El viaje de una psicóloga venezolana que la hizo convertirse en 'Gatubela'

11 de mayo de 2018 02:11 PM

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“La dama de la noche”, “Batichica” o “Gatubela”. Son algunos de los nombres que gritan turistas que se pasean a los alrededores del Centro Histórico, cuando ven desfilar a una joven vestida de negro, con esbelta figura y que repite constantemente “miau”, quien de inmediato hace evocar a aquel personaje representativo del comic en el que una mujer luciendo un traje de gata camina por los techos de una oscura ciudad.

Unos la respetan, admiran y apoyan, queriendo posar y tomarse su mejor foto con ella. Otros, en cambio, le hacen propuestas indecentes, le lanzan piropos vulgares y hasta quieren abrazarla de más. Sin embargo, ella, quien siempre permanece en su papel de 'Gatubela', los evade con unas cuantas palabras fuertes, tal y como el gato ahuyenta a su enemigo con maúllos y rasguños.

Oriana María Rivera López nació en Valencia, estado Carabobo de Venezuela, tiene 20 años y lleva aproximadamente 8 meses en el Corralito de Piedra, el lugar al que ella llama “la ciudad de las puertas abiertas”. Es una mujer de piel negra, cabello trenzado y un estilo muy particular, que incluye color, alegría, seguridad y espontaneidad.

El 26 de junio de 2017, Oriana tomó la decisión de salir del país bolivariano para emprender un viaje de 24 horas, que sin duda, sería inolvidable y marcaría su vida para siempre. No fue fácil, porque dejó a sus padres y a su hermano de 17 años en aquel lugar llenó de dolor, hambre, desesperanza y despotismo, pero las ganas de salir adelante con sus sueños fueron más fuertes y la condujeron a lo que hoy es 'su nuevo hogar'.

“El viaje que más voy a recordar toda mi vida va a ser el que hice a Colombia. Es complicado porque vienes de incógnito, no quieres que nadie se entere que llegaste, no sabes qué vas a conseguir, pues te han dicho muchas cosas malas del país tricolor, pero cuando llegas te das cuenta de la verdadera realidad y de que, al final, no resulta tan desagradable”, contó Oriana a El Universal.

Agregó que los detonantes para tomar su decisión fueron el no poder terminar su carrera de psicología, que iba por octavo semestre y ya estaba por culminar, no poder seguir trabajando como profesora de danza y el hecho de sufrir una decepción amorosa con quien había sido “su primer amor y su compañero” por más de 3 años.

“Me decía a mí misma: no debo estar en este país si realmente no puedo terminar de hacer lo que quiero y lo que me gusta por falta de recursos y una fatal situación país. Les dije a mis padres que aunque los amo, necesitaba buscar otros aires, donde pudiera sacar mi potencial y no me sintiera frustrada. Ese era mi problema y sigue siendo el de muchos jóvenes: la frustración”, dijo la venezolana.

EL VIAJE

Sin papeles, con miedo, con temblor en las piernas, el corazón palpitando más de lo normal y el sudor invadiendo su frente cada cinco minutos, la joven venezolana, quien ya había vendido su celular último modelo, recibido dinero del ahorro de sus padres y de su tío, siguió su rumbo. “No sabía qué iba a conseguir, no sabía qué iba a hacer. Yo lo único que quería era escapar de ese lugar que yo sentía que ya no era para mí”, comentó.

Ese martes, llegó al terminal de Venezuela, donde todo al parecer iba bien, se montó en el primer bus que la llevaría a Maracaibo, otro estado de ese país, y por su falta de documentos tuvo que tomar otro transporte y otra ruta. “Iba con el corazón en la garganta del susto”.

Al llegar a Maracaibo tuvo que caminar alrededor de 100 metros con maleta al hombro, el sol apuntándole a su rostro y el sudor inundando todo su cuerpo. Allí cogería un camión directo a Los Filuos, Guajira. “El olor era putrefacto, la gente con aspecto extraño, nunca había tenido que vivir algo así. Pensaba: “Dios mío dónde estoy”, pero debía seguir”, manifestó la joven.

“Al pisar Maicao, Guajira tuve que caminar para buscar un buen cambio de bolívares a pesos. Pude conseguir uno donde me dieron 110 mil pesos, de eso me gasté 35 para el pasaje a Santa Marta. Ya la cuenta iba bajando. Ese mismo día llegué al terminal de la samaria, como a las 10 de la noche, me quedé en un hotel donde la noche costó 30 mil pesos, por lo que la cuenta seguía a pique”, explicó.

Al día siguiente, en su afán de conseguir más dinero, Oriana salió desde muy temprano a buscar trabajo, dejando la maleta al cuidado de una de las chicas del hotel. Compró un paquete de dulces, los más caros que había visto, pues costaron 15 mil pesos, pero “la necesidad tenía cara de perro”, así que tomó los primeros que vio.

Trabajó todo el día bajo el inclemente sol, que mientras ella lo aborrecía, los demás lo aprovechaban para broncearse. Al final logró 12 mil pesos, con lo que pagó otra habitación en el centro de Santa Marta, más económica, pero menos cómoda. Durmió en el piso, comió pan y agua de bolsa para gastar lo menos posible. Solo duró una semana, pues las cosas se ponían cada vez peor.

“Y LLEGAMOS A CARTAGENA”

En Santa Marta, Oriana se encontró con la que ella llama “un ángel”. Se trataba de una señora que conoció en Venezuela y que por casualidad, sus vidas se cruzaron.

“Me propuso irnos para Cartagena, de una le dije que sí, pensando en que me iba a estabilizar un poco más, pues en Santa Marta las cosas estaban “rudas”. Llegué a La Heroica, un jueves a las 3 de la tarde y recuerdo que nos hospedamos en un hostal frente al Castillo de San Felipe, nos tocó también dormir en el piso. Sin embargo, nos despertábamos muy convencidas a trabajar cantando música venezolana en los buses”, continuó su relato la popular ‘Gatubela’ del Centro Histórico.

Aunque el primer día se montaron en un bus con sensor y tuvieron que trabajar para pagar el pasaje quedándose sin plata para comer, como quién dice pasaron la ‘primiparada’, la situación fue mejorando, pues recibieron apoyo de conductores, sparring y usuarios, que disfrutaban el canto de las venezolanas.

ARRANCAN LAS NOCHES DE 'GATUBELA'

Entre buses, dulces, cantos, risas y tristezas, la joven conoció a otros venezolanos que se ganaban la vida personificando a súper héroes como Aironman y Batman, quienes caminaban el cordón amurallado para tomarse fotos con turistas y hasta locales. De ahí llegó la idea de sumar a otro personaje, pero esta vez más sexy y femenino: Gatubela.

“Ellos me dieron la idea de utilizar mi cuerpo de buena manera, por lo que duré 2 semanas trabajando duro para comprarme mi disfraz. Era duro porque me hacía solo 50 mil pesos por día y debía pagar arriendo y comida, sin embargo, lo logré precisamente para Halloween. Era un traje sobrio, elegante y que dibujaba perfectamente mi figura”, aseguró la joven.

Todo iba bien, hasta que un día recibió una propuesta indecente de un grupo de argentinos que insistían en acostarse con ella a cambio de unos dólares. “Llegaba a mi casa llorando porque me sentía denigrada, el traje no era para provocar, por el contrario era para divertir a la gente sanamente”.

Pero, el amor llegó. Oriana conoció al que hoy es su pareja, otro venezolano que toca el violín en el Corralito de Piedra y que le abrió las puertas de su casa, luego de unos meses de ser traicionada por la señora, aquel supuesto “ángel” con el que se cruzó en Santa Marta y había compartido muchas experiencias.

“FAMILIA ES LA QUE LLEVA TU SANGRE”

“La señora que llegó conmigo, estuvo todos esos meses en el hostal, pero de repente cambió su actitud y tuvimos un altercado, con lo que me di cuenta que familia es la que lleva tu sangre y no alguien que dice ser algo que al final no es. Empezó a hablar mal de mí al dueño del hostal porque yo no hacía lo que ella quería, pero resulta que mi madre está en Venezuela y es a la única a quien obedezco, por lo que el señor me echó a la calle un sábado a las 8 de la noche. Aironman me tendió la mano por 2 meses, pero después me fui para la casa del violinista, que vivía en Torices con otros artistas callejeros del país bolivariano. Sentía que había conseguido mi lugar en Cartagena”, dijo sonriendo Oriana.

Entre la venta de dulces, el canto en los buses y el disfraz de Gatubela, hoy esta venezolana es reconocida en el Corralito de Piedra no solo por vendedores nativos sino por turistas extranjeros que gritan el nombre de su personaje para tomarse una foto con ella y escucharla decir “miau”. Aunque no saca su sensual atuendo todos los días, los fines de semana que sale, arrasa con su sonrisa y belleza, recibiendo propinas y halagos de la gente.

“Estoy muy agradecida con Colombia, con Cartagena, con su gente porque me ha dado para vivir, para ayudar a mis padres, quienes están trabajando, pero siempre hacen falta unos pesos más. Por ahora, no pienso regresar a Venezuela, por lo menos hasta que todo mejore. Mi objetivo es conocer más rincones de este hermoso país, pues ya tengo mi pasaporte, seguir mis estudios de psicología y mostrar todo el talento que tiene una chama como yo, que un día salió de su país sin rumbo y llegó a esta bella ciudad, demostrándole a todos que sí se puede”, puntualizó.

Esta es una de las tantas historias de los venezolanos que han llegado a Cartagena. Muchos salen con expectativas y un destino fijo, otros sin rumbo alguno, como Oriana, pero luego de dificultades encuentran el apoyo y un lugar en esta tierra, que resulta tan acogedora que la mayoría no se quiere ir de ella.  

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