Cartagena


El siglo de Don Leoncio

A estas alturas, Don Leoncio Castro Jiménez dice que la única molestia de salud que ha padecido es la cortedad de su vista, afección que lo ha obligado a usar lentes durante toda la vida, tal como ha pasado con la mayoría de sus catorce hijos.
Nació en la población de Galerazamba el 13 de enero de 1913. Con su esposa, Berta Alvarado, tuvo diez hijos, pero la prole aumenta si le suman los cuatro que obtuvo de una relación extramatrimonial.
Sin embargo, sus propios hijos afirman que los retoños extramatrimoniales jamás se convirtieron en un impedimento para que la familia fuera y permaneciera unida, aún en estos momentos en que los vecinos del barrio Pedro Salazar se admiran de la armonía que reina entre los Castro Alvarado.
Y esa relación de kilates se nota mucho más ahora cuando todos andan corriendo de un lado otro, afinando los detalles para lo que será la celebración de los cien años de existencia de Don Leoncio, quien ha pedido banda papayera, mariachis, conjunto vallenato y orquesta tropical.
Adicionalmente, sus hijas le tienen preparados poemas, discursos y anecdotarios con que recrear su vida de padre, trabajador y andariego, amante de la parranda con ron blanco y amigos conversadores.
La hablan en voz alta, dada la deficiencia de su audición, y él estira el cuello doblando la cabeza, como queriendo aprovechar los últimos resquicios de sensación sonora que aún conserva dentro de las orejas.
“Nosotros —dice hablando de sus parrandas—, tomábamos ron en cantidades, pero jamás se nos dio por robarnos una gallina cuando teníamos hambre. En vez de eso, suspendíamos el trago un momento y preparábamos una picada de cebolla con queso y pan de sal. Con eso quedábamos firmes nuevamente y seguíamos la farra”.
Sus familiares consideran que tiene un prodigio de memoria, especialmente cuando sólo le hacen una pregunta, y  ella es como una llave mágica que destapa el baúl de donde Don Leoncio extrae recuerdos de su asistencia al colegio en 1926; su ingreso a las salinas de Galerazamba, de donde se enviaban trozos de sales sin mezclar al mercado norteamericano; sus dotes de declamador, que aún recuerda poemas que él llama La mariposa y la canción de El gato Mambrú; pero también los porros   La culebra y Caramelo Santo, que ejecutaba La banda de Repelón, cuando ya él era un muchacho que parrandeaba ferozmente por los andurriales del Caribe colombiano.
Ya son muchos los años que sus 14 hijos, 48 nietos, 46 bisnietos y dos tataranietos llevan escuchando las historias de Don Leoncio, quien a pesar de haber decidido mudarse para Cartagena, aún lleva en el espíritu el aliento de las cosas del campo, cosa que resulta más que ratificada cuando padece algún desvarío y amanece pidiendo que “me traigan la mochila y me ensillen el burro, que voy pa’l monte”.
Pero las hijas le hacen caer en cuenta que ya no está en Galerazamba, sino en una de las estribaciones del cerro de La Popa en Cartagena, en una vivienda cuya sala exhibe un pendón gigante con la foto del venerable abuelo sentando en una mecedora mompoxina, mientras que al otro extremo está el retrato dibujado a carboncillo de Berta Alvarado, su esposa, quien muriera a los 71 años, víctima de una leucemia.
Las hijas —y el mismo Don Leoncio— tienen la certeza de que la longevidad es un don que no todas las familias heredan. Y entre los Castro Alvarado se nota a leguas la permanencia del legado, puesto que la mayoría aparenta menos años de los que en realidad tiene, como un tío paterno que murió a los 90 años, pero sus coterráneos juraban que apenas tenía 70.
Y todos dicen portar la memoria prodigiosa que exhibe Don Leoncio. Una prueba contundente se cristaliza cuando se le pide que repita el poema de la mariposa con sus comas, puntos y demás señales de tránsito. El abuelo no se hace de rogar: se torna erguido en su mecedora, aparta el bastón y declama con voz audible:
“Mariposa,
vagarosa
rica en tinte y en donaire
¿qué haces tú de rosa en rosa?
¿de qué vives en el aire?

Yo, de flores
y de olores,
y de espumas de la fuente,
y del sol resplandeciente
que me viste de colores.

¿Me regalas
tus dos alas?
¡Son tan lindas! ¡te las pido!
Deja que orne mi vestido
con la pompa de tus galas.

Tú, niñito
tan bonito,
tú que tienes tanto traje,
¿Por qué quieres un ropaje
que me ha dado Dios bendito?

¿De qué alitas
necesitas
si no vuelas cual yo vuelo?
¿qué me resta bajo el cielo
si mi todo me lo quitas?

Días sin cuento
de contento
el Señor a ti me envía;
mas mi vida es un solo día,
no me lo hagas de tormento.

¿Te divierte
dar la muerte
a una pobre mariposa?
¡ay¡ quizás sobre una rosa
me hallarás muy pronto inerte.

Oyó el niño
con cariño
esta queja de amargura,
y una gota de miel pura
le ofreció con dulce guiño.

Ella, ansiosa,
vuela y posa
en su palma sonrosada,
y allí mismo, ya saciada,
y de gozo temblorosa,
expiró la mariposa”.

Una salva de aplausos le hacen recordar las veces que declamó delante del modesto auditorio que eran sus profesores y compañeros de colegio, quienes quedaban rígidos de silencio ante el trueno de voz que ahora semeja un arroyuelo en agonía.
“Declamar —dice Don Leoncio— es como cantar: hay que tener buena voz y mucho carácter expresivo. Si no es así, la gente se distrae y usted se queda declamando solo”.
Solo. La soledad parece no existir en lenguaje de los Castro Alvarado, aunque los expertos se cansen de decir que con los años los amigos y los parientes se alejan. Ese no suele ser el caso de Don Leoncio, quien aún se toma sus tragos de ron blanco, como para seguir recordando noticias de Barranquilla, pero preferiblemente de la fábrica que producía ese líquido bendito.

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