Ciudad del Bicentenario, una belleza que se afea

11 de septiembre de 2019 12:00 AM

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El clima fresco y luminoso de Ciudad del Bicentenario, lo mismo que la belleza de sus edificaciones y espacios abiertos, darían a entender, a primera vista, que se trata de uno de los mejores sitios de Cartagena para vivir.

Para el recién llegado, la tranquilidad se respira hasta en el aliento montuno que arrojan los árboles de matarratón; el espíritu pueblerino, a pesar del cemento y el asbesto, hacen creer que estamos ante el paraíso infrecuente de los grandes espacios urbanos.

Pero quienes viven ahí desde hace más de cinco años no se muestran muy contentos que digamos. La inseguridad los tiene con los pelos de punta. Sobran los terrenos donde construir eficaces espacios recreativos para mantener a niños y jóvenes con la mente enfocada en asuntos productivos, pero, por el momento, son solo eso: solares baldíos aprisionados por la maleza y la escasa iluminación eléctrica.

El atraco, al amparo de la penumbra, es la nota diaria. Las riñas entre pandillas crecen a razón de nimiedades que se van cultivando como rencores, cuyos orígenes son tan remotos como la solución que quisieran los asustados residentes. Todos, sin excepción, señalan la inseguridad como el problema más grave del barrio.

Ciudad del Bicentenario hace parte de los barrios que, en los últimos años, han ido naciendo en las afueras de la ciudad, pero los habitantes, en su mayoría, son los desterrados de las zonas de alto riesgo clasificadas por el Distrito.

Sus vecinos son la carretera de La Cordialidad, La Sevillana, Flor del Campo, Colombiatón, Las Torres, Villas de Aranjuez, El Pozón y La India, que también pertenecen a la Localidad 2, “pero de vez en cuando nos llega en las facturas de servicios públicos que pertenecemos al municipio de Santa Rosa. Y también pasa que para algunos servicios somos estrato dos y para otros somos estrato tres. Es decir, todavía hay un poco de desorden administrativo en lo que respecta a estos barrios de los extramuros”, dice Kenys Ruiz Agámez, una residente de las que empiezan a perfilarse como activistas cívicas.

Ella está entre los habitantes que opinan que muchos de los jóvenes que participan en las reyertas repentinas (sobre todo cuando está cayendo un aguacero) tienen mucho tiempo desocupado, ninguna entidad les propone otras alternativas de vida, ni el Estado se ha preocupado por construirles escenarios deportivos, o recintos culturales, en donde invertir la energía vital que le dedican a la incultura del odio.

“Hay niños que están en edad escolar –comentan--, pero parece que este año la Secretaría de Educación no abrió la cobertura para ellos. Lo otro es que las autoridades, cada cierto tiempo, organizan desarmes y pactos de paz entre las pandillas, pero no tienen en cuenta que estos barrios van creciendo cada año y en ese crecimiento van apareciendo más jóvenes con los mismos conflictos de adaptabilidad”. La expansión paulatina del barrio, tras la llegada de más y más familias, trae consigo nuevas costumbres que robustecen la incipiente violencia, “como ese asunto de las barreras invisibles, donde caen muchos jóvenes que no tienen intenciones de integrar ninguna pandilla, pero en cuanto los agreden, por estar en lugar equivocado, se enciende un sentimiento de venganza que termina por volverse interminable”. La paradoja radica en que estos barrios no tienen en común el esfuerzo por construir una nueva Cartagena en el sentido del bienestar; más bien el único hilo conductor es el intercambio de violencias y de estrategias para acrecentar el mal entre una comunidad y otra.

“La solución debería empezar en los hogares –considera Kenys--, porque la mayoría de los violentos son chicos maltratados, víctimas de unas infancias difíciles y de hogares disfuncionales. La consecuencia es la agresión callejera. Uno les pregunta por qué pelean y ellos responden que nunca deben dejar metido a un amigo, aunque no tengan ni idea de qué fue lo que motivó la guerra”.

La malla vial que une a Ciudad del Bicentenario con los barrios vecinos está dramáticamente deteriorada.

La avenida que permite el ingreso, a través del barrio La Sevillana, tiene un tramo en pésimas condiciones desde hace unos cinco años.

Por esa razón, todos los vehículos usan una sola calzada y los accidentes se registran con frecuencia, debido a las altas velocidades que utilizan.

A los usuarios del puesto de salud no les parece conveniente que lo hayan construido al lado de un caño de aguas residuales.

Alrededor de ese centro médico hay solares enmontados de donde salen serpientes y ratas que se cuelan a las instalaciones.

La sala de urgencias está cerrada. Ante un percance de salud, los pacientes deben correr hacia el CAP de El Pozón, que no está cerca.

El transporte es inmejorable, porque hay busetas para todas las rutas, solo que laboran hasta horas tempranas de la noche, para evitarse un desencuentro con la delincuencia.

Los taxis tampoco quieren entrar en la noche.

Los servicios públicos funcionan bien, aunque uno que otro usuario se queja de Electricaribe.

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