Barú pueblo, el principal de los corregimientos que componen la isla de Barú.

Los nombres raros de Barú


Hace unos treinta años, Marcos, un pescador retirado y residente en Cartagena, viajaba con frecuencia al corregimiento de Barú, en donde ponía en práctica todos los conocimientos que, con los cordeles y los trasmayos, había adquirido desde niño.

Dos días después de esas expediciones en altamar, el pescador regresaba a casa cargando un palmario botín de animales marinos de variadas especies; y un comentario que ya era repetitivo en sus conversaciones: “a esos baruleros sí les gusta ponerse nombres raros”.

Ambas cosas —los nombres y la pesca— vienen disminuyendo notablemente en Barú, aunque la segunda resulta más preocupante que la primera, pues el asunto de los nombres lo consideran sólo una tradición de antiguos pobladores que tal vez no se interesaban en tener otro contacto con el mundo que no fueran sus embarcaciones, su mar y su agricultura.

En efecto, la tradición de implantarle nombres no tan comunes a la descendencia, se ha visto relegada por la influencia de la televisión; y ahora (enhorabuena) infantes y adolescentes ostentan títulos personales como Jean Paul, Jean Carlos, Jennifer, Paola, Karina, Carmen Alicia, Talía, Karen o Gisella.

Pero cuando alguien pregunta por los nombres de sus abuelos, padres o tías, la tradición surge con toda su fortaleza desde los tiempos en que eran los sacerdotes católicos quienes se atribuían el derecho a bautizar a sus feligreses con los nombres que mejor estimaran; o como cuando algunos padres, con inoportunas sofisticaciones, echaban mano de libros, revistas o historias remotas, con la pretenciosa ilusión de que los de sus hijos fueran rótulos originales que los distinguieran del resto de los humanos.

“Por ejemplo —dice la artesana Ana Rosa Miranda—, mi bisabuelo paterno se llamaba Juan Catarranates Narváez Hernández. Era pescador y murió de 105 años. No sé de dónde sacaron ese segundo nombre, pero lo que sí sé es que a ninguno en mi familia se le ha ocurrido repetirlo”.

Al parecer, los baruleros de las nuevas generaciones no habían caído en cuenta que los nombres de sus antepasados resultan infrecuentes y hasta insólitos para los visitantes, ya que la costumbre de venirlos escuchando desde muchos años atrás pudo haberles creado la falsa idea de que se trataba de nombres comunes y corrientes en cualquier parte del mundo.

Sólo hasta que se les hace ver lo contrario, empiezan a recordar nombres que escucharon en sus años de infancia, cuando abuelos inmemoriales se valían también de los calendarios para resolver el problema de bautizar a los menores.

“Mi abuela —recuerda la señora María Eugenia Escobar—, se llamaba Urelia Torres, pero ella como que se resignó a cargar ese nombre y le puso uno parecido a mi mamá. Se llama Térfida Torres”.

Junto con la tradición de los nombres no comunes también caminaba otra que, de vez en cuando, los baruleros parecen extrañar: la longevidad.

“Los viejos de antes pasaban de los cien años —anota Ana Rosa—, pero los de ahora no estamos durando ni setenta. Ya he visto casos de algunos paisanos que empiezan a enfermarse a los 50 años y terminan muriéndose tan jovencitos”.

Alexander Gómez, un pescador que aparenta unos 25 años de edad, retoma el tópico de los nombres raros, recordando a un vecino que conoció en sus años de infancia y que falleció nonagenario.

“Se llamaba Ascensión Julio, pero ese nombre no me resulta tan raro como el de mi bisabuela materna, quien murió de 99 años y la conocían como Machola Salavarría. La gente creía que en vez de nombre tenía apodo, pero se convencían cuando leían su documento de identificación”.

De un momento a otro, el grupo de baruleros que se animó a discutir el asunto de los nombres no acostumbrados, recuerda que hace muchos años se mudaron para Cartagena otros paisanos llamados Austraberto Gómez, quien ahora es pensionado de una empresa del Estado; mientras que Betoven Julio reside en uno de los barrios de la zona suroccidental; y Hérmida Ramos, moradora de El Bosque, pertenece a la comunidad espirita, a la vez que su paisana Arnida Barrios decidió radicarse definitivamente en Caracas.

Un tío político de Alexander, aún a sus 75 años, exhibe el irrepetible nombre de Sofronín Barboza, vecino de Críspulo Gómez, a quien asesinaron muy joven en circunstancias que todavía no son muy claras.

Aristóbulo Gómez se encuentra entre los nativos que alcanzaron la gracia de llegar a los 102 años de existencia, mientras que el profesor Luis Felipe Cabrera murió más joven, pero antes se especializó en bautizar a sus hijos con nombres como Cátula, Teódula y Paulino Cabrera.

Galixa Amaranto, de 80 años, es una de las ancianas más lúcidas del pueblo, amiga cercana de Luz Mary Hernández, la propietaria del restaurante “Mis tres luz”, quien tiene dos hermanas llamadas Edélfida y Fulvia. La primera reside en la calle La Iglesia; y la segunda, en la calle El Puerto.

Entre quienes estamos barajando nombres, de repente surge la sospecha de que al señor Rosembel Medrano, de 52 años, habitante de El Centro, sus padres quisieron bautizarlo como “Rosemberg”, pero a fuerza de no saber pronunciarle ni escribirle el nombre, los coterráneos terminaron designándolo toscamente como “Rosembé”.

Es posible que a estas alturas el nombre de Tiburcio Julio, de 54 años y residente en la Plaza de los Perros, ya no resulte tan extraño como el de Nieso Medrano, de 87 abriles, aunque aún más extraño y risible es el de un hermano de Alexander.

“Se llama Minoro Hernández. Y le dicen ‘El Cuchilla’, porque mi mamá le sacó el nombre de una revista en donde estaba la publicidad de una hojilla de afeitar”.

Pero Luz Mary no sólo recordó el nombre de sus hermanas, también hizo una lista en donde sobresalen nombres de vecinos como Nertalina Molina, de 66 años, residente en el barrio Las Flores; Prisciliano Polo Julio, de la Calle El Puerto; Amancia y Berlainer Gómez, de la calle Las Tijeras; y Garcilazo Gómez, nacido en la calle Real, pero residente, desde hace varios años, en Ciudad de Panamá.

Aunque los baruleros insisten en que la tradición de los nombres raros se detuvo hace mucho tiempo, la verdad es que aún se encuentran algunas manifestaciones de ella en las nuevas generaciones.

Verbigracia, Minoro, el hermano de Alexander, sólo tiene 15 años; mientras que Keyson de la Rosa, habitante de la Plaza de los Perros, acaba de cumplir un año de nacido; y un nieto de Víctor Fuentes, el fiscal de la Junta de Acción Comunal, acaba de ser bautizado como Aiberson Fuentes, en homenaje al apellido de un basketbolista gringo, motivo que puede ser el mismo para que hayan bautizado a otro barulero de dos años como Key Michel Cuth.

Nestor Cortés Angulo, un agricultor retirado, quien ahora sostiene 88 años de vida, recuerda nombres de coterráneos como Teoribia Salas, quien murió a los 66 años; Finia Pérez, de 68, quien aún habita en la calle Real; y Lamberto Gómez, quien lleva muchos años viviendo en Cartagena.

Sin embargo, a Cortés Angulo cualquiera de los nombres extraños y feos que se hayan puesto, o que estén por inventarse, siempre le resultarán inferiores ante el de la hija mayor de Manuel Barrios, un botánico que conoció hace 80 años y quien era su vecino más cercano.

“El tipo tenía tantos libros de Química, Medicina y Botánica, que sospecho que de ellos sacó la palabra con que bautizó a la pobre niña. La llamó Brudulbudura Barrios. Creo que todavía vive. No sé si con ese nombre, pero sospecho que aún vive”.


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