La clase de orgullo que no deja florecer a una ciudad

La clase de orgullo que no deja florecer a una ciudad

18/05/2020 - 09:16

"Vanidad... definitivamente mi pecado favorito"
Al Pacino, en 'El abogado del diablo'

Cuesta mucho ver que, teniendo todas las potencialidades y posibilidades, una ciudad, una comunidad, una familia, una persona, no avancen. Ciertamente hay diversas razones que pudieran sustentar esta situación, pero una de ellas, y que tiene gran incidencia, es el orgullo. Y me refiero a esa clase de orgullo que enceguece y tiene un efecto narcotizante que impide ver otras perspectivas, pero maximiza la mirada y el propio parecer.

Dentro de las muchas maneras en que se puede ver el orgullo, hay uno que es venenoso, dañino, pero también hay otro que se trata de una sana satisfacción propia, o relativa al triunfo de otros tanto queridos, como cercanos, como admirados. El primero es envidioso, es vanidad, es un obstáculo. El segundo fortalece el sentido de comunidad, es agradecimiento propio y por otros, impulsa y despierta motivaciones para seguir avanzando, y cada vez mejor.

El orgullo dañino representa el profundo individualismo de un pobre e inseguro ser humano, lleno de sí mismo y altivo, soberbio y alejado de la verdadera realidad que le permita pensar en el bien común, y más bien enfocados en ganar aceptación para satisfacción del ego. Una sociedad que replica comportamientos como este, ciertamente es tan pobre de alcance que a duras penas resiste el día a día, y mucho menos puede construir y avanzar en una visión colectiva de futuro. Este es el tipo de orgullo que afecta y destruye el orgullo sano que nos hace valorar lo propio, lo nuestro y hacerlo florecer.

Si algo es necesario para cambiar, es la humildad. Entendida esta no como ese sentimiento de miserableza, sino como el reconocimiento de nuestra realidad, de que solos no podemos, de que hay más fuerza en lo colectivo que en la individualidad. Pensar y actuar colectivamente, enfocados en el bien común, abiertos al aprendizaje, a crecer, al cambio, será un factor importante para ver florecer nuestras ciudades, incluso, nuestras comunidades, familias y vidas personales.

Por eso el enemigo a vencer es ese orgullo dañino que hace que cada uno mire su propia necesidad sin importarle los demás. Hoy vemos en medio de esta pandemia, cómo por orgullo a la gente no le importa salir a la calle sin cuidado y sin cumplir las normas establecidas por el gobierno. Vemos cómo algunos de nuestros líderes se debaten en "ires y vineres" donde el paupérrimo uso del lenguaje muestra una necesidad de reconocimiento y legitimación de poder a costa del peligroso populismo, y cayendo en mutuo descrédito; esto también se refleja en la vida de nuestra sociedad. No cabe duda que esta situación de crisis y confinamiento ha sacado a flote nuestras más íntimas idolatrías, comenzando por la del ego.

El florecimiento de una ciudad está basado en entender la importancia vital y radical que tiene el bien común. Esto es, hacer conciencia de que es con el esfuerzo real de todos, comprometidos por la causa de todos, con el bienestar colectivo y actuando en coherencia. Eso se podrá ver en el sentido comunitario donde la gente coopera, en lugar de vivir criticándose. Se podrá ver en un lenguaje con palabras que construyan, en lugar de las actuales y muy pobres "peleas discursivas" en todos los escenarios. Se podrá ver cuando la gente se ayude sin interés o esperando retribución. Se podrá ver cuando una ciudad, región, país se construye a partir de un discurso integrador real y respetuoso, y acciones concretas que lo respalden.

Pero el orgullo lo impide. Lo estamos viendo, lo estamos viviendo. Si esto no se detiene, no sólo el covid-19 nos acabará, sino que terminaremos acabándonos entre nosotros mismos. Por lo menos si las redes sociales no fuesen virtuales, ya habría más de un muerto.

Necesitamos un cambio, y ese comienza en cada uno, dejando a un lado ese orgullo dañino que se encierra en la piel que tenemos, y más bien siendo parte de un colectivo social, de una sociedad, que mira el bien común y trabaja por él, para despertar el orgullo sano que nos permita decir "qué bueno ser de aquí" y ser protagonistas de un verdadero florecimiento de nuestro territorio.


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