblo había dos compradores de tortuga: Joaquín Gómez, un coterráneo quien las compraba para vender en el mismo pueblo y en Cartagena; y Celestino Gómez, quien las llevaba a La Boquilla para surtir los restaurantes o las despensas de las amas de casa.

“En ese tiempo —rememora Carlos Eduardo Leal—, uno podía ganarse hasta 20 mil pesos con las tortugas; y eso era un poco de plata, porque se las vendíamos enteras a Joaquín y a Celestino; y en el pueblo vendíamos el kilo a 300 pesos, que también era bastante. En ese son, si uno trabajaba con juicio, podía vivir muy bien. Yo, por ejemplo, únicamente trabajando en el mar compré la casa que ahora tengo”.

Emérito Gómez afirma que “aunque las redes de nylon eran hechas especialmente para pescar tortugas, a veces también se enredaba uno que otro pescado de gran tamaño. Una vez cogimos un pez espada junto con tres tortugas; o sea, el día nos resultó muy bueno”.

Hace veinte años, a finales de la década de los 80, los pescadores de tortuga abandonaron el oficio cuando se dieron cuenta de que el objeto de su trabajo estaba disminuyendo dramáticamente, pero aún ignoraban que el Gobierno Nacional había lanzado la prohibición en las postrimerías de los años 60.

Para esa fecha, en las playas de Cartagena se encontraban tortugas con placas en el caparazón que indicaban que habían sido cazadas en otros países y devueltas al mar con esa señalización para impedir que fueran exterminadas. “Pero aquí se las comían con todo y placas”, dicen algunos pescadores de Cartagena cuando se acuerdan del caso, y cuando recuerdan que las cáscaras de las tortugas no eran aprovechadas para la fabricación de souvenires, como se hace ahora, simplemente eran arrojadas en cualquier solar a merced de los gusanos.

“Nos enteramos de la prohibición de la forma más terrible —cuenta Eusebio—. Eso ocurrió un día que en mi casa no había plata ni para un tinto. Mis tres hijos estaban pequeños y me levanté bien temprano para que ver qué había caído en las redes. Y qué sorpresa, una tremenda tortuga como de 80 kilos, si es que no pesaba más. Valía como 300 mil pesos, que era mucha plata. Con decirte que tuve que salir a buscar a ayuda para sacarla. Cuando ya la tenía volteada en la arena, pasó una camioneta llena de soldados. Pararon unos metros adelante. Se regresaron y llegaron hasta donde estabamos nosotros, para decirnos que devolviéramos la tortuga al mar. Yo les dije que no tenía para comer, que mis hijos me estaban esperando con esa comida. Mis compañeros también les suplicaban, pero nada. Me la hicieron devolver. Y a mí no me quedó otra cosa que ponerme a llorar”.

Pese a todo, los habitantes de Punta Canoa consideran que sus playas son afortunadas, por la cantidad de riquezas marinas que guardan.

“Son playas vírgenes y generosas —aseguran—. Aquí, en invierno y en verano, no dejamos de pescarse la sierra, el carito, el robalo, el sábalo, la pacora, el macabí, el jurel, el barbudo, el pargo, el boca de sábalo, el camarón, el jurel, el langostino, la corbineta, el ronco amarillo, el ronco blanco, el pedro infante, el jorobado y la langosta”.

Pero más que la retirada del mar, que se nota impresionantemente en el sector El Playón, producto del calentamiento global, a los pescadores parece preocuparles mucho más la puesta en marcha del emisario submarino que llevará hasta sus playas las aguas residuales de Cartagena.

“Con la cantidad de mierda que recibirán estas playas —afirman—, lo más seguro es que nadie quiera venir a hacer turismo en Punta Canoa; y muchos menos comprar pescado. Mejor dicho, tendremos que abandonar el pueblo, así como abandonamos la pesca de tortugas”.