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Cartagena

Pandillas, una lucha sin sentido

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Una cicatriz en su ceja derecha y la marca de un balazo en el costado de la pierna izquierda son los recuerdos imborrables de Pedro Almanza* en sus años de pandillero.
A los 14 años ya Pedro sabía que el quedarse en su casa representaba solo conflicto. Hijo de padres separados, este hombre alto, de tez morena se levantaba todas las mañanas a jugar con sus amigos, quienes un día comenzaron a lanzarle piedras a otros muchachos de un sector aledaño.
Los juegos entre muchachos continuaron, pero un día el sentido de éstos cambió. Ya no eran juegos inocentes, eran peleas sin sentido por ganar un territorio que ni siquiera les pertenecía. Si un joven de un sector transitaba por otro, era pelea segura.
Cuando las piedras ya no les eran suficientes para defenderse, robaban para comprar armas y formaron la pandilla. Ante los ojos de los habitantes del sector, eran temibles e infundían terror, lo que los hacía sentir superior. El egocentrismo y la prepotencia se adueñaban de sus mentes.
“Comprábamos droga para poder hacer las vueltas. Cuando estás drogado no sientes si te dan un machetazo, se te hace más fácil todo, te crees un superhéroe”, afirma Pedro Almanza.
En medio de las peleas murieron varios integrantes de la pandilla, amigos de Pedro, con los que un día jugó. Es allí cuando toma la decisión de ser diferente y de entregar, junto con otros sobrevivientes, las armas.
“Al principio fue duro. La policía no me creía que ya no robaba ni peleaba, me tenían encasillado en un mal concepto, y con justa razón. Ellos me conocían porque estuve preso cuatro meses, allí conocí el ‘infierno’”.
Pedro lleva siete años asistiendo a la Fundación Renovación y Esperanza, donde fue rehabilitado. Hoy es carpintero y tiene una hija de 10 años, quien asiste todos los sábados a la fundación en el programa especial que atiende niños para evitar que se vinculen a las pandillas.

FUNDACIÓN RENOVACIÓN Y ESPERANZA
Hace 12 años Lida Paternina o como todos la llaman ‘mami Lida’, emprendió una labor que se convertiría en su motor de vida y la alejaría de su profesión como contadora pública. Lida decidió restablecer jóvenes en pandillas a la sociedad.
“El proceso siempre seguirá, un joven no cambia con una charla o tres meses de psicología, son años haciéndoles seguimiento para que no vuelvan a delinquir. Una vez ellos eligen un camino, lo hacen por su propia decisión y no porque los obligan. Nosotros acá en la fundación les mostramos que las cosas pueden ser diferentes, le inculcamos valores y les damos amor”, comparte Lida.
La Fundación Renovación y Esperanza cobija a más de 360 jóvenes (hombres y mujeres), que han pertenecido o pertenecen a una pandilla,  motivándolos y forjándolos en valores, brindándoles ayuda médica y psicológica.
“Factores sociales, familiares y culturales, hacen que estos jóvenes en riesgo se conviertan en una bomba de tiempo: falta de dinero y carencia de autoestima, los precipitan a tomar la decisión de involucrarse en una pandilla”, asegura Lida Paternina, quien ha encabezado esta causa social en los sectores vulnerables de la ciudad.
Para ella, caminar con tranquilidad y sin miedo por las calles de San Pedro Libertad, se ha convertido en su mayor satisfacción.
Ver a los jóvenes que ella conoció en los caminos delincuenciales haciendo parte de importantes empresas de la ciudad, ejerciendo una labor digna y honesta, le susurran al oído que todo ha valido la pena.

Lida Paternina desocupó la sala de su casa para convertirla en fundación, allí atiende a los jóvenes. José Rafael Mejía Meza
Lida Paternina desocupó la sala de su casa para convertirla en fundación, allí atiende a los jóvenes. José Rafael Mejía Meza
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