En La Boquilla se aferran a la pesca para no morir de hambre

02 de agosto de 2020 12:00 AM

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La rutina de Dionisio González, pescador nativo de La Boquilla, comienza a las cuatro de la mañana, cuando se levanta y sale de su casa a reunirse con sus compañeros, otros pescadores que, al igual que él, madrugan para que Dios los ayude en la faena del día.

Ellos hacen parte de ese grupo de cartageneros que no se quedan en casa, no por capricho, sino por necesidad, porque si no salen, no comen. Ya es algo que vivieron los primeros meses de la cuarentena.

“Nosotros en marzo llegábamos (a la playa) y los policías no nos dejaban trabajar porque estaba prohibido meterse al mar. Pero es que a nosotros no nos han ayudado en nada. Nosotros vivimos en la parte central de La Boquilla y las ayudas todas las han dado para Villagloria, Boquillita y esas partes por allá”, dice Dionisio.

Por este motivo fue que ante la falta de ingresos y pese al miedo latente del contagio, decidieron volver a la playa de La Tenaza, lugar donde están acostumbrados a pescar.

“El que tiene necesidad busca su comida como sea”, dice Freddy Meléndez, otro pescador de este grupo, que argumenta que de igual forma el salir a pescar no es certeza de que vayan a obtener su sustento diario.

“Hay veces que así como vinimos, nos vamos. Sin nada. Pero bueno, si no se pesca nada hoy, con el favor de Dios pescamos mañana”, manifiesta.

Pero si bien hay días en los que lamentablemente se van con las manos vacías, afirman que hay otros en los que sí se ganan sus 20 mil o 30 mil pesos y con eso solucionan.

“Desde que llegamos a las cinco de la mañana, comenzamos a tirar la malla. Si no agarramos nada pues esperamos un rato y lo volvemos a hacer. En el día tiramos la malla como seis veces o hasta más. Depende. A veces se hacen las ocho de la noche y no hemos llegado a la casa”, dice Dionisio.

¿Y la bioseguridad?

Como todos, los pescadores usan sus tapabocas para mitigar el riesgo de contagio de coronavirus, que más que darse mientras están en alguna de las faenas se produce al momento de realizar las ventas.

Es por este motivo, que recientemente, y más en estos tiempos al habilitarse el tránsito por la playa, se han registrado varias aglomeraciones en este sector, por parte de quienes esperan comprar su producto ya sea para vender o consumir.

“Es más por ese tema que la Policía está pendiente, porque no nos han puesto problemas por estar aquí. Por ese lado es bueno porque nos protegen, les da miedo que llegue gente de otras partes donde hay coronavirus y nos contagien”, expresó Dionisio.

El hombre asegura que en estos momentos, ante la ausencia de turismo, lo que hacen es vender a la comunidad y ayudarse con eso.

“La verdad es que aquí a veces viene hasta gente sin nada y nosotros les colaboramos con pescaditos, les damos sus ligas, no tenemos maldad con nadie. Entendemos que la necesidad es grande y que hay hambre. A nosotros no nos han dado nada, pero nosotros sí hemos dado”, dice el pescador.

La pesca, la vida

“Nosotros solamente nos dedicamos a la pesca, si no pescamos no somos nada”, expresa Dionisio, quien más que al coronavirus, le tiene miedo al hambre, razón por la cual él y sus compañeros tomaron la determinación de salir del confinamiento y retomar el trabajo, a pesar de las condiciones inciertas.

“Yo tengo 54 años y seis hijos, y a todos los he mantenido con la pesca, es algo artesanal y que nunca me ha dejado mal. Este tiempo la cosa ha estado maluca, pero gracias a Dios hemos salido adelante y nos hemos podido sostener”, resalta.

Como Dionisio, Freddy y los otros 18 pescadores de su grupo, hay cientos que están en las mismas. Que ya sea solos o en compañía salen a altas horas de la noche o en la madrugada con sus canoas, a la playa o a la ciénaga a ver como pueden resolver su día a través del medio natural. De eso han vivido siempre, pero estos son otros tiempos, tiempos duros, de esos que no se tenían precedentes.

Es por ello que a pesar de que se han defendido, piden mayor atención de parte del Gobierno para su sector, especialmente para el que labora en la zona norte de la ciudad, tan dependiente del turismo que a pesar de continuar con sus actividades, no ha sido inmune a los estragos económicos de la enfermedad.

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