A Palestina le duelen las pandillas y la falta de agua

27 de marzo de 2019 12:00 AM

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Los habitantes de Palestina creen que el problema más grave que padecen es la deficiencia en el servicio de agua potable y el alcantarillado inconcluso.

Pero, por encima de todo eso, están las pandillas, cuyos miembros no solo protagonizan riñas para defender fronteras invisibles. También se dedican al latrocinio y, la mayoría de las veces, las víctimas son sus propios vecinos.

Palestina es uno de los barrios de las faldas del cerro La Popa y, como casi todos los demás, no goza de un buen servicio de agua y alcantarillado, debido a que cada vez son más las viviendas que se pegan a las poquitas redes, además que con el paso de los meses crecen las casas que se construyen en las alturas.

Palestina tiene 45 años de fundado. Pertenece a la Localidad 1. Cuenta con 350 predios y 1.200 habitantes. Tiene como vecinos los barrios Paraíso, La Heroica, La Paz y Virgen del Carmen.

Mientras los jóvenes se la pasan en las esquinas u organizando reyertas, los activistas cívicos insisten en que su gran problema es la falta de agua.

Nicaulis Medrano Sarabia, la presidenta de la Junta de Acción Comunal (JAC), afirma que a unas 120 viviendas de la parte más alta no les llega el líquido y tienen que aprovisionarse con el servicio de carrotanques que envía Aguas de Cartagena.

“Con esos carrotanques --agrega-- ocurre un problema: suben por la única calle pavimentada que tenemos, pero, por estar tan empinada, algunos se han chocado contra las casas cuando vienen bajando. Afortunadamente, hasta ahora no ha ocurrido una desgracia, fuera de los daños materiales”.

Se refiere a la calle 66, que también es la vía principal de Palestina, pues las demás están sin pavimento y esperando ser intervenidas para la subterranización de las redes del alcantarillado y la ampliación de las tuberías del agua potable.

La semana pasada, los usuarios se quejaron porque venían sufriendo seis meses con fallas de agua, las cuales se agudizaron en los dos últimos meses, “pero lo que más indignación nos da es que nos siguen enviando las facturas como si el servicio fuera el mejor”.

Por cuenta de las anomalías con el agua, el barrio ha vuelto a los tiempos de su fundación, cuando cada familia se dotaba de un burro, con el que arreaba el agua que se conseguía en los barrios de abajo. Ahora, cada galón cuesta 1.200 pesos, pero deben comprarse cuatro para resolver las necesidades del día.

Retomando el problema de las pandillas, Emiro Luna, otro integrante de la JAC, cuenta que algunos vecinos voluntarios aportan lo que pueden, para que los jóvenes les den otro rumbo a sus vidas, “pero la ayuda principal debería venir del Distrito. Aquí hemos organizado varios procesos de paz con los jóvenes de San Francisco, 20 de Julio y La Paz, los enemigos de los de Palestina. Pero la constante es la misma: se propicia el desarme, el Distrito les promete el cielo y la tierra y después les hace pistola”.

De acuerdo con Luna, el barrio tiene 350 pandilleros, “aunque podrían ser más, porque ya estamos viendo niños que remedan a los más veteranos y la cosa se vuelve más preocupante”.

El gestor cívico considera que la interinidad en la Alcaldía de Cartagena podría ser el factor principal en el fracaso de los procesos, “porque cada vez que se monta un nuevo alcalde viene a visitarnos sacando pecho y prometiendo un montón de cosas, pero a la hora de la verdad no tienen ni idea de cuál es la realidad de este problema”.

Nataly Muñoz, de la JAC, teoriza que otra causa del extravío de los jóvenes es el cierre, hace cinco años, de la que se llamaba “Escuela Comunitaria Etnoeducativa de Palestina”, que funcionó durante quince años y fue clausurada en 2014, cuando los padres de familia comenzaron a retirar a sus hijos por el asunto de las fronteras invisibles.

“Muchos de quienes eran nuestros alumnos --prosigue Muñoz-- fueron matriculados en el Liceo Bolívar, en Daniel Lemaitre, y les cuesta más tiempo trasladarse de un barrio a otro. Y precisamente por eso, unos cincuenta niños de Palestina están desescolarizados, porque los padres no los envían debido la lejanía de los colegios, el costo y el riesgo que significa contratar motos diariamente”.

La escuela también servía a los adultos en las clases nocturnas, a las cuales los docentes llegaban custodiados por la Policía y cuidados por la misma comunidad, pero los agentes también se retiraron cuando el plantel se quedó sin alumnos.

En cuanto a escenarios deportivos y centros de salud, sucede lo mismo que con las escuelas: la comunidad tiene que trasladarse a otros barrios a llenar esas necesidades, porque en Palestina no quedó ni el más leve terreno para acometer obras de ese tipo.

Mientras el único transporte público son las motos, los camiones recolectores de basura no alcanzan a cubrir todo el barrio, de modo que los desechos sólidos se depositan en las zonas enmontadas junto con las bolsas de excrementos que, además de malos olores, producen ratas, mosquitos y enfermedades cutáneas, sobre todo en la población infantil.

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